Andrés Neuman: el músico de las letras

"La poesía no debe ser nada: que sea lo que le dé la gana, porque es un producto de libertad absoluta. Uno de los pocos productos que tenemos de libertad es el término creativo".
Andrés Neuman
Andrés Neuman. (César Álvarez)

Guadalajara

El narrador y poeta argentino Andrés Neuman encontró su vocación a partir de un hastío. Tenía 10 años y sus clases de violín eran un martirio, porque tenía que repetir escalas y transcribirlas a máquina. Fue en esa Olivetti, tecleando con dos dedos, “los más lentos del Río de la Plata”, que descubrió que le fascinaban las letras, en el sencillo ejercicio de pasar en limpio.  

¿Cuándo te diste cuenta de que querías ser escritor?

Fue un martes, a la 5:10. No es cierto. Más que un momento fue una etapa. Yo tendría 10 u 11 años y estaba estudiando violín, porque mi madre era violinista. Me impacientaba muchísimo de estudiar y hacer escalas; era algo que me llenaba de ansiedad y de congoja, esa repetición y esa paciencia. Pero cada vez que pasaba en limpio una página, y hablo de la época jurásica, en la que no había computadora y pasar a limpio significaba pasar una página entera con dos dedos, que eran los más lentos del Río de la Plata, en una Olivetti turquesa, en lugar de cansarme o aburrirme era muy feliz. Quiero decir con esto que la paciencia no se aplica igual para todos los órdenes de nuestra vida y creo que una vocación se detecta no tanto por el placer de hacer cosas sino en el placer un poco más retorcido de intentarlo una y otra vez. Creo que la vocación literaria no se reconoce tanto en alguien al que le guste escribir, lo cual es hermoso, sino en alguien al que le guste reescribir y corregir, del mismo modo que un deportista no se reconoce en que le guste jugar un rato al futbol, que le gusta a todos, sino en que le guste entrenar.

¿Cómo se combinan estas dos pasiones en tu vida que son la música y la poesía?

Literalmente de oído. Creo que a veces olvidamos la mitad de la literatura e insistimos en que la literatura o el arte en general consiste en expresarte, en transmitir emociones e ideas. Por supuesto es eso, pero no menos importante es recordar que el arte y la literatura especialmente, además de la música, consiste en escuchar lo que hace o dice el otro; observar y escuchar es la mitad de la literatura.

Lo que tienen en común, entonces, un poeta y un músico es que prestan una atención desmesurada a los sonidos, que de algún modo se relacionan auditivamente con la realidad, y eso no vale solamente para hablar, sino también y sobre todo para escuchar. No solo aplica a la poesía. En la narrativa, para narrar de una forma interesante, necesitas escuchar lo que te dice el personaje, observar lo que hace el prójimo, de algún modo vampirizar aquellos detalles o gestos de la realidad que te pueden servir para tu libro. Siempre decimos: un músico es alguien que canta bien o que toca bien; sobre todo, es alguien que escucha bien y que se relaciona de modo microscópico con cada pequeño sonido. Eso sería quizá también un poeta, solo que sus sonidos son de orden verbal.

En momentos de crisis, ¿qué hace la literatura para ayudar a resolver eso?

Hay que tener en cuenta que los movimientos cívicos no pueden progresar si no nos hacemos cargo de que el compromiso no va por gremios. No hay gremios o no debería haber gremios especializados en el compromiso político, todos los ciudadanos deberían sentirse implicados. Al menos hasta ciertas generaciones anteriores, parecía creerse que los escritores pueden ser portavoces casi exclusivos o que los llamados --esa palabra que me parece ridícula-- intelectuales tenían que hablar por nosotros. Uno de los problemas de la falta de representatividad de la democracia  es que siempre delegamos demasiado en que otros se expresen o nos representen. Es importante saber que la literatura puede hacer algo, pero en tanto parte de la ciudadanía, no en tanto parte de un sector más o menos privilegiado o iluminado de la opinión colectiva.

Aparte de escribir sobre este asunto (la crisis), creo que la literatura puede tratar de leer de otra manera y contribuir a clarificar, a releer los conflictos. Es una doble vertiente. Por un lado, hablar sobre esto en artículos, hacer una alusión periodística o más o menos una reivindicación política. Eso me parece muy bien, y de hecho me considero una persona política, en tanto primero ciudadano y casualmente escritor, no porque soy escritor. También es tratar de leer de otra manera los fenómenos. La poesía puede, por ejemplo, sacar conclusiones valiosas respecto de qué tipo de inflexión se ha producido en la conciencia pública. Tengo esa sensación con el caso de los 43 normalistas. Una de las cosas que estaba pensando el otro día es que cuando a uno de los cadáveres que encontraron, uno de esos cadáveres sin rostro a los cuales habían intentado no solamente asesinar y despojar de su vida, sino también despojar de su identidad, le quitaron la cara para convertirlo en nadie, manejaron mal la metáfora porque esa cara, por no tener cara, ese cuerpo, se convirtió en todos. Querían convertirlo en nadie y lo convirtieron en todos, porque todos le pusimos nuestra cara a ese cadáver.

¿Crees que por naturaleza la poesía es combativa?

No, creo que la poesía por naturaleza es desobediente. Esto quiere decir que si todo mundo se pone de acuerdo para que la poesía sea combativa, lo que deberían hacer los poetas es no serlo. O sea, lo que la poesía no recibe es órdenes. La poesía no debe ser nada: que sea lo que le dé la gana, porque es un producto de libertad absoluta. Uno de los pocos productos que tenemos de libertad es el término creativo. Porque, claro, si hacemos una cédula de compromisos obligatorios, nos convertiremos en soldados de una supuesta idea.

Me encanta que los poetas se comprometan, pero no por obligación, sino porque se sientan impelidos a hacerlo, como te digo, primero en cuanto ciudadanos. Porque el taxista o el panadero que dicen: “No, yo no soy intelectual, yo no puedo opinar” pagan los mismo impuestos que yo y van a los mismos hospitales y pasan por las mismas carreteras. Entonces esto es de todos, y como estamos hablando de violencia estatal, entonces esta violencia representa a todos esos ciudadanos y son todos esos ciudadanos los que deben exigirle a su Estado que deje de ensuciarlos.

¿Lo que escribes te brota de repente o es vivir lo que te hace escribir?

Creo que es un camino de ida y vuelta permanente. Creo que hay una dicotomía falsa entre experiencia biográfica y experiencia cultural y creo que es falsa y muy frecuente porque cuanto más cultura absorbes, más matizada y rica es tu vida. Te voy a poner un ejemplo tonto, casi adolescente: ¿quién puede besar sin el cine? O sea, nosotros besamos porque hemos visto cine, nos besamos de un modo determinado porque lo hemos visto en el cine, igual que en cierta época la gente fumaba como en el cine. La gente se expresa como ha leído, incluso durante siglos la sociedad se ha enamorado como ha leído la poesía de amor. Entonces por un lado la cultura nos permite ordenar y profundizar en lo que llamamos vida real o emociones propias; pero por el otro lado, en cuanto más hayamos vivido, cuanta más intensidad tengan nuestras experiencias biográficas, más riqueza tendrá aquellas ficciones que creemos. Cuando leemos un libro, o cuando vemos una película, a veces tenemos la sensación de que esa persona ha vivido intensamente lo que está contando, y por tanto esa ficción queda más rica. Entonces son los dos mecanismos: leer es vivir dos veces y vivir es leer o escribir mejor.

¿Qué figura literaria te da curiosidad conocer?

Quizás, precisamente por esa capacidad de intervenir en el pensamiento de su sociedad y al mismo tiempo trabajar el lenguaje con mucha exquisitez, una sería Virginia Woolf. Ella cambió la percepción de los roles de género de muchos escritores, es decir, hizo una intervención política, pero a la vez fue una de las escritoras con una de las prosas más ricas y experimentales de su tiempo. Porque se pueden hacer las dos cosas. Parece que o escribes un panfleto o eres vanguardista, pero puedes ser experimental y político, y ella lo fue. Además, las clásicas de la literatura se han reivindicado solo por las escritoras y las mujeres. Es una cosa absurda, porque los grandes clásicos como Tolstoi y Cervantes son de todos, pero Virginia Woolf o Clarice Lispector son sobre todo de las chicas. Así que me da mucho gusto decir Virgina Woolf.