El buen ladrón

El buen viejo ladrón de librería, el tan vituperado, es otra cosa: atleta de la literatura, Robin Hood de sí mismo, uno que de verdad desea leer –o poseer– esas palabras.
Paparruchas.  La columna de Martín Caparrós
(Especial)

Guadalajara

Yo había decidido dejar de robar libros. Fue hace más de veinte años: en esos días vivía con una librera, y se me hacía una traición a la familia. En esos días todavía no pensaba que agregar ítems a mi lista de tabúes era una de las formas más tediosas del envejecimiento.

Durante años lo había hecho con gusto y justificaciones apropiadas. Estaba Borges, por supuesto, que, cuando le preguntaron por los robos en su Biblioteca Nacional dijo que no era grave:

–Eso significa que quieren leerlos.

Y estaba Montana, que había escrito que ningún libro se podía considerar seriamente leído mientras no lo robaran, y el recuerdo de años adolescentes en que nuestra salida favorita consistía en terribles razzias por la calle Corrientes a ver quién conseguía el ejemplar más señalado.

Yo me había hecho una promesa, pero acababa de leer la moderada biografía de Borges por Rodríguez Monegal, y sacado de esa lectura una conclusión boba: que no veía libro más importante que Ficciones, y que, si pudiera tener un solo libro, seguro sería ése. Allí habían aparecido los cuentos decisivos: "Tlön", "Pierre Menard", "El jardín de senderos", "Funes", "La biblioteca de Babel". De pronto, "Ficiones" se me volvió un fetiche necesario. Y ahí estaba, en esa librería elegante, ese tomo, plácido, como si abandonado. Era terriblemente caro y, además, comprarlo no tenía sentido.

(Hay filias más presentables que la biblio. En la hemofilia, por ejemplo, el sujeto se empecina en ofrecer su sangre al mundo, que no la necesita. En la filantropía trata de dar y dar a esos hombres amados lo que ellos no pidieron. La biblio, en cambio, se ubica del lado de la pedofilia: una avidez de posesión. El bibliófilo no ama los libros: necesita tenerlos. Tocarlos, olerlos, espiarlos, ordenarlos: someterlos, y apoderarse a través de ese objeto de una época, una forma, una iluminación. El bibliófilo, en tiempos de la reproducción mecánica, sostiene una batalla perdida contra la cantidad: hay docenas de ediciones de "Ficciones", pero sólo una perfecciona la apropiación: la primera, la única.)

Que estaba en ese estante, como si abandonada. Un volumen in octavo menor, tapas tan blandas y celestes, con la tipografía más discreta y la flecha de ediciones Sur. Papel rugoso, sin alardes, y el único lujo de un retrato, austero antes que feo, del autor por una señorita Wrede. Mi chaqueta era amplia y el gesto fue sencillo: conocido. Cuando salí a la calle, Ficciones en el sobaco izquierdo, llovía poco y yo me preguntaba qué será lo que prometen las promesas.

Ya pasaron, desde entonces, más de veinte años, y nunca más lo hice: se diría que ahora sí cumplí la mía. Pero me siguen cayendo bien los ladrones de libros.

Lo recordaba porque ayer, en la tapa del periódico que suele usarse para envolver las páginas de FILIAS, se anunciaba que tres jóvenes estudiantes de Letras Hispánicas fueron detenidos por robo de libros. "Lectores... y ladrones", decía el titular, y la noticia contaba que su botín incluía obras de Vargas Llosa, Fuentes, Bukowski, Conan Doyle... y José Enrique Rodó. Lo cual aumentó mi admiración: un muchacho que robó Rodó se merece que la República Oriental del Uruguay lo nombre al menos ciudadano honorario. Pero la simpatía se me deshizo cuando reparé en que se habían llevado como 80 libros y, sobre todo, que los habían robado por encargo: que no eran ladrones de libros sino ladrones de una mercancía que podría haber sido cualquier otra, que solo les servía para hacerla dinero. Los verdaderos ladrones de libros son algo muy distinto.

Un ladrón de libros ejerce una de las formas más nobles que conozco de hacerse con un texto: poner el cuerpo, ponerse en riesgo para conseguirlo. Exponerse a un mal momento, un calabozo incluso por unas cuantas páginas es un milagro de civilización. Frente a eso, entregar a cambio de esas páginas unas cuantas unidades de riqueza –de papel, de plástico– es tan banal. Frente al ladrón, el comprador de libros es el tedio burgués, la integración a toda costa. Y, sin embargo, se supone que todos nosotros –la FIL, los libreros, los editores, yo– lo necesitamos. Y nos desesperamos porque se roban, cada año, en esta feria, entre el 5 y el 10 por ciento de la cantidad de libros que se compran.

Aunque ahora, en general, los alegres ladrones de libros han sido reemplazados por los poltrones que los bajan de Internet. No tengo nada en contra de esa práctica: creo que si alguien quiere leerme, que lo pague o no lo pague es un asunto perfectamente secundario. No escribo por dinero: que me lo den me parece una confusión maravillosa. No tengo nada en contra pero a favor tampoco: son emboscados, no se juegan nada. El buen viejo ladrón de librería, el tan vituperado, es otra cosa: atleta de la literatura, Robin Hood de sí mismo, uno que de verdad desea leer –o poseer– esas palabras.