Iniciando a Carpenter

"Los viernes en Enrico's" es la prueba palpable de que la literatura es inmortal.
Los viernes en Enrico’s.
Los viernes en Enrico’s. (Especial)

Los viernes en Enrico's (Sexto Piso, 2015) es uno de los libros del año. Y es a su vez la prueba palpable de que la literatura es inmortal. Un texto que quedó in­concluso porque la muerte sorprendió a su autor. Pero que fue rescatado por otro grande. En su posfacio "Terminando a Carpenter", Lethem cita este comen­tario sobre Don acerca de su debut: "La novela im­placable de un joven matón de la calle y su inevitable viaje hacia la prisión y el conocimiento de sí mismo". Un mano a mano entre titanes. Una deuda saldada de Lethem con la generación anterior. Un tributo de un maestro hacia otro maestro.

Sólo los gigantes nos legan obras en realidad va­liosas. Los viernes en Enrico's no es una de esas tantas obras descubiertas entre los archivos de un escritor. Es posible que la muerte se llevara a Carpenter mien­tras escribía su obra maestra. Una noticia conmocio­nante. Pero es que Carpenter iba de obra maestra en obra maestra. Y esta novela tiene sus tintes de despe­dida. Existe en sus páginas un tributo (que es al mismo tiempo una burla) sobre las corrientes marginales de la literatura norteamericana. No hay citas a Melville, ni a ningún monstruo del siglo XIX. Se machaca, sí, el nombre de Kerouac, como parte de una resaca, esa estela que dejarían las letras de los 60's en el incons­ciente colectivo. Y una ironía, si cabe más grande, sobre el sistema de publicación gringo. Sí, la de aque­llos autores que se ganan la vida vendiendo cuentos a las principales revistas y suplementos pero que son incapaces de cristalizarse en una obra importante.

Cuatro personajes que son arrastrados hacia la literatura, uno de ellos ladrón de casas con un don para la palabra, un profesor universitario, una escri­tora suicida en potencia y la eterna musa a lo Anaïs Nin que se ha codeado con todos los beats. Con una trama que conforme avanzan las páginas lo va de­vastando todo. En principio las relaciones. Como ninguno Carpenter reflexiona sobre un gran proble­ma con el que el hombre ha tenido que lidiar toda su existencia: el talento. Talento para escribir, para tener sexo, para vivir. Dentro de toda la gama de la literatura estadunidense Carpenter despunta por entre el resto. No narra la historia del héroe. Ni el derrumbe del sueño americano. Lo que no significa que no sea crítico con la sociedad, a la manera de los grandes autores gringos. Pero el desencantamien­to de Carpenter es otro. Y brilla con luz propia. Es la catástrofe íntima. Alejada de todo. Es el más puro existencialismo americano. No es la herida del capi­talismo. Es el extrañamiento por estar vivo.

Y todo girando siempre alrededor de una noche de tragos. Como la postal perenne de una película de Woody Allen. Ciudades americanas solas y la nieve. Pero el calor del alcohol incentivando a estos cuatro personajes a indagar en sí mismos. ¿La gran novela americana? Sí y no. Sí porque cuesta repo­nerse de la lectura de esta obra. No porque Carpen­ter desmitifica la tradición literaria americana. Sin Carpenter no hay Lethem.