British Poetry Airways

De Auden, Larkin o Hughes a Dylan Thomas, y desde esos clásicos recientes hasta el contemporáneo Gunn, les proponemos una breve guía de lecturas poéticas inglesas para lectores noveles y no tanto.
"Como si el autor entendiera que esa rareza, esa monstruosidad de lo humano chocando con lo animal, exigiera el pulso firme y condensado de la poesía para ser registrado".
"Como si el autor entendiera que esa rareza, esa monstruosidad de lo humano chocando con lo animal, exigiera el pulso firme y condensado de la poesía para ser registrado". (Ilustración: Michelle Laguna)

México

¿Será cierto que nuestra relación con la poesía contemporánea en inglés pasa obligadamente por Estados Unidos? Dicha afirmación tendría cierta lógica geográfica si leyéramos con un mapa, mientras cruzamos fronteras, y eso ya no es aceptable en la era de Google, pero no podemos ignorar que nuestra cercanía con la tierra de Ginsberg nos lo vuelve de alguna manera más asequible. La influencia es “memética”, de genes culturales, y sí: somos muy agringados. Incluso dos de los poetas “ingleses” que más celebramos son gringos: T. S. Eliot y Sylvia Plath. Así que sí, tal vez sea cierto que nuestro rito de paso, en materia de poesía contemporánea en inglés, vuele por American Airlines.

Tal vez... En mi caso, basta pronunciar el nombre de Ted Hughes para no estar de acuerdo. Yo llegué a su poesía directamente, por British Airways, y lo hice porque presentí en ella una especia de brutalidad sofisticada que llamó poderosamente mi atención. Lo primero que leí de él fue un puñado de poemas de animales (tema de mi predilección) en el que destacó el inolvidable, poderosísimo Dehorning. Se trata de la descripción, como lo dice el título, del proceso de descornamiento de las vacas: al principio del poema, Hughes nos dice, hermosamente, que las vacas conocen con exactitud la posición de sus pitones “al igual que sus propias partes blandas” (tenderness), regalándonos una imagen simultánea de poder (las puntas de los cuernos) y debilidad (las partes tiernas) característica de su poesía, y el lector está así, maravillado, con la guardia baja, leyendo cómo las vacas parecen “peces enormes en un cubo”, cuando comienza el proceso de descornamiento en sí. Brutal.

Descrito sanguinariamente en sus detalles, como si el autor entendiera que esa rareza, esa monstruosidad de lo humano chocando con lo animal, exigiera el pulso firme y condensado de la poesía para ser registrado. Baste citar tres de los versos más suavecitos, después de que las vacas han pasado por “la aguja”:

Un rugido más de tigre que de vaca,/

como una ventolera en una cueva,

muy, muy largo,/

primero de dolor y al fin de pánico.

La siguiente.

Y Ted Hughes no es una rareza ni se generó espontáneamente: viene de una tradición que se remonta hasta Wordsworth y los “Poetas del Lago” en la que se abrían las puertas de la poesía, de par en par, al mundo natural. Claro: Hughes aportó la violencia, pero lo que quiero decir es que la tradición poética de allá, de las islas británicas, se basta y sobra a sí misma como para acceder a ella por vía directa.

¡Y Seamus Heaney, el gran poeta arqueólogo que en lugar de cavar con una pala, como sus ancestros, cavó genialmente con su pluma! Tal vez nadie mejor que Heaney haya entendido que las palabras son, también, materia, y por ello su poesía, con toda la complejidad (muchas veces política) de sus contenidos, es un riquísimo tapiz para el oído, si me permiten la expresión. En su clásico libro Muerte de un naturalista, Heaney tiene un poema titulado Helicón personal(Helicón es un monte identificado con el Monte Parnaso) en el que confiesa la afición que tenía de niño por los pozos (afición compartida con nuestro López Velarde, que clavó su infancia de codos en la orilla de los pozos), por asomarse a ellos, por ensuciarse en ellos. Poeta hiperconsciente de su tradición, es probable que Heaney intuyera que en esa figura del pozo se podían hallar el limo y la profundidad de la Historia. Pero el adulto, nos confiesa, ya no es digno de esa actividad infantil, y concluye magistralmente:

Yo rimo para /

verme, para desatar el eco de la

oscuridad.

Pero escribo al puro dictado del gusto, dando grandes saltos y sin asomarme aún al siglo XXI. Debo apresurarme y sacrificar un puñado de enormes admiraciones y lecturas, como W. H. Auden y Philip Larkin, como el denostado bardo Dylan Thomas, como el provocador Thom Gunn... Daré un brinco mortal hasta Paul Muldoon, a quien conocí por una antología que hizo de la poesía de Byron en cuya introducción escribió algo que me impresionó (era yo impresionable): que la poesía puede ser seria sin ser solemne.

Nacido en 1951, Muldoon es nuestro estricto contemporáneo y ha sido descrito por ahí como “el poeta angloparlante más destacado desde la Segunda Guerra”. Yo no sé de eso, pero sí sé que entrar a su poesía me costó y me cuesta un trabajo endiablado, porque es difícil de desentrañar tanto lingüística como culturalmente, dadas muchas de sus referencias locales (esta característica suya, y de la poesía británica en general, también es un factor que asusta a los lectores mexicanos, que prefieren las ciruelas de William Carlos Williams), y porque Muldoon no condesciende con sus lectores, al grado de que su famoso, casi inexpugnable poema Madoc:

A Mysteryllevó al conocido novelista John Banville a declarar que no entendía nada.

Pero leyendo y volviendo a leer, y luego leyendo de nuevo, los poemas “difíciles” terminan por revelar sus secretos, al contrario de lo que sucede con el erizo, que nunca revela nada, como dice Muldoon en su poema del mismo nombre: Erizo. Ese poema me gusta porque pareciera recordar algo que hace mucho olvidamos: que nuestro pacto con los dioses está roto. Antes, convivíamos con ellos e incluso nos dejábamos seducir por ellos; después al menos hablábamos con ellos, los intuíamos; hoy estamos solos. En su poema, Muldoon interroga al erizo, le pide (pero no él, sino un “nosotros” que nos incluye a todos) que salga de sí mismo y responda a nuestras infinitas y estúpidas preguntas. Pero el erizo no suelta nada y el poema concluye:

Olvidamos al dios

bajo esta corona de espinas.

Olvidamos que nunca más

confiará en el mundo un dios.

Esta traducción, por cierto (las anteriores son mías), la tomé de una enorme y muy útil antología de poesía británica contemporánea titulada La generación del cordero, preparada por Pedro Serrano y Carlos López Beltrán y publicada por Trilce.

Circula otra antología, más reciente, preparada por William Rowe y dedicada a rescatar a los poetas del British Poetry Revival que han sido generalmente ignorados por los lectores de esta orilla del mar: se titula  Renacimiento de la poesía inglesay la publicó Mangos de Hacha. Admirable rescate, pues nos presenta por primera vez a poetas experimentales y de vanguardia que descollaron en los 60 y cuya ruptura es central para la salud de la tradición inglesa.

No quiero terminar sin mencionar a la que es, para mí, la voz más interesante y desafiante de la jovencísima poesía inglesa: Kate Tempest, a quien los lectores tal vez reconozcan como cantante de hip hop, o como performer, y no como poeta. Es cierto que es una estrella en el mundo de la spoken wordo poesía leída en voz alta, pero ello sólo porque Tempest ha entendido que volvemos, cíclicamente, a la oralidad. Hoy tiene 30 años y ya desde su primer libro llamó la atención no sólo por el mencionado talento de conectar con la palabra dicha, ritmada y rimada, totalmente rapeable, sino por hacer otra conexión mucho más interesante: la conexión con la Antigüedad. Como si hubiera leído con fruición a Robert Graves (otro de mis predilectos), Tempest entiende que los mitos no existen para ilustrarnos como meros símbolos o metáforas, sino que pulsan en nuestra carne actualizados, un poco traicionados, un poco contaminados pero vivos. Es por ello que aquel primer libro –un solo poema de largo aliento que se recomienda leer en voz alta– se titula Brand New Ancients:eso somos, los nuevos antiguos, que solemos ignorar que nuestras vidas aparentemente olvidables o anodinas son también épicas de la cotidianidad, a veces cómicas y a veces trágicas. En su siguiente libro, Hold Your Own, Tempest pone al día el mito de Tiresias, el profeta ciego que fue hombre y fue mujer.

Sería muy difícil, si no imposible, deslindar su poesía de su música, y por ello no puedo ofrecer aquí, empobreciéndola, una triste traducción de alguno de sus textos. Tal vez eso es la poesía hoy: un intraducible beat. Pero asómense a YouTube y escúchenla interpretar su poema Icarus, les aseguro que no quedarán indiferentes.