La fin

El verdadero milagro de la FIL es que, por unos días, convierte el pueblito virtual de la literatura en un espacio real. Nos encontramos, nos vemos, toqueteamos.
Paparruchas.  La columna de Martín Caparrós
(Especial)

Guadalajara

Se sienta entre el caos, los gritos, los chicos chicos que berrean, muchachos y muchachas que se miran como quien se busca la sección más comestible, muchachos y muchachos que se empujan pegan carcajean como quien se prueba, muchachas y muchachas que se retocan repeinan como quien se cela, señoras que llevan a esos chicos, señores que llevan traje de que sí son alguien, ayotzinapos que cuentan hasta 43, expositores atareados, editores atareados, periodistas atareados, escritores que ponen cara de atareados, más chicos chicos que berrean, muchos más muchachos y muchachas y los colores y el ruido y los carteles y los trajes y los tropiezos y los bolsos y los globos y los libros y los muchachas y muchachos y los chicos y se pregunta, despacito, como quien sabe que de todos modos no va a poder oírse, dónde se irá todo esto hoy a la noche, cuando el último apague al fin la última luz. Y no tiene, por supuesto, una respuesta.

–¿Te imaginas este lugar lleno de pienso para vacas, de zapatos de dama, de tornillos hidráulicos?

–No sería este lugar.

Será. Durante ocho días se produjo, aquí, un raro fenómeno que se produce cada año, puntual, raro. Durante ocho días hubo cientos, miles de personas hablando de libros: hablando –incluso, a veces– de lo que se dice en ciertos libros. Hubo personas hablando de los años ochentas los padres los abuelos la mujer las mujeres el hombre en el mundo el hambre en el mundo el rock nacional la jurisprudencia castellana los perros de caza la novela testimonial regiomontana y tantas otras cosas. Hubo personas –muchas más personas– escuchando hablar de los años ochentas los padres los abuelos la mujer las mujeres el hombre en el mundo el hambre en el mundo el rock nacional la jurisprudencia castellana los perros de caza la novela testimonial regiomontana y tantas otras cosas. Durante ocho días nos creímos un poco más cultos, un poco mejores. Todos: los que se sienten más cultos porque vienen a mirar libros o a escuchar escritores; los que nos sentimos mejores porque alguien piensa en mirarnos o escucharnos.

–Disculpe joven, ¿usted su nombre cómo era?

–Rabindranath Tagore.

–Claro, ya decía yo.

Es la felicidad, o su mejor remedo. Suponemos, durante ocho días, que hay quienes quieren escucharnos. Y no sólo escucharnos: los invitados extranjeros agradecemos particularmente que la proverbial hospitalidad mexicana lleve a la FIL a contratar a esos figurantes que te paran de tanto en tanto para decirte cuánto les gustó tu último libro –la mayoría no precisa: flojos de guión dicen “tu último libro”– y qué bella tu prosa y que si no les regalarías un selfie con ellos. Porque, está claro, un autor es, ahora, un buen decorado para selfies. No tan bueno, por supuesto, como un zaguero o una rubia, pero con ciertas ventajas específicas:

–¿Usted es escritor, no?

–Lo que usted diga, señora.

–Vamos, usted es. ¿Se puede sacar una foto con la nena? Es que ella está empezando a leer, sabe, tenemos que ayudarla.

Además este año, sabemos, la invitada especial era Argentina. “Se diría que su stand pretende entusiasmar a cualquier país en crisis, darle ánimos, decirles: nosotros, peor”, escribió en elmundo.es el jerezano Juan Bonilla, reciente premio Vargas Llosa por una gran novela, Prohibido entrar sin pantalones. Un envidioso.

–Otros años, por acá no se podía ni caminar.

Me decía una editora conocida mientras pasábamos por la zona reservada al stand del país invitado.

–Lo que pasa es que esto no te invita a quedarte, no hay nada que hacer. Si no fuera la Argentina, uno no se sorprendería de que el stand fuera tan pobre, tan antiguo. Pero siendo…

Remató, porque todavía cree en el mito. Un escritor mexicano se quejaba de que no había aprendido nada nuevo sobre la literatura argentina, que ninguno de los grandes actos de la Feria había sido argentino, que en el stand argentino faltaban libros de muchos autores argentinos y sobraban –él dijo que sobraban– los de Chéjov o Hemingway o Adorno, que todavía no pidieron la ciudadanía. Hay gente que tiene mucha envidia: la presencia de la Argentina en la Feria fue, por supuesto, un éxito; no se sabe bien cuál, pero algún éxito.

–Oye, esa foto tan grande de esa señora mayor con un hombre más joven, ¿es de alguna novela?

Pero el verdadero milagro de la FIL es que, por unos días, convierte el pueblito virtual de la literatura en un espacio real. Nos encontramos, nos vemos, toqueteamos. Nombres con los que duermen nuestros nombres en las mesas de las librerías, los estantes de alguna biblioteca, nombres que tenemos en nuestras listas de correos y de odios y de amores, nombres que son siempre nombres vuelven de pronto a ser personas. Y son abrazos de oso, son sonrisas, son comentarios vacuos, son felicitaciones sospechosas, son chismes por la espalda, son amores breves. En cada FIL se produce –y se consume– esa forma flou de la amistad que consiste en saberse pero no verse y, de tanto en tanto, quererse mucho aunque no mucho tiempo. De pronto somos tan amigos de personas que no veremos en un año o dos pero, estos ocho días, bebemos con ellos más copas que las que podemos contar, comemos más gratis que lo que osamos contar, pasamos más vergüenzas y cruces y rayas que las que debemos contar.

–¡En mi mesa puede faltar de todo, menos vino!

Grita un editor potente para sintetizar este momento –y después se calla y el vino se termina y la fiesta se acaba, y todo vuelve a su virtualidad: a su silencio, a sus palabras sólo impresas. Porque ya pasó el tiempo. Empezó hace ocho días: hace ocho días el tiempo era infinito. Estaban por suceder miles de cosas: un mundo que se abría y parecía interminable. Ya pasó, ya se acabó, no existe. Si no me creen, pregúntenle a Quasimodo.