CONFESIONARIO: Antonio Ortuño, un cuentero profesional

El autor de Agua corriente nos reveló por qué sus personajes son tan particulares.
Antonio Ortuño
Antonio Ortuño (Especial)

Guadalajara

Autor de Agua corriente, Antonio Ortuño es cuentero profesional. No sabemos si a nosotros nos cuenteó, pero su humor ácido nos reveló por qué sus personajes son tan particulares.

—¿El libro que lo inició como lector?

El primero que recuerdo haber leído y disfrutado con bastante conciencia, sin dibujitos, aunque también los tenía, fueron unas ediciones condensadas que me regaló mi abuelo de la Ilíada y la Odisea, no infantiles, breves; eran sólo letras, pero tenían un cuadernillo de ilustraciones al principio. Las disfruté muchísimo y me obsesioné con la mitología griega. Debo haber tenido cinco o seis años. Antes de eso seguramente me asomaba a un montón de cuentitos; tenía un cuento ilustrado que se llamaba “Cómo llegar a ser rey”, que contaba la historia de un pollo que desataba una revolución, una cosa muy extraña, pero me gustaba muchísimo.

—¿Y el que lo convirtió en escritor?

El buscador de cabezas. Es malo citar mi propio libro, pero no era escritor antes de eso. Escribí durante mucho tiempo y no lograba concretar nada. El buscador de cabezas me costó diez años.

—¿Qué manías tiene al escribir?

Soy muy maniático. Durante muchos años, cuando fui jefe de cierre en un periódico, escribía en la madrugada. Hace muchos años dejé de trabajar en la noche, y ahora escribo muy temprano en la mañana. Me gusta mucho la sensación de escribir en silencio.

—¿Su héroe o heroína de ficción favorito?

Sherezada, la narradora de Las mil y una noches. Para mí es la santa patrona de nosotros los cuenteros.

—¿Su personaje más admirado de la vida real?

Mi madre, que en paz descanse.

—¿Qué otra vida le habría gustado vivir?

Muchas, por eso escribo. Eso decía Rubem Fonseca: “Escribir es vivir otras vidas posibles”.

—¿Cuál es su mayor extravagancia?

Casi nunca quitarme la cachucha. Hay gente que piensa que incluso duermo con ella, pero no es cierto.

—¿Qué defecto ajeno le parece más intolerable?

Me molesta la gente ruidosa. ¿Qué virtud aprecia más en sus semejantes? La inteligencia. Es lo que más me atrae en un texto y de la gente también.

—¿Su lugar favorito?

La FIL.

—¿Su época favorita de la historia?

Toda época que no te toca vivir puedes reconvertirla románticamente en algo maravilloso: de seguro todo mundo apestaba en la Edad Media y debió ser la cosa más antihigiénica del mundo. A mí me ha fascinado siempre la Grecia arcaica: toda esa serie de islas y de pequeñas ciudades que inventaron el pensamiento y la literatura occidental. No sé si existiera una máquina del tiempo si me decidiría a asomarme, pero es la época que más me ha fascinado.

—¿La mentira más convincente que ha dicho?

Hay varias y están todas publicadas, espero que sean convincentes.

—¿El animal con el que se identifica?

Con mi perro, con mi Toribia.

—¿Qué virtud envidia de sus amigos?

La serenidad. Soy un neurótico. Tengo un par de amigos que son un monumento a la serenidad y les envidio eso muchísimo. Quisiera ser un sujeto que transmite confianza en lugar de ser un neurasténico.

—¿El libro que le habría gustado escribir?

Los que he escrito. Hay muchísimos mejores que los míos, pero no habría sido capaz de escribirlos, como los de Clarice Lispector, que me parecen fabulosos. He sido capaz de escribir mis libros y son los que me ha gustado escribir.

—¿El libro que jamás habría escrito?

Una multitud. Para qué poner nombres, no…

—¿Cómo se definiría?

Caray… Soy el empleado de mi perro.

—¿El gusto que más procura?

Beber con mis amigos.

—¿Cuál es su estado de ánimo más común de ánimo?

Soy un tipo bastante alegre.

—¿Qué súper poder le gustaría poseer?

Debería haber una lista para poder elegir. El de reparar todas las burradas que he hecho a lo largo de la vida.

—¿Tiene una frase que guía su vida?

No. No como una sentencia que me saque adelante en los momentos difíciles. Me gustan mucho los epitafios y me gusta el que le atribuyen a Sila, un tirano romano, que según decía: “No hubo amigo que me hiciera un favor o enemigo que me hiciera ofensa que no devolviera al doble”.


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