¡Llegaron!

«¡Llegaron!», le dijo mi tía abuela Elenita a mi abuela con zozobra no bien nos vio su­biendo en el Fordcito por la carretera de en­trada a Santa Anita. «Aj, aj, aj, aj, aj», iba diciendo el ...
Fernando Vallejo
Fernando Vallejo (Notimex)

Editorial Alfaguara

«¡Llegaron!», le dijo mi tía abuela Elenita a mi abuela con zozobra no bien nos vio su­biendo en el Fordcito por la carretera de en­trada a Santa Anita. «Aj, aj, aj, aj, aj», iba diciendo el carrito ahogándose en la subida.

—¿Es que era un carro viejo?

—Viejo no. Es que los carros de entonces eran lentos, no como los de hoy día. Lo más que daba el Fordcito eran setenta kilómetros por hora, en plano. En bajada más, claro, y en caída libre, pero en caída libre va igual de rápido un Fordcito que una piedra.

—Una tortuga pues, su Fordcito.

—Tanto como una tortuga no, aunque tampoco una liebre. Los ocho kilómetros en­tre Medellín y Santa Anita los hacíamos en digamos dos o tres o cuatro horas.

—¿Dos o tres o cuatro horas para ocho kilómetros? Entonces ustedes estaban jodidos.

—¿Jodidos con carro? Jodido el resto de Medellín que iba a pie. En Medellín habría treinta carros en total. Pongámosle treinta y uno con el nuestro.

—Entonces Medellín no era una ciudad, era un pueblo.

—No... Sí era una ciudad. Lo que pasa es que entonces las ciudades eran pueblos. Pue­blos grandes.

—¡Qué aburrición!

—Nada de aburrición. Mucha parranda, mucha fiesta.

Parranda sana, con poco muerto, solo los necesarios, dos o tres o cuatro para que la fiesta fuera un éxito.

Las calles vacías, las carreteras vacías, el campo de aviación vacío... Las iglesias llenas, la morgue llena. Arrancábamos y ¡zuas!, nos íbamos como una saeta. O mejor dicho como una culebra porque era una carretera curvosa. ¡Qué curverío, por Dios, íbamos de curva en curva culebreando! Los más pequeños se ma­reaban y se vomitaban en el Fordcito.

—¿Mareo en carretera? ¡Ustedes sí están locos! Mareo es en el mar.

—Bueno, si no le gusta, llámelo «carreteo»: se vomitaban por el carreteo y dejaban el For­dcito hecho un asco. ¡Pero qué importa! Éra­mos felices y eso basta. El hombre nació para la felicidad. Otra cosa es que no la logre. En tanto, le vamos haciendo la lucha.

«¡Raquel, llegaron, ya vienen por el carbone­ro!», le dijo mi tía abuela Elenita aterrada a mi abuela cuando nos vio llegando al carbonero.

El carbonero era un árbol que producía, amén de hojas, gusanos como borlas amari­llas. Al que los tocara le daba fiebre. Un día cogí una de esas borlas pensando que era de oro y no, era un gusano engañoso y casi me muero. A los cinco años muerto, ¡qué horror!, ¿se imagina usted? ¡Cuarenta y cinco de fie­bre! Pero sobreviví. Por eso voy aquí junto a usted matando el tiempo contándole. El tiem­po es una saeta, y la vida un raudo vuelo. A ver si este avión no se cae. Toco madera.

«¡Raquel, ya vienen por las dos palmas!», anunció Elenita y se le cortó la respiración.

El carbonero daba sombra, las palmas nada, ni siquiera cocos porque eran unas pal­mas perezosas, haraganas, costeñas, como los costeños de la costa colombiana, que no tra­bajan. «Un árbol que no da nada, ni fruto ni sombra, hay que tumbarlo», dijo Lía por de­cir, y ya les contaré qué hicimos con las pal­mas: a escondidas las cortamos con un serru­cho y cayeron sobre el techo de Santa Anita y se llevaron media casa: el cuarto de Elenita, el de la abuela y el abuelo, el comedor... Los tres quedaron durmiendo a la intemperie.