Sin amarres

"Castañeda se trata bien tratándose mal: se critica despiadado con un cariño inquebrantable".

Guadalajara

Parece fácil: cualquier adolescente semilampiño granujiento cree que tiene viejos amigos. Vanidades: tardará 30 o 40 años en entender cuán relativo es uno de esos términos, cuán absoluto el otro. Esta noche, en un acto que se supuso populoso, un viejo amigo, Jorge Castañeda, debía presentar un libro raro.

Se llama Amarres Perros y es un ejemplo descollante de un género que el castellano practica poco pero mal: las memorias. Hace millones de años un notable intelectual español, José Ortega, fundador de Alianza Editorial y de El País, intentaba convencerme de que no lo hacíamos porque, a diferencia de la Gente del Norte, nosotros sí nos contamos nuestras vidas los unos a los otros –y, en el peor de los casos, siempre nos queda la opción de contársela a un cura.

Unas memorias son menos un texto que una puesta en orden, la respuesta a la pregunta triste, solitaria y final: quién fui. En sus Amarres, profusos, prolijos, Castañeda empieza siendo un muchacho privilegiado que exhibe sus privilegios y se pregunta qué hacer con ellos, y termina por ser un señor que consiguió llegar al centro del centro sin dejar de sentirse siempre un poco al margen. Castañeda es franco, cínico, cándido, inteligente, despechado, presumido; en sus Amarres, Castañeda se trata bien tratándose mal: se critica despiadado con un cariño inquebrantable.

Y exhibe, entre otras cosas, una franqueza rara sobre su relación con el poder, sus apetitos: “He seguido fascinado por los juegos de poder y cada acercamiento al poder me despierta el placer de siempre. Extraño el juego y, en los muy esporádicos y efímeros instantes cuando lo he vuelto a ver de cerca, lo disfruto”.

Sobre el poder y sus juegos trata buena parte del libro. Y, en su franqueza –blasé, desabusé, dirían sus franceses–, incluye algunos de los párrafos más reveladores sobre el pensamiento político contemporáneo entendido como el pensamiento de los políticos contemporáneos: “Me preguntó si yo podría dejar atrás los rencores y agravios; él estaba dispuesto a hacerlo. Repliqué con un argumento que ya he esgrimido en estas páginas, y que cada día me parece más válido: hay pleitos políticos y pleitos personales. Los segundos casi nunca se superan, aunque se puedan colocar a un lado; los primeros siempre tienen solución, ya que no están en juego ni el alma ni el corazón: sólo el poder”.

Su regreso a Alfaguara podía ser un caso que probara esta afirmación. En Amarres, Castañeda cuenta cómo la editorial española destruyó, por posibles presiones del gobierno de Vicente Fox, toda la edición –15.000 ejemplares– de un libro suyo de campaña, Somos Muchos. Y cuenta que, poco después, se encontró con el gran patrón de Prisa y dueño de Alfaguara, Jesús de Polanco, y le regaló uno de los pocos ejemplares salvados de las llamas con una dedicatoria manuscrita: “Te entrego una copia del único libro que has mandado quemar en tu vida”. Lo cuenta en un libro publicado por Alfaguara –donde su editora de entonces era Marisol Schultz, que ahora dirige esta Feria: hay mundos donde nada se pierde.

O a veces sí. Esta noche debía presentarse Amarres Perros: se suspendió. Castañeda, ya en Nueva York, no quiere contar qué pasó. Hay versiones, rumores; al final, como casi siempre, lo que queda es un libro.