Lydia Cacho: los ojetes se van

El viernes por la mañana los pasillos de la FIL olían intensamente a hormonas. Era el día en que las secundarias de Guadalajara acudían a la más grande fiesta de lectores que hay en su ciudad, ...
Lydia Cacho.
Lydia Cacho. (Paola Villanueva Bidault)

El viernes por la mañana los pasillos de la FIL olían intensamente a hormonas. Era el día en que las secundarias de Guadalajara acudían a la más grande fiesta de lectores que hay en su ciudad, en México y en América Latina. Mi objetivo era llegar a encontrar un asiento en el salón inmenso donde Lydia Cacho iba a hablar con jóvenes. Secretamente me propuse sentarme lo más alejada posible de los adolescentes. No lo logré. Más de mil estudiantes y algunos maestros abarrotaron el lugar. Pude sentarme en las primeras filas reservadas usando mi colmillo y argumentando que era invitada de Random House, editorial que publica a Lydia Cacho. Me creyeron. Me senté frente a una fila de chavitas ruidosas e inquietas como de primero de secundaria. Alguna vez tuve 15 años y recordé que la pasé fatal. Ser adolescente apesta en todos los sentidos. Uno está confundido y ciertamente muy enojado con su cuerpo y sobre todo con los adultos.

Una mujer muy guapa, fuerte y poderosa hace su entrada al escenario y cual rockstar recibe un estruendoso aplauso del público. Lo recibe con gracia. Me pregunto si estas chavas y chavos saben quién es ella, si la habrán leído o si se trata solo de la euforia contagiosa de los eventos masivos. Lydia Cacho toma el micrófono y en seguida se convierte en una extensión de su mano. Lo suyo es contar historias y hacerlas públicas. Procede a brincarse el protocolo, que también es muy lo suyo: hay una mesa enorme con un letrero que lleva su nombre y una silla dispuesta para que ella tome su lugar. Lydia decide que su lugar es otro. "No me gustan las mesas y no me importa que me regañen". Procede a contar su historia de pie, recorriendo los 15 o 20 metros del escenario con la soltura que solo tienen los que nacieron para enfrentarse a los grandes públicos, esos que tienen el don de atrapar a los demás con su presencia y su palabra.

La historia que cuenta es la de ella. "Cuando yo era más o menos como tú...", y señala a una niña que está vestida de azul unas cuantas filas detrás de mí mientras la mira fijamente a los ojos. Su relato pasa por el día en que un señor de veintitantos años se sintió con el derecho de agarrarle una nalga, evento que la llevó a tomar clases de karate y luego a denunciar a todos los malos con los que se ha encontrado en su camino y que se sienten con el mismo derecho de hacerlo con otras niñas. Menciona al niño que descalabró en esos cursos y que no tenía la culpa de su ira y de la buena idea que tuvo su abuelo cuando le dijo que convirtiera su enojo en palabras y que se pusiera a escribir. Su historia está repleta de actos de rebeldía, de preguntas incómodas, de estrategias de defensa propia y ajena. Una vida bañada de la curiosidad que es la herramienta vital que la llevó a ser periodista.

También recuerda a aquellos que se han sumado a su lucha para denunciar a los más malos de los malos, empezando por su mamá, sus amigos y las organizaciones que la conocen y otras que no la conocen y reconoce a cómplices como su editorial, que se aventó el tiro de publicar Los demonios del Edén, aunque tuvieran miedo de enfrentar a los poderosos que el libro exhibe. Aunque haya ojetes, esos, asegura confiada: un día se van.

Yo no puedo dejar de ver a las niñas de atrás. Después de 35 minutos esta historia ha sembrado algo en esas chavas. Veo cómo les brillan los ojos mientras se codean, se ríen, se conmueven con sus palabras. Tres o cuatro están llorando cuando Lydia Cacho les pide que no se decepcionen de su país y las invita a usar su fuerza para cambiar al mundo. Son las que salen abrazadas y sonriendo en la mega selfie que Lydia se toma con la audiencia al final. Cuando salgo de ahí mi ropa huele a recreo y se me antoja tener 15 años otra vez.