El ensayo: enemigo de la claustrofobia

El género literario más libre e impredecible es el ensayo. No acepta convenciones y ha vivido muchas vidas.
El primer ensayo que leyó Laura Emilia fue "Una modesta proposición para prevenir que los niños pobres de Irlanda sean una carga para sus padres" de Jonathan Swift.
El primer ensayo que leyó Laura Emilia fue "Una modesta proposición para prevenir que los niños pobres de Irlanda sean una carga para sus padres" de Jonathan Swift. (Foto: Kenya Altuzar)

México

I. El ensayo no es apto para quienes temen a los espacios abiertos; es quizás el género literario más libre e impredecible porque no acepta convenciones. No tiene interés en ceñirse a una forma. No le interesa un tema, le interesan todos. A veces su propósito es evidente. Otras, puede ocultarse bajo el humor o la ironía, o estar implícito y descifrarse sólo tras una larga reflexión. Aun el peor de los poetas tiene la certeza de que al acabar de escribir un soneto invariablemente tendrá un poema compuesto por 14 versos. Aun el mejor ensayista –sobre todo si se trata de escribir un ensayo personal– nunca sabe cuál será el punto final de su aventura: el ensayo es la aventura. El mundo, dice Mallarmé, “existe para convertirse en libro”, a lo que podría añadirse: la experiencia existe para convertirse en un ensayo.

II. El primer ensayo que leí fue Una modesta proposición de Jonathan Swift. En mi ya lejana preadolescencia me pareció inconcebible que alguien afirmara:“un niño saludable y bien alimentado es, al año de edad, un alimento de lo más delicioso y nutritivo, ya sea estofado, rostizado, horneado o hervido; y no tengo duda alguna de que servirá igualmente bien en un fricassé o un ragoust.” Este ensayo satírico –un clásico del género– está escrito con tal maestría que la naturalidad de su voz en primera persona me impidió advertir el verdadero sentido de las palabras de Swift: hacer una crítica feroz sobre la miseria de los campesinos irlandeses. Para salir de la pobreza, en su ensayo “propone” que los padres vendan a sus criaturas como si fueran una suerte de lechones humanos para convertirlos en manjar para los terratenientes, cuya extravagante riqueza proviene del trabajo de los más miserables.

A pesar de su grandeza Swift no fue el inventor del ensayo. El padre reconocido del género es Michel de Montaigne, quien en el siglo XVI escribió el que se conoce como el primer ensayo moderno, una obra en prosa que habla de ideas en forma personal: yo pienso esto. Apoyado en la frase j ́essai (“ensayo, intento”), el nuevo género permitía escribir sobre lo que una persona sabe, no sobre lo que debería de saber, negándose así a que las nociones preconcebidas de orden y regularidad obstaculizaran el flujo del pensamiento. Desde entonces, ha adoptado muchas formas diversas pero, esencialmente, la definición de Montaigne se mantiene, aunque como antecedentes pueden citarse los ensayos morales de Plutarco o las epístolas de Séneca. “Con este criterio”, afirma Adolfo Bioy Casares en su Estudio a Ensayistas ingleses, “cabría incluir en el catálogo de precursores a Jenofonte, Aristóteles, Valerio Máximo, Cicerón... Aurelio Gelio, Macrobio: todos ellos escribieron ensayos, de acuerdo con la calificación de meditaciones dispersas...”

III. En Inglaterra, Francis Bacon apadrinó el género. Su estilo sin adornos es casi aforístico. Sus ensayos son obras maestras de la retórica que se leen como una serie de lemas y proverbios. Al igual que a su contemporáneo Jeremy Taylor, los temas que le interesan a Bacon son la conducta, las costumbres, los comportamientos: “La ambición es como la bilis... Si se le detiene, no puede hacer su voluntad, se vuelve adusta, y por lo tanto maligna y venenosa”. Más de 300 años después, la frase es exacta. El andamiaje de nuestra especie no ha cambiado. John Dryden, padre de la prosa inglesa, se valió fundamentalmente del ensayo.

Addison, Steele y Goldsmith mostraron un renovado interés en este género gracias a que a fines del siglo XVII se produjo en Inglaterra un ejercicio literario que retrataba tipos concretos: el estudiante, el propietario, el poeta; una variante del ensayo, posible sólo por la distancia de esta forma con los convencionalismos de la escritura. La complejidad de las obras de William Shakespeare –donde sealternan escenas cerradas con otras en las que aparece una muchedumbre– se debió en parte a la forma misma del escenario isabelino, compuesto por plataformas, balcones, alcobas. De igual modo, la gran cantidad de ensayos surgidos en esta época se relaciona con el desarrollo de la prensa. Los boletines y semanarios transformaron el ensayo inglés (como en lengua castellana y por los mismos motivos lo transformaría mucho después Mariano José Larra). Para fines del siglo XVIII circulaban en Londres 60 publicaciones periódicas.Muchas complementaban las noticias con algún ensayo sobre literatura, política, vida cotidiana. Addison en el Tattler (1709-1711) y Steele en el Spectator (1711-1713) le dieron al ensayo un nuevo carácter que permitió que cualquier tema de interés público fuera susceptible a “ensayarse”. Algunos críticos señalan que de esos ensayos en los que Addison y Steele inventaron nuevos tipos de ficciones, surgieron la novela de costumbres y el cuento moderno.

Las turbulencias políticas de principios del siglo XIX –las guerras napoleónicas– vieron nacer a Hazzlit y Lamb. El primero escribió ensayos francos, directos: “El placer de odiar, como una sustancia ponzoñosa, roe el corazón de la religión y lo llena de resentimiento y beatitud; hace del patriotismo una excusa para llevar al incendio, la peste y el hambre a otros países; no deja a la virtud otra cosa que el espíritu de reprobación y prurito mezquino, envidioso, inquisitorial de escudriñar las acciones y los motivos ajenos...” [El placer de odiar]. Lamb contrasta con Hazzlit en que sus ensayos bordan más en torno a estados de ánimo donde el tema es casi un pretexto.

Resulta imposible en tan breve espacio hacer un recuento de los grandes exponentes del ensayo inglés desde el doctor Johnson (“Recordemos... que la eficacia de la ignorancia desde hace mucho tiempo se ha puesto a prueba y no ha producido los resultados esperados. Intentemos, pues, la cultura.”); Thomas de Quincey (autor del célebre Del asesinato considerado como una de las bellas artes); John Ruskin, Matthew Arnold, Robert Louis Stevenson (que ejerció felizmente todos los géneros literarios); Oscar Wilde (“El público es prodigiosamente tolerante. Perdona todo, excepto el genio.)”; hasta Conrad, Chesterton, Virginia Woolf (capaz de convertir la presencia de una polilla en una gran meditación), Huxley, Orwell, Naipaul (“Dichoso es el escritor que ha encontrado la forma que le pertenece”); Murdoch, Lessing, Barnes, Rushdie, Amis, McEwan... Quizá lo único que puedo decir para hacerles justicia es que todos se alinean con Montaigne en su informalidad e independencia.

IV. Desde su nacimiento, el ensayo ha sido un género de madurez porque se basa en la experiencia. Según afirma Philip Lopate, las personas resueltamente seguras de sí mismas, autocontenidas, autosatisfechas, no pueden ser grandes ensayistas ya que el género subraya la fragilidad humana, reflexiona sobre sí mismo, señala la infinita plasticidad del hombre, las innumerables máscaras que nos permiten sobrevivir.

El buen ensayista logra que el yo se convierta en nosotros. Para ello tiene que tener dotes de narrador, tolerancia a la contradicción, autoconciencia; la capacidad de crearse y recrearse de un momento a otro deteniendo lo transitorio (“El ensayo quiere hacer de lo transitorio algo eterno”: Adorno). Este género viola la primera regla del cuento: “No lo digas, muéstralo”. A diferencia de la ficción, el ensayo se ancla en la realidad. Ha vivido tantas vidas que es imposible destruirlo.

En palabras de Joseph Epstein, las formas literarias suben y bajan en su prestigio. Hasta hace muy poco la novela era mucho más prestigiosa que el ensayo. En la soledad de nuestro mundo colectivo del siglo XXI, de transición e incertidumbre, explotamos el yo como nunca antes. Las diversas máscaras que nos proveen las redes sociales son el pretexto para gritar en silencio a través de Facebook, Twitter, Instagram, FaceTime: estoy aquí, veme, califícame, mira lo que hice, quiéreme, hazme caso, afirma que existo, dime lo inteligente que soy, quiero saber que soy hermosa. En la era de las muchas veces patéticas selfies será interesante presenciar las transformaciones de la escritura y todos sus subgéneros, incluido el ensayo. En esta nueva macrocomunidad internáutica donde todo es fragmentario (el amor, el texto, la información, el conocimiento), ¿cómo cambiará nuestra percepción de nosotros mismos? ¿Cuáles serán los temas de los que queremos dejar huella? Hacia principios de siglo Georg Lukács profetizó que el ensayo se convertiría en el género primordial de un mundo sin certezas donde ha dejado de ser fundamental lo que antes lo fue: la familia, el amor, la religión, la lealtad, la felicidad. “... Me imagino que [convertirse en nuestro guía] es la utilidad definitiva de todo ensayista profético: ayudar a convertirnos en lo que somos como individualidades con preocupaciones, más que como individualistas indiferentes a nosotros mismos y a los demás” (Harold Bloom). El imprescindible escritor y gran maestro del ensayo George Orwell –estoy segura, enemigo de la claustrofobia– abrevió así la descripción del género ensayístico: “Escribo lo que se me da la gana”.