De fiesta: guía mínima para impenitentes

Que la FIL fue, es y será una fiesta no es ningún secreto. Toda feria lo es, desde luego, por el hecho de que concreta un acto en sí mismo festivo: el encuentro del lector con los libros y sus ...
Ariel González, editor de Cultura de Milenio Diario.
Ariel González, editor de Cultura de Milenio Diario. (Archivo Milenio )

Que la FIL fue, es y será una fiesta no es ningún secreto. Toda feria lo es, desde luego, por el hecho de que concreta un acto en sí mismo festivo: el encuentro del lector con los libros y sus autores. Pero está claro que también hay otros festejos. De ellos hablaré hoy, habida cuenta de que no pocas veces los he disfrutado como invitado, colado y hasta víctima de sus excesos o tropelías.

Habrá notado el lector visitante -y con mayor razón los locales, tapatíos- que por las noches los lobbies de los hoteles cercanos a la sede de la FIL lucen repletos de personajes emperifollados dispuestos a devorar la noche en fastuosas cenas o bailes.

Son los feriantes haciendo lo posible y lo correcto, lo que cualquier otro invitado o partícipe de una convención de estas proporciones puede hacer: divertirse con sus colegas, salir a departir con los nuevos amigos, conocer nueva gente, bailar, beber un trago (o muchos) y abrir puentes con la comunidad extranjera participante.

¡Ah, las bacanales de la FIL! ¡Cuántas historias se entretejen a su amparo! Pero bueno, hay de fiestas a fiestas. Hay unas que entre todos los que año con año vienen al encuentro librero se han convertido en verdaderos clásicos.

Comienzo por la del Salón Veracruz: una de las más exitosas por su capacidad de convocatoria, pero también una de las más deplorables por su -como en los vinos- relación calidad-precio: es la única en la que se cobra por entrar a un galpón a 50 grados centígrados, con un sonido que destruye los tímpanos de la mitad de los danzantes (aquellos que bailan cerca de la orquesta), unas enceguecedoras luces láser y con los peores y más caros tragos de la ciudad. Sin embargo, dado que escritores, editores y periodistas compartimos el mismo gusto por la autoflagelación, siempre terminamos concurriendo a este sitio.

El próximo año será igual.

Luego tenemos la llamada "Fiesta de los periodistas", organizada por las autoridades de la FIL, a la que termina yendo todo Dios (cosa que se agradece, porque una fiesta gremial siempre es la cosa más mezquina y aburrida que pueda concebirse). Esta fiesta suele ser muy buena o regular (en realidad nunca llega a ser mala, porque con cientos de invitados y tragos gratis eso resulta difícil); la cosa depende, en realidad, de qué tan pachanguera o gran anfitriona sea la directora en turno de la FIL.

Ahora bien, es obvio que los grandes grupos o sellos editoriales ritualmente convocan a sus escritores en una cena o en un baile de amigos; no hablaré de ellas porque son tan convencionales en su mayoría que no generan casi nunca ninguna emoción báquica, ninguna ruptura del espíritu burocrático que las anima. Por eso, quizá, muchos de sus participantes las abandonan temprano (habiendo saludado a sus jefes y editores) para ir a buscar otras fiestas de las que, como impenitente convidado de ellas, daré cuenta mañana.