Amigo del perro cojo

Sigo leyendo mi libro ruso acerca de la geografía.

Desde la ventana del avión las aguas se traslapan;

cuando revise mis mapas retroactivos con su

parábola de las aguas sabré cómo colocar cada pieza

y qué nombre le toca a cada una debajo del peso

de las otras. Ya en la superficie las iré cosiendo como si  

fueran cueros de animales remotos caminaremos

encima tú y yo con el perro cojo trotando.

Insiste un colega de viajes  en el asunto de las caídas

libres por un cono que simula espirales de tiempo;

hace las cuentas y me explica que no podría haber

suficientes viajes para llenar el cono, le saldrían

huecos: una espiral no se agota sin generar una nueva

de tiempo semejante.

Sigo leyendo mi libro ruso acerca de la geografía

insólita allá abajo, cómo provocó su propia historia,

lo cual es un reto que  estimula el ingenio ruso y

le permite burlarse de Constantino y su cálculo de 

fe y dinero. Por ejemplo –pregunta-: ¿dónde puso el 

pedazo de la Cruz que le trajo su madre, Helena? ¿En sus propias cenizas?

Al ruso le disgustan la humedad del Este, las

mezquitas como sapos congelados; hubo latitudes

más tersas, comenta, que esta falacia de colinas que

se sucitó disputas teológicas sobre las  naturalezas

divinas o humanas de los dioses y sus hijos.

Prefiere Grecia el ruso y se aposenta en las  ruinas de 

un templo.

Amigo, la ventana a mi lado es injusta: se recorta un

perfil con agua por detrás. Voy a  hablar con el perfil.

Tedi López Mills