Retrato de escritor con biblioteca

Sabemos que no fue sencillo para su autora terminar este texto. Nos lo dijo, no insistimos. Hace unos días llegó el correo. Es un privilegio arrancar con ella y su padre, esta nueva etapa del ...
José Emilio Pacheco.
José Emilio Pacheco. (Foto: Rogelio Cuéllar)

Guadalajara

En celebración de Juan Goytisolo

¿De cuántas personas está hecho un escritor? A esta pregunta, adaptada del ensayo de Claudio Magris (Premio FIL 2014) sobre Elias Canetti, podría responderse: de todas las personas que, consciente o inconscientemente, cruzaron por su vida de manera fugaz o definitiva; con luminosidad o de forma eclipsada; trayendo consigo una cadencia o imponiendo una pausa. ¿De cuántos libros está hecho un escritor? De todos los que haya entendido, de aquellos que escribió y aun de los que quiso haber escrito.

José Emilio Pacheco (1939-2014) –comprenderán que me es difícil cerrar el paréntesis que contiene los años de su vida– fue capaz de leer y escribir a muy temprana edad. Desde entonces y hasta el último día estuvo fascinado con el poder de las 29 letras de nuestro alfabeto y la posibilidad de describir mediante ellas el universo de lo humano.

“Todo lo escribimos entre todos”, decía con frecuencia, en parte, creo, refiriéndose a que no hay nada nuevo bajo el Sol. Siguiendo esta idea acuñada por Ezra Pound (Make It New), es necesario renovarlo todo para que se adapte a nuestro tiempo, huela a fresco y, a la vez, perdure sin hundirse en el abismo de la fugacidad. Para quien no escribe puede parecer sencillo. Quien sí lo hace sabe que el don y la autocrítica necesarios para lograrlo distan mucho de serlo. Por más grande que sea la habilidad de un autor, el esfuerzo es inútil si no lee, y lee bien, lo propio y lo ajeno. El ejercicio literario requiere de una dedicación absoluta. Es muy celoso.

Gran parte de la vida de José Emilio Pacheco giró en torno a su biblioteca. Desde los primeros volúmenes que resumía ante su padre para convencerlo de haberlos leído y merecer que le comprara otros, hasta las maletas incargables con que regresaba de sus viajes (sin importar lejanía o duración), los libros fueron su gran placer y una compañía permanente.

 “Prefiero pegarme un tiro”, decía al imaginar la posibilidad de que la biblioteca quedara reducida a cenizas a causa de un incendio, o se diluyera bajo el súbito Amazonas en que a veces se transformaba la esquina de su casa debido a la intensidad de la lluvia.

Hoy que su ausencia física me pesa tanto, los libros que escribió son, desde luego, una forma de consuelo, pero de una manera muy inesperada también lo son los libros que leyó. Descubro ahora que estamos habitados por nuestras lecturas pero, para mi sorpresa, dejamos mucho de nosotros en todo aquello que leemos. Imposible hacer esta reflexión si la biblioteca de la que hablo fuera digital. En tal caso no tendría el placer de acariciar los tomos, de aspirar los distintos aromas que despide el papel según su edad y su origen, de encontrar pequeñas huellas que me muestran el camino que él tomó o que me hablan de su vida y su mundo interior: ligeras marcas (nunca subrayados) en algunos párrafos que le parecieron dignos de estudio; el precio en pesetas de un volumen comprado en la Casa del Libro de Madrid; un tomo de la poesía de Góngora que leyó durante una estancia en Harvard en 1983; el boleto de tren con el que viajó a un festival de poesía en Europa; una fotografía en Isla Negra; el cheque que buscamos incansablemente y que nunca cobró por no recordar en qué libro lo había guardado.

Considero un error deslindarse de las evidentes ventajas que ofrece la tecnología y no alabar las posibilidades ilimitadas de los libros electrónicos, sin embargo encuentro un poco triste la frase: “Te heredo mi Tablet. Contiene diez mil libros.” Así, cargando la cruz de nuestra parroquia, Cecilia, mi hermana, mi madre y yo mantenemos la biblioteca viva y la alimentamos con cariño, nutriéndola como ella nos ha nutrido a nosotras. De sus estantes salieron los pies de cría que mi hermana y yo hurtamos en secreto hace muchos años para fundar nuestras propias bibliotecas. Ahora entiendo cómo habremos atormentado a nuestro padre ocultándole el paradero de sus libros, pero también adivino su emoción al reencontrarlos en los anaqueles de nuestras casas como si se tratara de viejos amigos con los que tenía pendiente la nueva etapa de su prolongada conversación.

            Cuando yo muera alguien encontrará el papelito con el que hoy señalo la página de un poema en prosa en donde él resume el drama del escritor y su biblioteca:

Lo compré hace muchos años. Pospuse la lectura para un momento que no llegó jamás. Moriré sin haberlo leído. Y en sus páginas estaban el secreto y la clave.