Alguien

Guadalajara

Alguien escucha, mira y rumia en un rincón la idea que habría preferido no tener. En el salón del desayuno cien o doscientos hombres y mujeres, miradas satisfechas, se agolpan tras chilaquiles, chiles, cuchipandas y huitlacoches varios como si cada trozo fuera siempre el último; las manos ocupadas con platos y platillos se saludan, palmean, se sonríen: se reconocen como miembros. Alguien los mira desde su mesa, acodada frente a un café ya tibio, y vuelve a considerar la idea que habría preferido.

Alguien se dice que no es por resentida; que ella no es una resentida, no tiene por qué serlo, y se acomoda una guedeja oscura –negra, tintura negra negra– tras la oreja derecha y repasa los hechos: acaba de vender 112.000 ejemplares de su última novela solo en Guatemala, y todavía no llegan las cifras del resto del mundo; Alguien vende, sonríe, le hacen fotos, sonríe, dice frases, suena profunda encantadora divertida combativa; Alguien es número puesto en cada encuentro, en cada festival, en cada llanto por la violencia contrafáctica o la desigualdad de género o la injusticia viperina o el hambre en el mundo –y acaba de vender 112.000 ejemplares de su novela solo en Guatemala. Alguien, se dice una vez más, no es una resentida pero la idea la seduce tanto.

Alguien tiene que hacerlo, piensa, y ni siquiera es tan difícil –pero por qué yo, piensa, se pregunta. Alguien sabe que ni siquiera es tan difícil: alcanza con calibrar la potencia de la bomba, el sitio de la colocación, la hora del estallido. No es difícil: aquí mismo, en el salón del desayuno del Hilton, entre las 9,30 y las 9,50 del primer domingo de la Feria –cuando más y más satisfechos se abalanzan–, bajo la mesa de los chiles ensopados. Cabezas más, cabezas menos, el resultado es previsible: acabar con la mitad de los editores hispanoamericanos, casi todos los agentes literarios, treinta o cuarenta de los autores más vendidos o más admirados o más vendidos y admirados, diez o doce periodistas de esos que se creen reverendos e incluso –pura ñapa– algún ministro con veleidades culturales y dos señoras buenas.

Alguien lo piensa, se pregunta. Hace mucho que le da vergüenza lo que escribe; hace mucho que supone que la literatura en castellano necesita un gran cambio; hace mucho que sabe que nunca sabrá hacerlo; hace mucho que imagina el final del sistema de números y estrellas; hace mucho que vislumbra que, algún día, todo se acabará para que todo empiece. Recién ahora –ahorita– termina de entender que si pone la bomba.

Alguien recuerda a Eróstrato, que quemó el templo de Artemisa en Éfeso para grabar su nombre en las memorias de los hombres y fue condenado por sus contemporáneos al olvido total –pero nadie se acuerda de sus contemporáneos y algunos, todavía, de Eróstrato. Alguien se dice que no quiere que la recuerden: que su gesto final no tendrá autor ni vanidad; que será, por una vez, pura literatura. Alguien lamenta que, para eso, no tenga más remedio que saltar por los aires. Alguien decide que a las 9.43 en punto, esta mañana.