Un Pérez Reverte de ficción

A modo de bienvenida, una semblanza de Élmer Mendoza, su camarada de armas y uno de los grandes narradores mexicanos.
Arturo Pérez-Reverte.
Arturo Pérez-Reverte. (Archivo)

Guadalajara

Arturo Pérez-Reverte está en la FIL. Eso significa que nos visita uno de los novelistas más leídos de las últimas décadas, un conocedor riguroso del Siglo de Oro español, un columnista notable y un miembro de la Academia Española de la Lengua. A modo de bienvenida, una semblanza de Élmer Mendoza, su camarada de armas y uno de los grandes narradores mexicanos.

En un lugar de la Mancha nació Arturo Pérez-Reverte. Poco se sabe de su niñez, salvo que era delgado, un lector voraz y que lo veían recorrer grandes distancias en un triciclo ayudando a niños en problemas con sus deberes. Cuando creció hizo lo mismo, primero en una bicicleta y después en una moto. No hubo chica que no recibiera orientación sobre la obra de Francisco de Quevedo, el trinomio cuadrado perfecto o el bosón de Higgs. En Acapulco se inscribió en una escuela de clavadistas pero lo expulsaron porque le ganó al mejor. Al día siguiente, en la tumba de Cervantes, descubrió su vocación de escritor.

Antes de ser un autor de prestigio fue corresponsal de guerra. Cuando cubría la guerra de Troya conoció a un soldado ciego que se mantenía quieto, en cuanto escuchaba el choque de las espadas se alejaba lo más posible para no ser afectado; advirtió que para mantener el espíritu apaciguado repetía versos que Arturo creía identificar. Uno de sus reportajes más famosos es aquel en que narra cómo los romanos emborracharon a los sabinos para quedarse con sus mujeres. Años después, mientras cubría la guerra de los Treinta Años y se aburría soberanamente, recordó su visita a la tumba de Amadeus, que le reveló más o menos lo mismo que don Miguel.

Su primera novela fue acogida por una crítica delirante que de inmediato lo propuso para recibir el premio Cervantes. Coño, ese húsar es la hostia, argumentaban, mientras el autor entrevistaba a Napoleón justo antes de la batalla de Waterloo. Meses después, cuando se enteró, se puso a estudiar esgrima con la misma suerte que en la escuela de clavadistas. ¿Por qué a algunos los expulsan de todas las escuelas? Se preguntaba, seguro de que en el cole se escapó por los pelos. Te seré franco, le dijo Franco con gesto adusto, un día en que los dos paseaban por el Retiro, era una tarde de invierno. Me tienes hasta los cojones, era lo mismo que le había dicho Juan Prim cuando cubrió la intervención francesa en México y publicó que era un capricho de unos príncipes idiotas. O te aplacas o te expulso de la escuela de la vida. Entonces Arturo, Usted y los que son como usted, me la pelan, tuvo que escapar por piernas por antiguas veredas impracticables ante el feroz acoso de la escolta. Afortunadamente, estaba investigando para escribir una novela sobre el 2 de mayo de 1808 y sabía que ese parque tenía sus misterios.

Compitió en la olimpiada de Barcelona en equitación. En un rocín esbelto, criado en Sinaloa, con herraduras de plata, se hizo con la medalla de oro en Doma Individual ante el beneplácito de la crítica extranjera, que como no lo había considerado antes decidió ocuparse de él. Fue la primera vez que lo llamaron pinche gachupín y le reclamaron por los indígenas asesinados por los conquistadores. Él les dio por culo y se hizo amigo de Germán Dehesa, que con su fina ironía le enseñó que para todo mal mezcal y para todo bien también. La verdad es que él no deseaba competir porque iba a cantar Amigos para siempre pero P. Domingo ejecutó una expulsión que le faltaba y en vez de cuatro tenores fueron tres. ¿Por qué se enojó Domingo? Porque Pérez-Reverte le explicó que tenor no era un derivado de tenorio, como explicaba a las jóvenes sopranos que babeaban por él. Hastiado del deporte y del canto vendió su caballo y su tololoche, compró lo que quedaba del Pequod y se fue a recorrer el mundo.

Todo iba bien hasta que frente a Ojo de Liebre, en Baja California, fue atacado por un enorme cetáceo blanco que lo convenció de que el hombre está condenado a tropezarse más de una vez con lo que sea. Le ofrecieron el Tramp Steamer pero declinó amablemente. Luego, en un cementerio de Ketchum, Idaho, adquirió el Pilar, en el que recorrió el Caribe perseguido por grandes peces que lanzaban mordiscos a un costado de la nave; tuvo que fondearlo en Formentera, donde visitó a Robert Graves que había leído su reportaje sobre las sabinas y quería casarse con una. Durante dos años recorrió las Baleares; en una hizo amistad con George Lucas, que intentó crearle un personaje para que cubriera la guerra de las galaxias, pero él deseaba conocer Culiacán donde una mujer lo había soñado justo la noche en que su esposo fuera ejecutado al bajar de su avioneta, y pretendía convencerlo de que el patio de su casa era particular. Pérez-Reverte percibió que no le pedía nada y continúo sus proyectos de escritura. Encendió un par de velas en la tumba de Sor Juana y se encerró a escribir en el camarote del capitán del Nellie, el último bergantín que tuvo antes de comprar el Nautilus, que es la nave en que ahora recorre los mares, comenta con sus seguidores de Twitter y medita en volver a cantar o participar en alguna olimpiada como esgrimista o clavadista. Ya lo veremos. Por lo pronto, protegido por los grafiteros del mundo y un espadachín que no silba, se halla tranquilo.

 

Élmer Mendoza (Culiacán, 1949). Novelista. Autor, entre otras, de Un asesino solitario y Balas de plata. Su último libro es El misterio de la orquídea calavera.