Bienvenido impudor

En la figura pública y las actitudes personales de Jorge G. Castañeda es posible encontrar muchos rasgos, pero no el de la vejez.
Héctor Aguilar Camín
Héctor Aguilar Camín (Octavio Hoyos)

Guadalajara

Jorge G. Castañeda, Amarres perros

“No digo que tenga razón, digo que soy así”. Estas líneas de Paul Valery pueden resumir el espíritu desbordante, convincente y envolvente con que ha sido escrita lo que muchos juzgarán la autobiografía precoz o pretenciosa de Jorge G. Castañeda.

Precoz por razones de calendario, porque a los sesenta años en que Castañeda empezó a escribir este libro, se es un infante para efectos del género. Pretenciosa, por razones de madurez de la mirada: porque a los sesenta años apenas empieza el ciclo de cavilación melancólica y necesidad testimonial que acompaña a la autobiografía y que le otorga la gravedad necesaria: el equilibrio, los matices, la sabiduría y la densidad de lo vivido que en principio son consustanciales al género.

La autobiografía es un género de viejos, de vidas cumplidas. En la figura pública y las actitudes personales de Jorge G. Castañeda es posible encontrar muchos rasgos, pero no el de la vejez. Castañeda es, en todo caso, un joven diferido que todos los días expulsa de su vida al viejo que se asoma.

Las mismísimas razones por las que Castañeda dice haber emprendido esta tarea de viejos tienen un rasgo de soberbia y dureza juvenil. Las escribe ahora, dice, porque ahora puede hacerlo, porque tiene el tiempo, la juventud y la memoria suficientes, cosas que no puede garantizar del Castañeda viejo que lo espera adelante. El joven se anticipa al viejo entonces y hace la tarea.

 Estamos frente a un libro raro, a su manera único en nuestro linaje literario y biográfico. Es un libro sobre la vida cumplida que desborda ganas de vivir: vigor, desfachatez y frescura juveniles. En esas fuentes abreva el libro la mayor de sus virtudes: su ritmo nervioso y sostenido. Tiene el espíritu primaveral de un galope, más que la parsimonia otoñal de un paseo.

Amarres perros cumple con los requisitos del género pero, como se ve, no es una autobiografía común y corriente. Para empezar no avanza cronológicamente, de los primeros años de la vida a los últimos, sino que va saltando, con agilidad y sorpresa, del pasado al presente, de los hechos a las reflexiones, de la academia a la política, de la vida personal a la historia, de la vida pública a la vida privada y, por momentos, a la vida secreta.

El primer capítulo del libro, por ejemplo, empieza con el nacimiento del autor en 1953, fruto del encuentro de una madre judía lituana, viuda y políglota, Oma Gutman Rudinsky, y de un padre mexicano divorciado, miembro reciente del servicio exterior, que se ha buscado antes la vida como empresario y como heredero de un mítico latifundio chiapaneco, Jorge Castañeda Álvarez de la Rosa.

La narración retrocede entonces a la historia de Oma y sus estudios en Europa. Avanza luego hacia el viaje del autor en el año 2010 a la ciudad lituana de origen de su madre. Regresa al barrio de Actipan de la Ciudad de México de los cincuenta del siglo pasado, donde la nueva familia Castañeda Gutman pasa sus primeros años, y el autor su irrenunciable infancia mexicana. Avanza hacia el traslado de la familia a Nueva York en los años sesenta. Regresa a los años veinte, a la historia de la familia paterna que incluye un vínculo extraordinario con el general Felipe Ángeles y con la vida de su familia en el exilio. Avanza nuevamente a la ciudad de México de los cincuenta y a la exploración de la historia de un personaje conocido de la familia en aquellos años, el entonces famoso jefe de la estación de la CIA en México, Winston Scott, en cuyo torno se desenvuelve la historia mexicana del asesino de Kennedy, Lee Harvey Oswald. Oswald viene al DF y va a la embajada cubana con la intención de ir a Cuba y conversar allá, quizás, de sus planes magnicidas, más tarde cumplidos.

La pequeña pero eficiente máquina del tiempo de Castañeda avanza entonces nuevamente al año de 2010, y reconstruye aquel momento de Oswald en México con las investigaciones y libros posteriores en torno a uno de los misterios no resueltos del crimen: ¿supo Fidel Castro que un tipo llamado Lee Harvey Oswald quería matar a Kennedy y nunca informó a los servicios de inteligencia americanos de ese riesgo, en venganza por los atentados que esos servicios le habían montado a él?

Amarres perros es un libro largo, de 10 capítulos extensos y más de 600 páginas. Pero es también un libro ágil, ligero y legible. Como su título indica, sus guías conductoras son los enganches pasionales de la vida, no sus itinerarios racionales o sus recuerdos serenos. Castañeda avanza sobre sus filias y sus fobias con disciplina militar. Nada de lo que usualmente se esconde en estos libros escapa a su escrutinio, su reflexión, su revisión sincera, entusiasta o enconada. Empezando por el personaje central de la historia, que es él mismo.

 Quizá lo verdaderamente raro, único, de este largo y divertido libro, es la absoluta falta de autocomplacencia de un autor que a la vez se reconoce en el texto, una vez y otra, como hombre vanidoso, mitómano y pagado de sí. No es un libro autocelebratorio sino una alegre y honesta travesía por las pasiones centrales de su vida: la política y la academia, los viajes, los amigos, las mujeres, la vida intelectual, la vida pública y una intensa, inteligente, bien resuelta, vida personal.

 Castañeda no se ahorra nada: ni amores ni pleitos, ni aciertos ni equivocaciones, ni triunfos ni derrotas., ni amigos ni enemigos. Su punto de partida y su ethos sostenido es que la vida abre puertas incluso cuando las cierra, si no es que precisamente entonces. Hay en efecto a lo largo de este libro un optimismo cardinal, unas contagiosas ganas de estar en el mundo, de participar, de pensar y de hacer, de pelear y construir, de viajar, ver, probar, vivir.

 Me impone el nombre que voy a decir, pero creo que desde Vasconcelos nadie ha escrito en México sobre su propia vida con el desparpajo, la claridad, la honradez, el bienvenido impudor, de Jorge Castañeda Gutman.