Los argenmex y la felicidad

 Argenmex. La palabra me pareció siempre curiosa, un compuesto léxico, obvio y profundo, sobre dos identidades nacionales tan lejanas geográficamente y tan cercanas de muchas formas.
Ariel González, editor de Cultura de Milenio Diario.
Ariel González, editor de Cultura de Milenio Diario. (Archivo Milenio )

Guadalajara

Argenmex. La palabra me pareció siempre curiosa, un compuesto léxico, obvio y profundo, sobre dos identidades nacionales tan lejanas geográficamente y tan cercanas de muchas formas. Significa esa condición generada a partir de la llegada de numerosos argentinos y sus descendientes a estas tierras durante los años de la dictadura argentina y aun después.

Conocí en Buenos Aires a muchos de ellos, cuando fui agregado de prensa en la embajada de México en Argentina, y ahora los reencuentro en esta FIL como protagonistas intelectuales y literarios del país invitado de honor. Hacía casi 15 años que no los veía. El tiempo pasó y cobró su factura en todos nosotros, pero en cierta forma fue como si nos encontráramos de nuevo en uno de aquellos cocteles que ofrecía la embajada de México en la inolvidable calle de Arcos 1650, ahí donde en los años 70 Cámpora ingresó en la cajuela de un auto para pedir asilo (se quedaría a vivir durante meses en la entonces residencia del embajador).

La solidaridad en aquel momento amargo de la historia argentina no se olvidaría nunca. Lo han dicho una y otra vez, en muchas de sus presentaciones en la FIL, aquellos que encontraron refugio en México. La emoción de ver aquí a gente como Noé Jitrik y Tununa Mercado, su esposa, o Carlos Ulanovsky y Julieta, su hija (que cada que nos despedimos o reencontramos, me regala un disco), entre otros, me hace pensar en el largo y continuo intercambio que los dos países han abierto a través de la solidaridad. Podría decirse que es, por lo pronto, el lazo más firme de la relación bilateral.

“Seamos felices mientras estamos aquí. Crónicas de exilio”, libro de Carlos Ulanovsky, resume los años que pasaron él y su familia en México. Su título, le comenté la otra noche al autor, plantea la filosofía más sencilla y profunda que puede profesar el trasterrado. Para algunos, ser feliz es una obligación; para otros, un deseo o apenas una posibilidad. Pero Ulanovsky la define como una decisión que hay que tomar.

Leyendo a Primo Levi aprendí hace mucho que en medio de la peor tragedia podemos mantener el humor y sonreír eventualmente. Quizá sea esto lo último que nos es arrebatado. Afortunadamente, lejos del horror de la prisión o la tortura, los Ulanovsky decidieron ser felices en su paso por México. Y lo fueron, como muchos otros. Ahora que volvieron para acudir a la FIL, el recuerdo de esa felicidad nos hace felices a todos.