Argentina cede ante la corona británica

Dejando atrás dramas históricos y futbolísticos, Argentina tendrá que entregar la estafeta al Reino Unido, el próximo país invitado de la FIL 2015. 

México

Al finalizar  la FIL tendrá lugar, previsiblemente, una de las ceremonias más frías de todo el encuentro librero: el cambio de estafeta entre el país invitado de honor que se va y el que vendrá en 2015. Sus protagonistas son Argentina y el Reino Unido, una conjunción que de suyo representa un clásico no sólo deportivo sino histórico; una relación que –convengamos–, fue desde sus comienzos difícil, pero que también ha estado llena de admiración e influencias mutuas en todos los terrenos.

¿Por qué el Reino Unido? Oficialmente (cito la página web de la FIL), “la presencia del país como invitado se debe a que 2015 se designó como el año de Reino Unido en México. El intercambio cultural también tendrá otras sedes como el Festival Cervantino y el Festival de Cine de Morelia”. Como es obvio, quienes trabajaron en esa designación no repararon mayormente en el hecho de que en cuanto a la FIL el país al que relevaría era ni más ni menos que Argentina.

Imposible no pensar en el conflicto que en torno de las Islas Malvinas animó en 1982 una de las conflagraciones contemporáneas más importantes (la única de hecho) de un país latinoamericano con una potencia europea. Imposible no ver, también, el uso demagógico y populista que los gobiernos kirchneristas le han dado al tema, como en su momento se lo dieron –de modo criminal e irresponsable–  los militares golpistas que decidieron recuperar por la fuerza ese archipiélago, condenando a cientos de inexperimentados jóvenes a morir.

Pero el vínculo real entre Argentina y la pérfida Albión es mucho más que la guerra por unas islas. Nace propiamente de la fascinación de los primeros viajeros y aventureros ingleses como Anthony Knivet (quien describió en las postrimerías del siglo XVI a los habitantes de la costa patagónica como “gigantes de quince o dieciséis palmos de altura”), Alexander Caldcleugh, osado personaje que recorrió a caballo grandes extensiones de la Argentina decimonónica y hasta Charles Darwin, a quien cautivó el general Rosas (lo más cercano a Porfirio Díaz en Argentina): “Tiene una extraordinaria personalidad y goza de una influencia notable en el país, la que parece que probablemente ejercerá en pro de la prosperidad y el adelanto de  su patria”.

Otros viajeros unieron de modo más afortunado sus observaciones y la sensibilidad literaria. Richard F. Burton, quien más descuella con su profunda erudición y por ser el autor de la primera traducción integral de las Mil y una noches al inglés, supo percibir que “caminar por Buenos Aires se convierte en un estudio, un arte”. Y mucho más recientemente (en la década de los 70 del siglo pasado), un deslumbrado Bruce Chatwin realizó un viaje a la Patagonia que se convirtió en un hermoso libro del mismo título.

Por lo demás, decir rugby, futbol, hockey o Polo es en muchos sentidos hablar de una poderosa influencia que ha perdurado mucho más que las Invasiones Inglesas (otro conflicto inaugural entre las dos naciones); y también decir Harrod’s, el emblemático almacén –aunque tenga mucho tiempo cerrado–, es nombrar obligatoriamente a la calle Florida (en Buenos Aires).

¿Y qué decir de las librerías? Una parte fundamental de la inteligencia argentina recorrió los anaqueles y mesas de Pigmalión, por ejemplo, donde Alberto Manguel conocería a Borges (un profundo conocedor de las letras inglesas) y se haría del mejor trabajo de su vida: leer para el ínclito ciego.

En fin, hay tantas formas british de ser absolutamente argentino... Por eso todos debemos lamentar que la relación diplomática entre estos dos países no haya quedado en manos de sus mejores intérpretes y practicantes: los viajeros y escritores.