La chingada. Un poema a diez rounds

La Chingada ocurre. Y tizna, como lo indican los manuales. Uno queda rebosado de sí mismo, sin albergue ni dirección, sin alba y sin bomberos, repleto de su propia marea solitaria.

Durante su estación mi mujer y yo no cesábamos de sacar a la chingada de la casa, la sacábamos y la sacábamos a cubetadas.  Por eso en la sexta parte, o «sexto round» del poema, escribí que tenía tres cuartos de mi espina metidos en el lago de la Chingada. O bien, el confín de la Chingada cabe en un pecho inundado.

Los versos, también del «sexto round», «Durante la Chingada una coca-cola cuesta un centavo/ y los muertos caminan hacia atrás» hacen eco, primero, a un poema de Calímaco según el cual las cosas son muy baratas en el infierno, y segundo, a otro autor que no recuerdo pero que en algún texto me dio a entender que en el infierno los muertos se alejan constante, desesperantemente de nosotros.

Por último, los versos «Desde los ojos del angelito/ nos mira el corazón de la Chingada» se refieren a la atroz costumbre mexicana de disfrazar a los niños muertos y retratarlos.

Luis Miguel Aguilar (1956)

Tomado de Pláticas de familia, Cal y Arena.