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Viernes , 25.05.2018 / 06:38 Hoy

Una tarde de cacería

“Esta es la zona de muerte”, dice mi instructor, y señala el lugar donde debo dispararle al ciervo que teníamos pensado cenar. ¿Estaba lista para eso?

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Lucy Kellaway

El presagio empezó hace casi un año cuando me reuní con el chef del hotel Corinthia en Westminster, y el guarda de caza de Petworth, la casa solariega del siglo 17 en Sussex, en el sureste de Inglaterra.

Juntos, tuvieron una idea ingeniosa. Dado que las dos cosas que al mundo les gusta más de Inglaterra son Londres y Downton Abbey, ¿qué otra cosa podría tener más éxito que un paquete de lujo que los uniera durante 24 horas? Los huéspedes empezarían el día en ropas finas a la sombra del Big Ben, y después subirían a un helicóptero para viajar a Petworth. Pasarían el día pretendiendo ser lores y damas, antes de regresar a la ciudad.

¿Qué me gustaría para una tarde aristócrata: caza de ciervo, cacería o pesca de mosca? Caza de ciervo, dije a la ligera, sin darme cuenta de que en realidad me comprometí a un pasatiempo que probablemente termine con la muerte violenta de una criatura grande.

El Corinthia es un pedazo majestuoso de Londres de la época victoriana que se encuentra metido entre Northumberland Avenue y Whitehall, confiscado por el Ministro de Defensa en 1936. Hace tres años volvió a abrir como un palacio moderno de recreo, con una recepción que contiene el portalámparas de Baccarat más grande del mundo, y un arreglo floral compuesto por cientos de jarrones de cristal altos con una sola hortensia en cada uno.

Le doy mi nombre al hombre detrás del escritorio. “¡Perfecto!”, responde. “¡Perfecto!”, repite el mayordomo mientras le doy la pequeña bolsa que contiene un cepillo de dientes, una camiseta verde oscuro y un par de zapatos. “¡Perfecto!”, dice el mesero en el esplendor victoriano del restaurante cuando le digo que me gustan los esparragos y el halibut.

“¡Perfecto!”, es también la palabra que se forma en mi cabeza -junto con “ridículo”- cuando me retiro a la suite Lady Hamilton, en la que me voy a alojar por una noche. La instalación de peonías, hortensias y eucaliptos en mi sala privada me pone un poco triste ya que solo la disfrutaré yo, pues seguramente lo reemplazarán al día siguiente. En el piso de arriba se encuentra una habitación del tamaño de un salón de baile donde está una terraza con un jacuzzi.

La mañana siguiente, después del té que trae un mayordomo, me encuentro con el gerente del hotel. Me lleva a un Jaguar negro que me espera afuera, que nos lleva al helipuerto de Battersea y desde allí al cielo sobre el sur de Londres, que se ve hermoso en el sol de la mañana.

Aterrizamos en la hierba de un campo donde se reunió un comité de recepción. Junto con David Whitby, el guarda de caza de Petworth, hay asistentes vestidos de tweed y un chofer para ahorrarnos una corta caminata para ir a desayunar.

“Esta es la zona de muerte”, dice, y señala la axila del animal, donde está su corazón. Es esencial pegarle allí al animal. Si le disparas a la quijada, se muere de hambre. Si le disparas en la espalda, no puedes comer la carne. Pero no te preocupes, nunca permito que alguien trate de matar un ciervo a menos que considere que está listo. ¿Estaba lista para eso? Sí, lo dije fuertemente; no, dije para mí.

“¡Bien!”, sonríe, y me asegura que tendré una pierna de venado para mi refrigerador al final del día.

Por ahora, me dan ropa para que parecer que estoy más en línea- botas Wellington verdes y una chamarra de tweed- y me llevan al exterior para disparar a los pichones de arcilla. Como un citadina que nunca tocó un arma, me sorprende descubrir que los pichones de arcilla no son ni de arcilla ni son pichones, aunque me sorprende menos descubrir que disparar no es para mí.

En el parque de los ciervos nos muestran un lugar junto al lago donde los huéspedes de Corinthia pueden hacer un picnic, retozar al lado de carruajes de caballos y jugar cartas, incluso pueden codearse con lord y lady Egremont.

Pero hoy nos llevan a Petworth House por nuestra cuenta. Es jueves y el lugar está cerrado al público, así que recorremos las habitaciones vacías semioscuras, inspeccionamos las obras maestras con una antorcha. Me imagino que en todo caso, los ciervos son más bonitos en el lienzo que en vivo, y me pregunto lo que pudo sentir el pintor sobre matar a uno en la finca.

En el almuerzo, después de la champaña y una delicada entrada de macarela y ostras, Hollihead llega con algo que su amigo Whitby tuvo el privilegio de matar antes. Es la carne de venado más tierna, servida con verduras miniatura y alcaparras y salsa de pasas, tan bueno que comemos casi en silencio.

Le siguen un pudín exquisito, café y petit fours, y después llega el momento de la verdad. En el bosque me espera un rifle grande y asumo la posición acostada en el piso con la pierna doblada, bajo el cañón de un arma al blanco muy lejano. “Cuando estés lista”, dice Whitby.

Mantengo la respiración, justo como me dicen. No muevo mi cabeza. Aprieto el gatillo. ¡Bang! Un delicioso olor a pólvora llena el aire. ¡Bang! ¡Bang! Vamos e inspeccionamos el blanco. Por alguna extraña razón, los tres disparos están cerca uno del otro.

La siguiente lección es disparar a ciervos y zorros de cartón, ubicados en el bosque desde una variedad de ángulos, parados en dos patas, sentados, de pie y agazapados. En cada ciervo de madera logro, de forma inexplicable y extraordinaria, hacer un disparo en la zona de muerte, y a cada zorro uno en el centro de su cuerpo.

“¿Cómo te sientes?”, pregunta Whitby. Rara, respondo. La verdad, tengo una especie de crisis existencial, descubrir que la persona que yo creía que era (torpe, la última que eligirían para los equipos deportivos, temerosa, aprensiva) no era real.

Whitby me dice que ahora estoy lista para dispararle a algo real. Antes de que termine el día, promete, tendré esa carne de venado en mi refrigerador.

En silencio sigo a Whitby, quien lleva el arma, a través de un bosque encantado. Después de caminar mucho, se detiene repentinamente. En silencio, me pasa el arma. Mis manos tiemblan tanto que veo a través del arma pero no puedo encontrar el zorro que está frente a nosotros. Muy tarde: se aleja.

En puntillas, avanzamos agachados, tipo comando. A través de la mira telescópica del arma lo veo: “Espera a que se levante”, susurra Whitby. Mi corazón late fuerte. La hierba se mueve a medida que el ciervo se levanta con gracia. Es grande, hermoso. Toda mi ansiedad acerca de matar algo vivo se va. En su lugar, solo siento euforia, con tintes de terror. Voy a dispararle.

Veo la axila del ciervo amplificada; la cruz en medio de ella. Pero a pesar de que el guarda caza está en cuclillas frente a mí y el arma se apoya en su hombro, no logro que el arma se quede quieta. Contengo mi respiración. Ahora está mejor y más firme pero, justo cuando voy a apretar el gatillo, el ciervo, como si se mofara de mí, se adentra en los árboles.

Estoy devastada. Furiosa conmigo. Avergonzada con paciente y amable profesor. Pero más que nada, me siento profundamente aliviada.

Regresamos al granero con las manos vacías, al anochecer, todos los demás empacaron y están listos para regresar a casa. No habrá pierna de venado para mi refrigerador. Al menos, no todavía.


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