Rushdie cuenta un cuento

La reflexión de Rushdie en la apertura del Salón literario me pareció fascinante precisamen­te por la sencillez -como de un cuento infantil- que por momentos adoptó.
Ariel González
Ariel González (Milenio Digital)

La marca más real de esta Feria es la defensa de la ficción pura. No sólo se la premia en la per­sona de Enrique Vila-Matas, sino que se la reivindica plenamente en la voz del Premio Nobel, Salman Rushdie, quien ayer nos recordó que somos una especie, la única, que se cuenta historias y que éstas son anteriores a los libros.

También supo trasladarnos a esa edad dorada, nuestra infancia, donde todos somos cuenta cuentos y nos enamoramos de algunos libros con ayuda de los cuales un día llegamos a ser adultos.

La reflexión de Rushdie en la apertura del Salón literario me pareció fascinante precisamen­te por la sencillez -como de un cuento infantil- que por momentos adoptó. Su discurso nos llevó a todos esos territorios literarios gobernados por la imaginación; a los prodigios de los dioses grie­gos, indios o romanos; pero sobre todo consiguió hacer desfilar ante nosotros a algunos de los per­sonajes más representativos de ese "arte de lo no cierto" que es la ficción. Y ahí jugó con la suerte de Scheherezade: ¿qué fue de ella una vez que sobrevivió al caprichoso y sanguinario sultán gracias a sus mil y un relatos? Lo más probable, nos aseguró ayer, es que se haya convertido en asesina, un destino paradójico si los hay puesto que había conseguido oponer a la barbarie la esperanza civilizatoria de la ficción.

Cuesta creer que este hombre que ha hecho un recuento de las cimas de la literatura fan­tástica, es el mismo al que el fanatismo islá­mico ha maldecido y condenado a muerte. Por eso su presencia en la FIL, sobre todo en este momento de crispación mundial por el terrorismo, irremediablemente nos instala en la fuerza del mensaje de tolerancia que este escritor perseguido ha llevado a todas partes en estos años.

En medio de la persecución de la que ha sido objeto, el autor se ha dado tiempo para seguir el pulso de la ficción como un médico de las letras que sabe que ahí está el único remedio posible a nuestros males, porque es el que no deja de transmitirnos los sueños más maravillo­sos que como humanidad hemos tenido; y ante todo, porque es capaz de encontrar la realidad del mismo modo que nos contamos un cuento. Un cuento que Rushdie sigue contando.