Los cocteles no son cosa de señoritas

Julio Patán diversificó su gusto por el whisky para escribir "Cocteles con historia".
El escritor y periodista Julio Patán.
Julio Patán diversificó su gusto por el whisky para escribir "Cocteles con historia". (Especial)

Guadalajara

El agua quina era un medicamento contra la malaria con un sabor espantoso y que lo utilizaban los marineros y exploradores. “¿Qué podía hacer un marinero inglés en un barco sino mezclarlo con ginebra?”, dice el escritor Julio Patán. Hoy, a este trago se le llama gin tonic.

 Así, a través de 100 cocteles, Patán narra las historias, referencias literarias y cinematográficas de cada uno de estos tragos en el libro Cocteles con historia. Guía definitiva para el borracho ilustrado.

Uno pensaría que para escribir un buen libro de coctelería se tiene que desayunar ginebra y cenar con vino, pero aunque la investigación requirió probar cada uno de los 100 cocteles, el autor lo escribió sobrio. Se necesita un sinfín de referencias culturales, tenacidad en los tiempos de entrega e inspiración en Valle de Bravo con muchas tazas de café y uno que otro old fashioned.

Para escribir el libro Patán tuvo que diversificar su gusto por el whisky y recordar viejos sabores. Es un texto divertido que ataca los prejuicios sobre la coctelería.

“El coctel en general y sobre todo en México siempre ha sido sospechoso, se considera  como una especie sólo de señoritas”, dice.

Patán, se apoyó en mixólogos y enólogos para los pequeños detalles del libro, entre ellos, su amigo Rodrigo Maceda de la Licorería Limantour.  Al final es un libro que aunque no pretende enseñar a nadie cómo hacer un buen coctel, sino disfrutarlos. Pero sí hay algunas recetas de algunos de sus amigos.

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Fragmento

“El Martini” según don Luis Buñuel

Benito Taibo

En casa de mis padres, los tragos combinados son una tradición desde tiempos inmemorables. Mi padre hacía unos espléndidos Manhattans con los que regalaba a sus amigos mientras la charla se iba poniendo animada. Pero tal vez sea el Dry Martini el que más broncas haya causado en ese bar donde todos opinaban y todos tenían una receta infalible. Luis Buñuel comía en casa por lo menos una vez al mes. Y movía la cabeza negativamente cada vez que probaba algún Martini “infalible” que hubiese preparado uno de los comensales en turno. Hasta que un día, harto, con un gesto fulminante quitó a todos de la barra; nadie me lo contó, yo lo vi preparar esa versión única, como único era su talento. Esta fue la receta: Se enfría la coctelera con hielos (después se sacan del recipiente y se quita cualquier partícula de agua que hubiera podido quedar dentro con una servilleta limpia.)

Se añade una cantidad generosa de ginebra.

Se acerca la botella de Noilly Prat (vermut blanco) a la coctelera, tan sólo para que el Martini sepa que estuvo allí.

Se agita y se bebe (aceituna opcional, pero no se come, se tira).

Uno es bueno, dos son magníficos, tres, una exageración.

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