El arte de echar a perder

"Hacer libros es un arte peligroso, dice Roberto Calasso en 'La marca del editor', porque para practicarlo, el dinero es indispensable".
PAOLA TINOCO, Representante de Anagrama-Colofó
PAOLA TINOCO, Representante de Anagrama-Colofó (Especial)

Guadalajara

El primer libro que edité era perfecto. Reuní textos de calidad de escritores que en ese momento despuntaban en las letras latinoamericanas y algunos de ellos, ocho años después, tienen grandes novelas y premios importantes. Se lo mostré a Jorge Herralde en uno de sus viajes a México, ansiosa de que viera mi pequeño gran logro y, luego de echar un vistazo a los nombres de los escritores y darle una hojeada, me preguntó quién había hecho ese libro. Pensé que bromeaba y le recordé que le estaba enseñando la primera antología que había editado. No veo tu nombre por ningún lado, dijo. Se lo mostré en la página legal y preguntó por qué no había puesto mi nombre en la portada. Respondí que lo importante eran los escritores que participaban, no yo. Guardó el libro. La modestia no sirve para nada, agregó, y seguimos caminando.

No haber puesto mi nombre en la portada de la primera antología que edité es algo con lo que pude dormir, pero nunca olvidaré el segundo gran error. Estaba muy entusiasmada con editar una nueva antología y me dejé llevar por la emoción de mi coeditor. Así que los dos fuimos en busca de grandes textos que pudieran dar forma a un libro cuya finalidad era mostrar el estilo narrativo de los escritores de una zona del país. El resultado fue horroroso: la emoción del mecenas del proyecto lo llevó a invitar a gente que admiraba por motivos lejanos al talento narrativo, y no tenían calidad o en algunos casos, ni siquiera tenían un cuento. El que tenía los dineros para la elaboración del libro era él y yo cedí. Corregí, limpié, podé, hice lo necesario para dejar presentables algunos de los cuentos. Elegí a otros escritores que me entusiasmaban e hicimos una mezcolanza de relatos con fragmentos de novelas fallidas. El libro se convirtió en un mamotreto criticado por haber dejado fuera a una gran cantidad de escritores de la zona. La calidad no importaba, pues, sino figurar en el índice. Y eso fue lo que yo hice también, hay que decirlo: quería ser la editora de ese libro aunque fuera un Frankenstein. Sin embargo, una no se desentiende de sus hijos aunque hayan nacido con taras. 

Hacer libros es un arte peligroso, dice Roberto Calasso en La marca del editor, porque para practicarlo, el dinero es indispensable. Tanto así que el gusto por publicar libros ha llevado a la ruina a más de una persona acaudalada que, presa del atractivo prestigio que otorga ser editor, pone su fortuna en una de las más riesgosas empresas: una editorial. Ya se ve en qué acabaron los discursos de algunas editoriales independientes en México en los últimos 12 años, aquellas que comenzaron diciendo que no publicarían nada que fuera “comercial” (como si los libros no fueran un producto comercializable) y que no dependerían de nadie para publicar lo que les diera la gana. Luego el discurso se suavizó. No se trataba de no pedir ayuda a instituciones sino de seguir su línea editorial, lejos de los libros de autoayuda. Nada de qué avergonzarse, pero queda lejos de la prédica altiva de ser autosuficientes y no pedirle frías a nadie. Incluso publican títulos fuera de la línea de sus catálogos, con tal de mantenerse en pie.

Dos errores que siguen viéndose en el mundo editorial mexicano: dejarse llevar por la opinión de quien pone el dinero (como me pasó en principio), o pecar de modestos y hacer cualquier cosa con tal de seguir teniendo el pequeño pero bien vestido coto de poder que significa una editorial.

Representante de Anagrama-Colofó