Lo que viene

Juan Villoro también destaca por la forma en la que su voz narrativa ha evolucionado siéndose fiel a sí misma.
Juan Villoro.
Juan Villoro.

Un autor es también un espejo. Nos devuelve una imagen de nosotros mismos construida con palabras. Cuando leemos a un escritor y decimos que nos gusta, es porque encontramos en lo que escribe algo de nosotros y nos sentimos compañeros en una misma experiencia. Juan Villoro (México, 1956) es una avis rara, un autor excepcional en más de un sentido. Su obra —vasta en cantidad y variedad— tiene virtudes que no abundan en la narrativa. Por un lado, es un autor popular (gustado), tal vez porque puede descubrir con sus palabras cosas de nosotros que desconocíamos. Por el otro, sabe usar un lenguaje claro, embebido en lo cotidiano, para la construcción de textos que son estilísticamente notables. Como prueba está su último libro: Apocalipsis (todo incluido).

El título nos da una primera clave sobre lo que encontraremos: no sólo se anuncia que viene el acabose, sino que se plantea su llegada con un kit. El nombre proviene de uno de los cuentos incluidos en el volumen que, sin embargo, le da perfecto sentido a la colección.

Villoro también destaca por la forma en la que su voz narrativa ha evolucionado siéndose fiel a sí misma. Los lectores notarán que el tono y la temperatura de los cuentos de este libro es variable, casi encontrada, pero podrán distinguir al autor que buscan.

Está, por ejemplo, Yo soy Fontanarrosa, donde un escritor que lee poco ("porque no quiero influenciarme") termina en un partido de futbol amateur rodeado de policías panzones que responden al nombre de escritores universales ("Nuestro diez era Cortázar. La verdad, era el único con idea de lo que hacía. Tocaba el balón como si hubiera nacido en Argentina".) Estamos ante una narración delirante, veloz, extraña y divertida, teñida de un surrealismo que se parece de forma sospechosa a nuestra verdad nacional.

Hay un guiño erudito que, como en Ibargüengoitia, pasa primero por el absurdo. En contraposición está El mal fotógrafo, un cuento breve, sutil y delicado donde el recuerdo de un padre ausente da pie a la nostalgia primero y a los misterios que dominan las relaciones después; la pérdida muchas veces ocurre antes de suceder. Estas dos narraciones casi opuestas ayudan a enriquecer la variedad que el libro ofrece y son elementos que nos señalan a un autor capaz de abrevar de muy distintos pozos.

En el Apocalipsis que plantea Villoro aparecen los personajes frente a sí mismos. El hilo conductor de casi todas las narraciones es el abismo que hay entre el que ama y el objeto de su amor. Ningún ser, por cercano que sea, puede conocerse con claridad prístina. La premisa atraviesa en el libro una amplia gama de relaciones: de las amorosas a las amistosas, pasando por las filiales. Nuestros afectos, deseos y miedos comparten origen y se sostienen de maneras extrañas y precarias. La contingencia es el aliado final en este libro, uno que obliga a los personajes a enfrentarse a su propia imagen.

El día en que fui normal, un cuento inquietante que sucede en el futuro, Apocalipsis (todo incluido), donde las profecías tienen más peso del supuesto, incluso para los charlatanes, y "Forward >> Kioto", que trata diversas formas del destierro, son narraciones agridulces, en las que los personajes parecen sorprendidos de sus propios hallazgos y emociones. Siempre ayudados por otros, estos cuentos mezclan sabores exóticos (incluso cuando son autóctonos) con ensayos sobre la empatía, la nostalgia y la aceptación.

Hay tres narraciones que contienen mundos complejos y autosuficientes, colindantes con la novela. Los sucesores, Confianza y La jaula del mundo ofrecen iguales dosis de humor y desamparo, cierta crueldad y un puñado de compasión. Los accidentes diarios, la contingencia, ponen a los personajes en una encrucijada interior, que les exige la revisión de lo que sienten, algo que es siempre mudable y complicado, teñido de ambivalencia, preocupación y esperanza. Los deseos de la carne se fusionan con los del espíritu, los afectos se entorpecen por las ambiciones y las apariencias dejan de engañar hasta que llega casi por accidente la voluntad de ver.

El accidente que es el mundo provoca una nueva sucesión de pequeños accidentes: en ese meollo estamos nosotros. El Apocalipsis de Juan Villoro es una forma preciosa de enfrentar lo que viene.