Piglia y su Piglia

Respiración 'Artificial' me hizo creer que sí existía un país que se llamaba la Argentina; que si alguien, en ese territorio, podía escribir eso, no todo estaba perdido.
Paparruchas.  La columna de Martín Caparrós
(Especial)

Guadalajara

No me tengo tanta confianza como para profetizarme sin temblores: son demasiados los azares de esta vida, decía una canción que nunca se cantó. Pero, si ninguno de ellos se encarniza, esta noche a las 20 estaré sentado en un estrado con Juan Antonio Villoro y Martín Antonio Kohan, presentando, en el Salón 2 de la FIL, la Antología Personal de Ricardo Antonio Piglia; estaré, ya está claro, abrumado por las presencias de Villoro y de Kohan y, sobre todo, de Ricardo Piglia.

Así que, supongo, hacia las 20.10, cuando los treinta y dos asistentes se hayan acomodado, me tocará acogerme a las generales de la ley. Decir, digo, me acojo: que me caben las generales de la ley. Y explicar que no puedo hablar de Piglia sin explicar que Piglia, para mí, fue la Argentina.

Alguien, quizá, no termine de entenderme, y tendré que abundar. Diré, entonces, que fue hace muchos años: tal vez fuera 1980, o quizá 1981; digamos que era 1981, o puede que 1980. En esos días la dictadura argentina cumplía cuatro o cinco años de lucha y yo, por no dificultar las cuentas, otros tantos de vida en las afueras. Primero fue París, después Madrid, siempre con la firme convicción de que la Argentina no existía: que ese país donde yo había cumplido 18 ya no existía –y que no valía siquiera la pena de pensarlo. Era, diré, si acaso, entonces, un desierto, un raro vacío donde habían matado a demasiados amigos y expulsado a los más afortunados; era un cono de silencio desde el que me hablaba, por carta, de tanto en tanto, mi mamá.

Hasta que recibí –probablemente, diré, fuera 1980, o quizá 1981– por el correo un libro que me mandaba ella desde Buenos Aires. Se llamaba Respiración artificial y lo firmaba un tal Ricardo Piglia. Lo leí, porque entonces leía, sin expectativas; tardé poco en recibir las ondas expansivas. Fue un cataclismo bien localizado: la erupción de un país. Respiración me hizo creer que sí existía un país que se llamaba la Argentina; que si alguien, en ese territorio, podía escribir eso, no todo estaba perdido. Y que, por lo tanto, podía volver a contar ese lugar entre los míos –diré, y tendré que evitar un charco de emoción: cuanto más viejo, más me cuesta. Entonces seguramente mi amigo Juan me ayudará con un chiste bien puesto, su capote de malabarista.

Y entonces callaré para escuchar la elegancia del local, la razón del visitante. Y me seguiré preguntando, más tarde, quizás hacia las 20.30, cuando ya los bostezos empiecen a decorar la sala, qué Piglia decidió ser Piglia.

Porque su Antología personal –diré, intentaré decir– es, como su nombre dice, una ontología personal: una elección de los textos que deberían conformarlo. Un hombre, 73 años, mucho escrito, mucho leído, mucho pensado, cada vez más celebrado, decide decidir quién fue. El escritor, al editarse, edita su vida: define qué escritos le dibujan el perfil definitivo. Cientos, miles de páginas quedarán afuera; adentro, en ese libro del Fondo de Cultura, unas trescientas serán Ricardo Piglia.

Que –trataré de decir–, borgeano al fin, alterna narración y ensayo e incluso su gran momento de la mezcla de ambos, el principio de Respiración: “Puede llamarme senador, dijo el senador. O ex senador. Puede llamarme ex senador, dijo el ex senador” –para citar una de las frases que, entre Ricardo Piglia y Thomas Bernhard, más daño me han hecho.

Y ya habrá claros bastante oscuros en la sala, y seguiremos hablando de Piglia y su Guevara y de su Arlt, de su Sarmiento y de su Marx, de sus ladrones y sus policías, de sus complots y sus conspiraciones. Y a esa altura, por supuesto, los infinitos azares de una conversación nos habrán internado en vericuetos que nadie sabe ahora; a esta altura la razón del local, la elegancia del visitante los habrán llevado tanto más allá de lo que puedo imaginar. Así que ya serán casi las 21, llegará el papelito que nos llame a silencio, y nadie habrá hablado de un par de asuntos clave –entre ellos, la importancia de llamarse Antonio. Nos habremos callado, como aquí. Siempre hay, en todo texto, algo que no se dice: salvo en los fracasos más gloriosos, los logros más abyectos, ahí está lo que importa.