La banda gozadora de la FIL y la hora de la piraña…

La fiesta, la fiesta de esta noche de la gozadora banda de la FIL, esa sigue como si nada…  

Guadalajara

Decían que era una leyenda urbana, pero no: sí existe un manual para ligar escritores que cada año corre de voz en voz entre jóvenes y no tan jóvenes mujeres y hombres (gente de dudoso cutis terso). Ponerlo en práctica no es cosa de novatos: se requiere arrojo, aunque también paciencia y discreción. Quienes triunfan, quienes se consagran por sus conquistas (que suelen ser de una noche), pasan a formar parte de un selecto grupo conocido en las madrugadas tapatías como... La gozadora banda de la FIL.

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Tomemos el manual femenino…

1.- El atuendo. Jeans pegaditos, a la cadera si se puede. Camiseta de delicado algodón peinado. Chamarrita. La piel no debe ser exhibida, sólo insinuada. Esto es asunto de chicas inteligentes, mujeres que al menos han recibido un barniz cultural. Hay que dejar la mayor parte a la imaginación. Flats. Nada de tacón. Bufanda cool al cuello. Pelo recién lavado pero desarreglado. Algunos mechones sueltos, rebeldes. Cara lavada. Poco rímel, labios con brillo.

2.- La actitud. “Hoy es mi noche”. Porte de cuello erguido pero no insolente. Boca entreabierta siempre, como mueca de niña caprichuda. 

3.- La compañía. Nunca acudir a las fiestas que cada noche organizan editoriales o gente de la cultura acompañada por alguien mala copa. Dos o tres amigas van bien. Amigos varones, sólo que sean gay, o que juren que, después de numerosos tragos, no van a empezar con su soliloquio de que quieren ser “compas con derechos”.

4.- La bebida. Chela en mano. En botella. Un mezcal. Máximo dos. No más. Mente alegre, lúcida, no abotagada.

5.- La presa. Ya en el antro, hay que identificar si el objetivo va solo, sin pareja, y si entre quienes lo rodean hay alguien que pueda introducir a su círculo. Si no, hay que cazar en solitario.

6. El ritual. Mirada y sonrisa coquetas, pero nunca demasiado. “Yo estoy en mi rollo”, es el fundamento de toda acción exitosa. Dejarse ver, llamar algo la atención, pero nunca descaradamente. Miradas que se cruzan, pero que no se clavan.

7.- La danza. Bailar con los mejores pasos, pero nunca para inhibir. Aventar el pelo. “Con el cabello llamas a tu presa”, marca la regla.

 8.- El acercamiento. La frase inicial decidirá la noche. “O lo cautivas, o te abre”, dicen las que saben. Nada de zalamerías sin recato. La onda groupie no funciona. “Me pareció bien lo que dijiste en esa entrevista con zutano, pero no estoy de acuerdo con lo que afirmaste al final. Eso de que X, es petulante…”. Elogio con reto, se le llama.

No hay más. Ahí se decide la noche. A quienes fallan, no les queda más que esperar la renombrada Hora de la piraña…

 

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El escritor ya está briagoberto. Tiene la mirada vidriosa. Camina zigzagueante entre las mesas, en la atestada pista de baile también. Abraza a todo mundo y recita sandeces. Cada vez que se acerca a la barra por otro trago es una odisea: se trepa a tomar fotos desde las alturas con su enorme teléfono móvil. De regreso a su mesa se sube la camiseta al cuello, exhibe su torso delgado, cincuentón pero correoso. Bailotea. Saca la lengua a todos lados al estilo Mick Jagger. Se pellizca, estira los pezones. El respetable prorrumpe en carcajadas. Él se acerca a una cazadora que se ha quedado sin escritor y que ahora se ha convertido en probable presa del hombre-piraña.

-¿A qué te dedicas? –le dice ella.

-Escribo, pinto y cojo. Soy mi propia creación. Tócame, toca mi cuerpo esbelto.

Ella lo toca rápidamente, con timidez.

-¡Noooo! Siente… -quiere que lo palpe despacio-. ¿A qué hora cogemos? –se le aproxima para besarla, como ya ha hecho con otra mujer.

-Hoy no cogemos… -le repone la veinteañera con mirada ya de miedo.

-¡Perras! ¡Los guapos no cogemos hoy!

Se aleja el escritor, cuyo nombre y apellido no queremos recordar. A cuanta mujer mira le da jaloncitos en los brazos, en la espalda, en los hombros, en el pelo. Son como velocísimas mordidas de piraña. Mordiditas. Él es hoy, esta noche, el autor, el personaje de La hora de la piraña. Regresa a su mesa. Sus amigos tratan de apaciguarlo. Se enfurece, toma su botella de cerveza, le da un sorbo, grita cosas de energúmeno, que todos son estólidos e ignorantes salvo él, y de pronto lanza la botella al aire, ésta pega en un ventilador del techo, se parte, y en su caída pasa a centímetros de una mujer.

La gente se aleja. Lo mira con estupefacción: escritores, editores, periodistas. Todos. Él, tambaleante, se larga, se sale del antro, y se echa a andar por las céntricas calles de Guadalajara. La fiesta, la fiesta de esta noche de la gozadora banda de la FIL, esa sigue como si nada…    

Con información de Raquel Alegre