El café que no fue

Porque, seamos sinceros, es molesto: si hago cosas como tomar un café sin saberlo, ¿qué otras, qué terribles cosas estaré haciendo sin tener ni idea?
Paparruchas.  La columna de Martín Caparrós
(Especial)

Guadalajara

Hoy, por suerte, tras tanta sabiduría y reflexión, ya puedo escribir sobre algo que no le importa a nadie. Aunque sea, por supuesto, de una importancia furibunda. Es que me veo en la obligación de desmentir tajante esa aseveración que asevera, ay, cierta prensa: debo anunciar que, pese a lo que dice el diario Clarín, de Buenos Aires, nunca tomé un café en un lobby con el así llamado canciller argentino, el señor Héctor Nepomuceno Timerman.

Maticemos: por una vez, la culpa no es de la escriba sino del funcionario, y el artículo lo dice muy preciso. Cuando habla de los excluidos de las delegaciones oficiales, la periodista, Raquel Garzón, dice: “Al mencionarle esta cronista a Sarlo y Caparrós, (el ministro Timerman) contestó que acababa de tomar un café en el lobby con el segundo y que tiempo atrás trabajó con la primera”. El segundo vengo a ser yo: se le agradece. El lobby, hay que aclararlo, es el del Hilton: allí duermen los jefes de la delegación argentina, aunque no los escritores argentinos.

Pero el café, que yo sepa, no me lo tomé nunca. Aunque hay, faltaba más, otras opciones: que sí me lo tomé sin darme cuenta, que el ministro miente, que el ministro no miente pero no estaba en condiciones de saber quién tomó café con él. Hay más pero –diría el ciego– abundan sobre éstas.

Que el ministro mienta es una hipótesis casi inverosímil. ¿Por qué mentiría un ministro, en primer término? Y, en segundo, ¿por qué en asunto tan aparentemente nimio? ¿Porque hace mucho que su úlcera ministerial lo obligó a dejar de tomar café y quiere jactarse de su potencia cafetera para que nadie le sospeche? ¿Porque no hay ministro más canchero y rompedor que el que toma cafeses en los lobbies con escritores calvos? ¿Porque quiere demostrar su don de gentes, bonhomía, candor y cafetalidad? ¿Porque quiere pasar el ticket como viáticos y teme que se lo rechacen? ¿Porque, con café o sin café, considera que el trabajo de un ministro consiste en decir este tipo de cosas, mentiritas? ¿Porque por más que piensa y piensa no se le ocurre nada verdadero? ¿Porque así es, pura y dura, su naturaleza?

Cualquiera de esas razones sería triste. Y, además, improbables. Nos queda la hipótesis siguiente. Aunque, claro, suena extraña: ¿es posible que el ministro de Relaciones Exteriores de un país tan dado a las exteriorizaciones como el mío pueda tomarse un café con una persona y creer que se lo está tomando con otra? Si es así, ¿ese birlibirloque se extiende a otros momentos, a otras situaciones de su vida? Digamos, por ejemplo: ¿puede ser que haya negociado su famoso pacto con el ministro iraní creyendo que lo negociaba con sir Winston Churchill? ¿Puede, que se meta en la cama con Melva Patricia creyendo que lo hace con su señora esposa? ¿Puede, que a veces vaya al Tigre y se crea que está tomando las Malvinas? Y, si lo hace, ¿lo hace siempre o solamente en ciertas circunstancias? ¿Lo hace por sí solo o bajo el influjo de ciertas yerbamates? ¿Se lo cree a pies juntillas o a piernas separadas? ¿Es ministro o es sólo un efecto prolongado de esta ilusión que parece aquejarlo?

La crisis institucional, es obvio, acecha. Por suerte, la respuesta más plausible es la primera: que me tomé ese café sin darme cuenta. Que me senté con él, que conversamos, que bebimos: que realizamos todo eso que “tomarse un café” implica, pero no me di cuenta. Al fin y al cabo el que lo afirma es canciller, un muchacho investido por el pueblo de la patria de mi país con la muy alta responsabilidad de ser todos nosotros frente al mundo. Así que así debe haber sido –y yo prefiero que así sea. Es duro, me hago cargo: otro pequeño sacrificio por la celeste y blanca. Porque, seamos sinceros, es molesto: si hago cosas como tomar un café sin saberlo, ¿qué otras, qué terribles cosas estaré haciendo sin tener ni idea? ¿A cuántos habré matado, descuartizado, pintado de amarillo sin siquiera notarlo? ¿A cuántos dicho amado mío, a cuántos te idolatro te desprecio te desdeño un poco –sin noción alguna? Me preocupa, me aterra, y me temo que la solución es una sola: debo dejar ya mismo de escribir esta columna. Porque, si no consigo saber cuándo me tomo o no un café, ¿qué no diré sin la menor idea de que lo estoy diciendo?