Sobre el amor a las librerías

El amor correspondido en la cueva de los enigmas.
Sobre el amor a las librerías.
Sobre el amor a las librerías. (EFE)

El 2 de diciembre fue otorgado por el Instituto de Desarrollo Profesional para Libreros el Premio Mexicano de Libreros Las Pérgolas a Alberto Ruy Sánchez. Sus palabras al recibirlo, como verán, son una declaración de amor por las librerías.

Mi agradecimiento a los miembros del INDELI es inmenso y raro. Muchos de ustedes no se imaginan la dimensión que tiene para mí este generoso abrazo que me dan. Desde siempre he pensado que los escritores tenemos la obligación de desligar de la noción de mérito todo reconocimiento o desprecio que reciban nuestros libros. Nunca nadie recibirá toda la indiferencia que se merece o toda la atención. Y es saludable para el escritor y para vivir en paz con su entorno aceptar que los premios son siempre un exceso feliz. Motivo de felicidad. Y, bien lo dijo mi profesor Roland Barthes, la felicidad no tiene que ver con méritos o deméritos, está más allá y ni siquiera es necesario merecerla. Pero este premio tiene además un carácter profundo y muy especial porque la felicidad que me dan es comparable, para mí, a un amor correspondido. He amado a las librerías de maneras que algunas veces han podido ser consideradas patológicas. Dice mi esposa que no puedo entrar a una sin comprar por lo menos un libro. Y bueno, ella no puede negar que ha sido mi cómplice en esta felicidad de encontrar siempre alguna lectura que hemos compartido desde la oficina hasta la cama.

Uno de mis más desconcertantes descubrimientos infantiles lo tuve el día en que mi padre y mi madre me llevaron a una librería y mientras ellos buscaban algo para que mi padre se documentara sobre la portada de un libro que iba a ilustrar, me puse a hurgar por los pasillos, utilizando los rudimentos de lectura que mi madre me había enseñado en casa, y descubriendo desde los títulos de los lomos de los libros un mundo infinito de frases enigmáticas. Una librería era una cueva de adivinanzas. Y al lado de los libros que me habían leído y me había fascinado, había otros del mismo color y tamaño que, tal vez, me depararían felicidades comparables. Mi madre me recordó el otro día algo de lo que yo ni siquiera tenía conciencia: que mientras mis hermanos ahorraban para comprar juegos o juguetes yo desde muy pequeño lo hacía para comprar libros. Recuerdo claramente el día que me llevaron a la Librería de Cristal de la Alameda. Dentro de un edificio con paredes de vidrio que yo había visto antes que usaban para las plantas extrañas. La belleza del edificio aumentaba con la idea de que la librería era un jardín de plantas extrañas. Me alegra que este premio se llame Las Pérgolas en recuerdo de aquella librería.

Cerca de ahí estaba la Librería del Prado, de don Félix Moreno. Que conocí porque en la escuela su hijo, Félix también, fue mi mejor amigo y mi guía de descubrimientos fabulosos en los anaqueles. Desde las entretelas de la familia me fui enterando de las pasiones, alegrías y sufrimientos, fetichismos voraces y angustias económicas y vaivenes de la fortuna de un librero que desde siempre tenía aire de ser de otra época. Aprendí, entre muchas otras cosas, que una librería es el producto de dichas y desdichas humanas convertidas en un lugar especial donde se ofrecen descubrimientos vitales.

Deambulando por el centro de la ciudad de México, desde los alrededores del Monumento a la Revolución hasta el Zócalo por la calle de Donceles, guardo la impresión de que había muchas más librerías que ahora. Y nunca he apreciado la imprecisión de llamarlas “librerías de viejo”. Un libro es nuevo cuando llega a tus a tus ojos por primera vez. Sin contar con el olor de esas librerías, reinos del papel experimentado por el fuego de otras manos y miradas, algunas veces de otros siglos. Aprendí que gracias a las librerías los libros viajan a través del tiempo.

Cuando nos fuimos a estudiar fuera como pretexto para conocer otros rincones del mundo y transformarnos en los bichos anómalos que ahora somos, Margarita, que se había adelantado unos meses, me descubrió a uno de los libreros más adorables y extravagantes del mundo, George Whitman y su librería Shakespeare and Co. a la orilla del Sena, frente a la Iglesia de Notre Dame en París. Nos decía que como era un autor frustrado, cada cuarto de su librería era como el capítulo de un libro. Los jóvenes errantes pobres que entonces éramos podíamos quedarnos a dormir en la librería si lo necesitábamos con la única condición de leer un libro. A la entrada de una de las salas, todavía hay un letrero que dice: “Nunca dejes de ser hospitalario para los extraños, pueden ser ángeles disfrazados.”

Aprendí que cada librería es distinta como sus dueños pero que en todas hay un rasgo de hospitalidad fundamental. Y que, si nos dejamos llevar, cuando descubrimos en sus anaqueles un libro extraordinario, al leerlo algo en nosotros aletea y nos volvemos sin duda ángeles o demonios disfrazados.

Cuando hice la primera presentación de un libro mío quise que sucediera en una librería. Y su directora, Tere de la Rosa, transformó una de sus esquinas, con una alfombra tres sillones y dos floreros, en un escenario arabesco donde Álvaro Mutis y Antonio Alatorre extendieron para mi primera novela la alfombra voladora de sus palabras. Y fue ahí donde sucedió algo mucho más extraño  y nuevo para mí, que el primer centenar de ejemplares se fue a la casa de mis amigos y familiares, y a las de una cantidad de desconocidos. Algunos de vez en cuando me lo recuerdan y son ahora mis más íntimos lectores. La librería es ese lugar de encuentros imprevisibles. Yo sigo creyendo que la vida inesperada que han tenido mis libros, que no son bestsellers sino muy tercos slowsellers, se debe en gran parte a la chispa que fue encendida aquella tarde en aquella librería y que muchas veces ha sido encendida en otras con la misma generosidad.

En todas las editoriales que me han publicado en diferentes ciudades del mundo he luchado porque los editores tengan como una meta principal hacer que mis libros sean considerados por los libreros de cada país dignos de estar en su fondo. Los libros que hay que tener ahí siempre. Las editoriales abandonan con frecuencia la noción de fondo editorial, volviéndose dependientes de sus novedades. Una y otra vez hay que recordarles que si está bien vender mucho de pocos títulos, vender poco de muchos puede ser mejor de otra manera, algunas veces no menos lucrativa y siempre enriquecedora de la cultura de un país, de la sensibilidad de sus lectores y la posibilidad de multiplicarlos exponencialmente. El azar es el maestro de los encuentros afortunados con un texto, con un autor en su obra. La librería, el ámbito donde ese azar se vuelve posible. Y cuando lectores, editores y libreros han hecho que mis libros tengan ese tipo de ventas constantes a largo plazo que Diderot, el creador de la Enciclopedia, llamaba en su famosa Carta a los comerciantes de libros, de 1767, “la hiperecuación”, me otorgan otro premio. Sigo luchando día a día para que mis libros sean dignos de esa distinción, comenzando por supuesto por su escritura.

Mientras revisaba estas notas, en el noveno piso de este hotel, me di cuenta de que es la novena vez que este Premio se entrega y que mis libros de Mogador tienen una composición basada en el nueve. Azaroso trío de nueves que no podría ser sino buen augurio. Y entonces apareció un águila haciendo círculos sobre el edificio de la FIL y a cada vuelta se fue acercando más y más a mi ventana. Pasó unos quince minutos haciendo lo mismo, cada vez más cerca. ¡Hablando de encuentros inesperados y afortunados! Apareció de pronto otra águila volando mucho más alto. Y fue bajando poco a poco hasta girar con la otra. Se acercaron, justo a la altura de mi vista, y se fueron. Inmediatamente las adopté como amuleto. De la misma manera tomo como un buen augurio este premio, que desde ahora mismo atesoro y a cuya buena fortuna me acojo desde este instante.