Algunas claves para entender la literatura argentina contemporánea

Ya que el país invitado a la FIL de 2014 es Argentina, preguntémonos: ¿a qué autores de ese país hay que leer sí o sí? ¿Cómo ha cambiado la literatura argentina desde los días de Borges y ...

En el poco espacio que dispongo es difícil dar algunas claves para tratar de entender la literatura argentina. Tal vez sería posible intentar dar una respuesta limitándonos a la literatura que existe en la Argentina a partir del siglo XX, e ignorando los siglos precedentes. Si aceptamos este arbitrario corte cronológico, podemos apreciar en el plano lingüístico, temático y estético una tradición original y vigorosa. Basta citar los nombres de Lugones, Macedonio Fernández, Roberto Arlt, Ezequiel Martínez Estrada, Borges y Bioy Casares, Cortázar y Silvina Ocampo, Oliverio Girondo, Leopoldo Marechal, Ernesto Sábato, Antonio Di Benedetto, Juan L. Ortiz, Juan Gelman, Abelardo Castillo, Andrés Rivera, David Viñas, Luisa Valenzuela o Noé Jitrik para comprobar que tanto en la poesía como en el ensayo, en la novela o en la literatura fantástica, esa tradición, de la que aparecen aquí solo los nombres principales, es rica y diversa, creadora y viviente.

En 1953 Borges dio su famosa conferencia sobre “El escritor argentino y la tradición”, en la que se pregunta: ¿Cuál es la tradición argentina? Y responde que la tradición de los escritores argentinos es toda la cultura occidental, pero que pueden sobresalir dentro de esa cultura porque al mismo tiempo que actúan dentro de esa cultura occidental no se sienten atados a ella por una devoción especial. El hecho de sentirse distintos, al igual que los irlandeses dentro de la cultura inglesa, les permite innovar, ser irreverentes o ensayar todos los temas. Si esto es así, el escritor argentino no necesita concretarse a lo argentino para ser argentino. Creo que esta aseveración de Borges es válida, pero incompleta. Es válida no solo para la Argentina, sino para cada país de nuestro continente en el que la cultura europea haya penetrado. Pero es incompleta porque parece ignorar las transformaciones que el elemento propiamente local impone a las influencias que recibe. Además nuestra literatura se forjó siempre en la incertidumbre, en la violencia y muchas veces bajo la amenaza del caos. En estas temáticas abrevaron no pocos autores.

Releyendo esta breve descripción y la lista de autores citados más arriba, veo que se corresponden a la primera mitad del siglo, o quizás a una década más. No es ocioso indicar que este período, por lo menos hasta los años 40, estuvo cruzado por la pertenencia a dos grupos, con sus respectivas revistas. El grupo Florida que, simplificando, agrupaba a los escritores más elitistas y esteticistas, y el grupo Boedo, que agrupaba a los escritores más preocupados por la cuestión social y el compromiso político con la izquierda. De cualquier manera las divisiones de estos dos grupos nunca fueron tan tajantes y con la aparición de la revista Contorno, en la década de los 50, las discusiones en el campo literario-político pasaron a ser otras.

Ricardo Piglia, en un recordado seminario que dictó en los años 90 en la Facultad de Filosofía y Letras, estableció que en los 60 surgen tres vanguardias en la narrativa argentina, representadas por Manuel Puig, Juan José Saer y Rodolfo Walsh. Estas vanguardias vienen después de Borges, quién debido a su ceguera considera que su obra se cierra con El hacedor (1960), su último gran libro.

Además, con estas tres vanguardias, la literatura argentina por primera vez pasa a ser contemporánea de las ficciones que se producen en el mundo. Por supuesto que estas tres poéticas establecidas por Piglia no incluyen a todos los autores que comienzan a destacarse en los 60 y que dominan el panorama de la literatura nacional hasta los 90, pero a efectos pedagógicos es una clasificación útil. Estos escritores van a estar marcados por los trágicos efectos de la salvaje dictadura cívico-militar de 1976-1983.

Al camino abierto por los nombrados más arriba sigue la enumeración siguiente que no solo es arbitraria, sino que deja afuera a más escritores de los que incluye. Hecha esta salvedad, la lista de escritores que vienen a mi memoria son: Héctor Tizón, Daniel Moyano, Haroldo Conti --asesinado por la dictadura al igual que Rodolfo Walsh--, Osvaldo Soriano, María Elena Walsh, Enrique Fogwill, Mempo Giardinelli, Vlady Kociancich, Hebe Huart, Marcelo Cohen, César Aira, Liliana Heker, Tomás Eloy Martínez, Antonio Dal Masetto, Ricardo Piglia, Tununa Mercado, José Pablo Feinmann, Griselda Gambaro. Ya en los 80 tenemos a Guillermo Saccomano, Belgrano Rawson, Alan Pauls, Martín Caparrós, Ana María Shua, Sylvia Yparraguirre, Guillermo Martínez, Pablo De Santis, Leopoldo Brizuela, Federico Jeanmaire, Martín Kohan, Esther Cross, Juan Forn, Fabián Casas y muchos otros que ya enuncian o anuncian las nuevas poéticas que surgen en los 90 y continúan hasta hoy, cuyo rasgo más marcado sería una ruptura con la escritura de los 70 y la pacífica convivencia de múltiples poéticas y estéticas.

El libro de la crítica literaria Elsa Drucaroff Los prisioneros de la torre que publiqué en 2011 aporta una valiosa información sobre “lo nuevo” en la narrativa argentina. Para este fin la autora trabajó con más de 500 libros de ficción narrativa y más de 200 autores. Todas esas obras se publicaron a partir de 1990 y todas las escribió gente postdictadura. Destaco este registro, que llega hasta el año 2007, para mostrar la vitalidad de una narrativa que se renueva permanentemente y con niveles de calidad asombrosos. En la nueva narrativa argentina la tendencia es la duda y el abandono de las certezas del pasado, pero sin abandonar las utopías, por lo menos para la obra de arte, según el concepto de Adorno.

De este vastísimo mundo de jóvenes escritores voy a cometer una gran injusticia y nombrar a una sola escritora, Pola Oloixarac y su novela Las teorías salvajes, considerada por Ricardo Piglia “el gran acontecimiento de la nueva narrativa argentina”.