Editores

El editor explora y apuesta sobre esta clase de destino que aguarda a algunos autores; pocos, muy pocos en realidad, y que ejemplifican lo más complejo de esta búsqueda.
Ariel González, editor de Cultura de Milenio Diario.
Ariel González, editor de Cultura de Milenio Diario. (Archivo Milenio )

Guadalajara

Publicar a un premio Nobel –cuando ya lo es– resulta fácil. Lo difícil es hallar un premio Nobel cuando nadie cree que lo será y prever, anticipar o al menos adivinar que lo puede ser o que merece serlo. Tienen validez aquí el buen juicio y el talante crítico, pero también la corazonada, atributos todos del buen trabajo editorial.

El editor explora y apuesta sobre esta clase de destino que aguarda a algunos autores; pocos, muy pocos en realidad, y que ejemplifican lo más complejo de esta búsqueda. Pero el hallazgo de un Nobel se cuece aparte, claro está. Son tantos y tan fundamentales los que no lo han obtenido, que es inútil pensar en la labor del editor ceñida exclusivamente a esa clase de reconocimiento. El día a día es en realidad un reto mucho mayor: la exigencia de encontrar no al Nobel, pero sí al gran autor para el mejor lector (y de manera constante), es infinitamente más grande.

De eso saben mucho los editores de sellos como Turner, Anagrama, Acantilado, Sexto Piso, Salamandra y una afortunada multitud de pequeñas empresas que en los últimos años son responsables en buena medida de la renovación literaria en diversas latitudes.

Contra lo que suponen las apologías más descabelladas de la era digital (bajo la premisa falsa de que todo está disponible, sin mediaciones, en la red), la figura del editor se hace cada vez más indispensable. Albert Camus decía en alguna parte que pensar es elegir; y en el universo de las letras el primero que está obligado a pensar (en el autor y el lector, a partes iguales) es el editor. Su aventura indica el principio de un proceso sin fin: la lectura es solo el tránsito que inaugura innumerables caminos que modifican sueños, vidas, sociedades enteras.

No es extraña entonces la idea de Roberto Calasso, que ve la edición como género literario; el primero, el inicio de ese universo que luego se concentra en una feria del libro como la de Guadalajara.

El chispazo que enciende el mundo editorial se produce en unas cuantas cabezas que modelan con sensibilidad y talento publicaciones, colecciones, series, libros acaso llamados a ser únicos. Por supuesto, editores malos hay muchos, pero como dice mi amigo Alfredo Campos Villeda, gracias a ellos podemos identificar a los fundamentales. De éstos se sigue nutriendo lo mejor de la FIL.