Benito Taibo: leer es resistir

Porque a él, como a muchos lectores, su propia vida no le basta y debe complementarla con otras, contadas en tinta sobre papel.
Benito Taibo.
Benito Taibo. (Flickr/FIL Guadalajara)

Para Benito Taibo hay muchas cosas sagradas, y una de ellas es el postre. Cuenta el folclore popular que años atrás, en Nueva York, le rompió los nudillos con una cuchara a una antigua jefa cuando ella, inocente, trató de robarle un bocado de pay de limón. En esa época Benito no escribía novelas, aunque ya era un poeta respetado. Puede que la anécdota me la contara él mismo, quizás en casa de Maricarmen, su madre, una mujer bondadosa como pocas que suele invitarme a comer fabadas maravillosas. En otra ocasión me enteré de cómo, cuando aún no cumplía 30 años, se coló junto a otros amigos a una fiesta de disfraces: vestidos de blanco y usando pañuelos en la cabeza, aparentaron ser árabes. La broma terminó cuando los falsos moriscos fueron detenidos por unos policías que los vieron manejando un vocho en evidente estado de ebriedad, obligándolos a llevar un paso más adelante su disfraz: dejaron el asiento del conductor vacío, cosa que nadie vaya preso, y decidieron dar sus explicaciones en un dialecto que sonaba a Medio Oriente. Así se pueden seguir contando decenas de cuentos que lo involucran, como el de un amigo suyo que vivió por un tiempo en un clóset de la casa de los Taibo o el de un portero al cual esta familia llamó por años con un nombre equivocado y que, dada la persistencia del error, el pobre hombre terminó aceptando como propio. Pero Benito no es solo un narrador de historias propias, es también un coleccionista de personajes y sucesos acontecidos en la mente de otros a los cuales leyó con entusiasmo. Porque a él, como a muchos lectores, su propia vida no le basta y debe complementarla con otras, contadas en tinta sobre papel.

Benito lee y lee bien. Es un explorador arriesgado a la hora de internarse en las páginas de algún libro y sabe detectar, con ojo de cirujano, aquellos pasajes que serán epifanías en los ojos de otros. La fascinación por sus lecturas es tal, que se ha hecho de un inventario glorioso, mismo que va relatando ante públicos tan diversos que comprueban la inagotable capacidad que tiene el arte para conmover a mucha gente distinta. Escucharlo hablar de sus libros favoritos es un deleite para cualquier lector, sea novato o experimentado, pues lo hace con un cariño que le ilumina los ojos y fortalece sus palabras. A mediados de año, en la Feria del Libro de Guatemala, se le acercó una jovencita que viajó desde El Salvador solo para verlo, y hace poco una pareja de esposos le contaba que peregrinaron desde el sur de Estados Unidos hasta Monterrey únicamente para asistir a su presentación. ¿Por qué un hombre que nos impulsa a leer genera esto? ¿Por qué sus libros se vuelven fenómenos en las redes sociales? ¿Por qué tantos jóvenes que solo deberían estar pensando en su primer ligue destinan horas a escucharlo? Quizá la respuesta esté en la honestidad, porque Benito escribe desde una honestidad conmovedora, rabiosa, incandescente. Y en tiempos en que ésta parece estar en horas bajas, su escritura resplandece como un fogonazo en medio de la noche. “Leer es resistir”, sentencia, y yo le creo.