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Martes , 23.10.2018 / 10:24 Hoy

Un autobús en tierra de nadie

Subí a un autobús especial de dos pisos para viajar a un “pueblo fantasma” de donde desalojaron a sus residentes en 1943, y nunca más regresaron

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No es un pueblo ordinario. Es Imber, un nombre que resuena tristemente a lo largo de la historia moderna de la vida rural británica. Se estableció en la llanura de Salisbury, Wiltshire, quizá desde la Edad de Hierro, con poco interés en las maravillas del mundo en general. Incluso en la década de los 40, no tenía electricidad, agua corriente o alcantarillas. Otros pueblos lo menospreciaban como un lugar aislado y primitivo. El Ministerio de Guerra lo consideró prescindible.

La parroquia, St. Giles, sigue ahí desde hace miles de años, pero su congregación disminuyó a cero. Y todo el tiempo, excepto un par de docenas de días al año, tanto la iglesia como el cementerio están cerrados, con una seguridad adicional de una cerca de 3 metros de altura coronada con una alambre de púas. Parece una zona de guerra, y por una buena razón.

En noviembre de 1943, llamaron a los habitantes del pueblo a una junta y se les avisó que tenían 47 días para salir de allí. Necesitaban a Imber para preparar a las tropas para el “Día D”. Aislados o no, los pobladores sabían que era su deber patriótico. Tal vez no se fijaron en la letra pequeña. Creyeron que les habían prometido el derecho a regresar después de la guerra; parece que escucharon lo que quisieron oír.

Cuando llegó la paz, los residentes de Imber intentaron regresar a casa, pero el camino estaba prohibido, no tenían derecho legal, ya que habían sido inquilinos del Ministerio de Guerra. Con antelación, el gobierno calladamente compró tierras durante décadas mientras convertía el vasto tracto abierto de la llanura de Salisbury en la principal zona de entrenamiento del ejército británico, y todavía los es.

A pesar de todo esto, la leyenda de Imber sigue creciendo. Hace siete años, un grupo de dueños de autobuses platicaba en un pub en Bath y se preguntaron, “¿Cuál sería el lugar más oscuro para ir en un servicio de autobús?”. Estuvieron de acuerdo que Imber, sellado por el ejército excepto para ocasiones especiales. Uno de ellos era Peter Hendy, quién era el comisionado de transporte de Londres: “Tenía un autobús propio y un poco de influencia sobre otros ocho mil quinientos”, dice. También era un hombre que podía lograr que le devolviera la llamada el sucesor del Ministerio de Guerra, el Ministerio de Defensa.

Y así Hendy (ahora Sir Peter y presidente de Network Rail) apareció con su Routemaster 1962 junto con otros 11 autobuses londinenses, de modelos que van desde 1914 hasta 2014, para transportar a los visitantes de la estación Warminster a Imber para el séptimo viaje anual de Imberbus.

El Ministerio de Defensa permite el acceso público a la iglesia en Navidad, Pascua y el servicio de San Giles, aunque este último pocas veces se realiza en el día del santo, ya que el ejército celebra la ocasión, como lo hace la mayor parte de los días entre semana, al desencadenar el terror y la destrucción en la llanura.

Sin embargo, para la festividad de St. Bus (“San Autobús”), la iglesia estaba de fiesta, con una exposición de antiguas fotografías animada con té y galletas. Llegaron mil visitantes, algunos de ellos desconcertados por la ausencia de señal para el teléfono móvil, casi todos encantados por la sencilla belleza del edificio y por el escalofrío especial que viene de probar una fruta prohibida.

St. Giles está ahora bajo el cuidado del Churches Conservation Trust (Fideicomiso para la Conservación de las iglesias o CCT, por sus siglas en inglés), que administra 347 edificios como ese, todos consagrados, pero es un excedente para las exigencias normales de la Iglesia de Inglaterra. Sin embargo, el crédito de su salvación generalmente se le atribuye a Neil Skelton, ex director de CCT quien se hizo cargo de St. Giles como voluntario cuando se retiró.

Yo ya había estado en Imber antes, en 2012, cuando el ejército me dió un tour escoltado por la llanura de Salisbury mientras estaba haciendo una investigación para un libro. El coronel retirado que me escoltó estaba orgulloso del cuidado ambiental que hacía el ejército en esta tierra. Primero por accidente, y después por diseño, la ausencia forzosa de casas, granjas o industria tuvo un efecto notable en la ecología de la llanura.

Pero a medida que nos acercamos a Imber, se puso enojón y dijo: nada que ver aquí, hay que seguir. El lugar estaba bajo fuego vivo en ese tiempo y tenía todas las razones para desear que saliéramos de allí. De alguna manera estaba en lo correcto. Más allá de la iglesia, hay poco que ver. La casa señorial, el tribunal de Imber, todavía la usan los militares y se ve casi igual que en sus mejores días, aunque ahora está equipado con persianas verdes, lo que le da una apariencia francesa.

Permitirnos ir allí para ver, aprender, disfrutar, apreciar y derramar una lágrima o dos, se siente como que es una especie de expiación.



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