La familia

Yo llego siempre a la feria, como si volviera a casa después de pasar el resto del año en el internado, lleno de un júbilo salvaje y con ganas de abrazar y besar a todo el mundo.
Benito Taibo
(César Álvarez)

Arranca esta nueva edición de la FIL Guadalajara en un sábado luminoso y multitudinario, lleno de sorpresas.

Camino hasta la inauguración enfundado en mi único saco negro, que es de lana, y a los cien metros me arrepiento. "Como tamal en vaporera", me dice un gran amigo que optó sabiamente por el lino. Y yo me hubiera reído, de no ser porque la metáfora no era tal y sí una descripción lamentable y certera de mi condición.

No llevo corbata en el día en que todo mundo la lleva (el día que más corbatas salen a pasear por la feria), pero no soporto tener más de un nudo en la garganta.

Si no me muevo demasiado podré sobrevivir, me digo a mí mismo, convenciéndome, mientras paso la vista sobre eso que llaman "presídium" inaugural y que es más largo que un día sin pan. Y lo que noto, invariablemente, es que la equidad de género es de todo excepto equitativa. Dos mujeres sin corbata y 14 corbatas con su respectivo caballero al cuello.

Y a los pocos segundos dejo de oír, para sumirme en las cavilaciones propias del que va cocinándose a fuego lento.

Yo llego siempre a la feria, como si volviera a casa después de pasar el resto del año en el internado, lleno de un júbilo salvaje y con ganas de abrazar y besar a todo el mundo. Deseoso de ver a todos esos que con el paso de los años se han vuelto una suerte de familia elegida y de la que me siento harto orgulloso. Los colegas, los maestros, los recién llegados a este mundo de la letra y la palabra, a los que leo y admiro.

Porque si algo tiene la literatura es esa soberbia capacidad de convertirte en cómplice del que escribe, y establecer con él, o ella, un vínculo indisoluble que es una mezcla de cariño fraterno y plena identificación. Y que tan familiares se vuelven dentro de tu cabeza que pareciera que los conoces desde siempre.

Allí está el abuelo Fernando, excéntrico y valiente, que usa sacos color naranja fosforescente, y que a pesar de estar en silla de ruedas tiene cuerda para mucho rato.

El tío Gonzalo, elegante y propio, que aparece impecablemente vestido y perfumado a las ocho de la mañana a desayunar, dándonos a todos una lección de estilo insuperable.

La prima Rosa que es una estudiosa formidable y que sabe hartas cosas que yo ignoro, y que siempre me asombra.

Los primos Jorge, Pedro Ángel y Nacho, que desde muy chicos hicieron pandilla y que hoy se han vuelto unos verdaderos cracks.

Los otros primos del norte, el Élmer, el Julián, el Eduardo Antonio, francotes, directos, que hablan como escriben, y que han hecho de su profesión una virtud.

La tía Elenita, que es insumergible y que puede estar en dos presentaciones al mismo tiempo, mientras firma libros y manifiestos, va a marchas y reparte sonrisas.

El primo Jorge F., un gigante bonachón y sabio que lleva siempre afilado el lápiz y la lengua para lo que se ofrezca. Con un corazón tan grande que casi no le cabe en el pecho.

Los sobrinos y sobrinas fiesteras que llegan al amanecer, cuando yo apenas salgo por café, y que me dejan ver lo viejo que me he puesto.

Los parientes lejanos que hablan en inglés y a los que sin embargo entendemos perfectamente.

Y otros que, a pesar de ser de los nuestros, a veces nos desconocen, o se volvieron tan famosos que ni siquiera, frente a un espejo, se saludan a sí mismos. Pero eso pasa hasta en las mejores familias.

En fin. Iré viendo a mi enorme, querida y variopinta comunidad familiar (que crece y crece) mientras se suceden los días. Y juntando amorosamente sus libros en la mesa del hotel, que espera ansiosa todos esos prodigios que me reconcilian con el mundo.