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Pero editar sí es, hasta cierto punto, cortar y pegar con el mismo estilo. Sobre todo en revistas como son las de arquitectura.
Alejandro Hernández, editor de Arquine
Alejandro Hernández, editor de Arquine (Especial)

«Arquine», revista trimestral de arquitectura dirigida por Miquel Adrià, tiene 16 años de publicarse --en unos días saldrá el número 70. Escribí ahí ya en el segundo número y después fui, por un año aproximadamente, jefe de redacción, antes de formar parte del consejo editorial. Desde hace año y medio soy el director de contenidos --el editor, en una palabra. Cuando inicié ese trabajo hubo una presentación más o menos informal ante mis compañeros del consejo. Tenía que explicar cómo entendía yo el trabajo de «edición» que vendría. Al preparar lo que diría, como ahora al escribir esto, revisé la lista bajo el título «edición» en el programa en el que escribo. Edición: deshacer, rehacer, cortar, pegar, pegar con el mismo estilo, eliminar, borrar todo, seleccionar todo, anular selección, aceptar cambio, rechazar cambio. No se trata de una definición de lo que es «editar», sino de una lista de acciones posibles en lo que en la prehistoria se llamaba un «procesador de palabras».

Pero editar sí es, hasta cierto punto, cortar y pegar con el mismo estilo. Sobre todo en revistas como son las de arquitectura. En una revista literaria o política, los textos pueden conservar su novedad antes de publicarse: son inéditos hasta que se editan. Pero con las imágenes es distinto --y al menos la mitad de lo que los arquitectos leen son imágenes (en el mejor caso, a veces sólo las vemos). Las imágenes --no hay necesidad de abundar mucho -- viajan a gran velocidad. Ya no hay ni siquiera que esperar a que alguien edite --es decir, seleccione-- entre las fotos de un edificio recién terminado. Los fotógrafos profesionales y los arquitectos mismos nos adelantan las imágenes en las redes sociales. El reclamo habitual del editor es justamente la falta de selección: el único filtro a tanta imagen es alguno de los que ofrece Instagram. Pero el reclamo seguramente es anacrónico. Ya desde su famoso ensayo de larguísimo título, Walter Benjamin habló de cómo la diferencia entre el autor y el público, entre el productor y el consumidor, desaparecía.

La auténtica diferencia en el trabajo del editor está en otra parte y no tiene que ver exclusivamente  con cierto nivel de «especialización»: habría que desechar asimismo esa visión aristocrática que pone la calidad del lado de las minorías especializadas. También en las redes es posible encontrar muy buen trabajo de edición --pienso en blogs como BLDGBLG o The Funambulist, entre muchos más. Mimi Zeiger -@loudpaper en Twitter-- ha hablado de una nueva figura que depende totalmente de las redes: el crítico colectivo. La diferencia, entonces, no está en el contenido, en la pura información, sino en los efectos o, para usar una palabra que también le gustaba a Benjamin, en las operaciones. Deshacer, rehacer, cortar, pegar, eliminar, seleccionar, pero ¿para qué? En otro de sus ensayos, «El autor como productor», Benjamin, a partir de Brecht, explica algo que puede servirnos para entender esa diferencia que hace (a) un editor: «la diferencia decisiva entre el simple abastecimiento de un aparato de producción y su transformación». El editor aspira a que su selección y la manera de presentarla agregue algo a la mera suma de lo seleccionado. Hay ahí, por supuesto, una toma de posición --evidentemente parcial, como cualquier toma de posición. En mi caso, me ha interesado subrayar la dimensión urbana, cultural, social y por lo mismo política de la arquitectura y el diseño. Por supuesto, algo quedará fuera al privilegiar esas perspectivas. Es el riesgo que hay que asumir al editar o, más bien, eso es editar: seleccionar todo, anular selección, aceptar cambio, rechazar cambio…

Editor de Arquine