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Martes , 16.10.2018 / 10:35 Hoy

Postal desde el norte de China

Mohe, la ciudad más septentrional de China, es un bello paraíso que mezcla las características de una ciudad moderna con bosques espesos dignos de recordar.




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Mohe, el condado más septentrional de China, es remoto e inhóspito, sus extensos bosques son el hogar de osos y lobos. En invierno, las temperaturas suelen caer por debajo de menos 50 grados centígrados. Pero cada verano, miles de turistas se suben a sus vehículos utilitarios deportivos (SUV) y a taxis privados para hacer una peregrinación al asentamiento más al norte de Mohe, el pueblo de Beijicun.

Vienen para observar a Rusia al otro lado del río Amur (cuyo nombre en chino, Heilongjiang, o Río Dragón Negro, le da el nombre a la provincia), así como para presumir que estuvieron en la parte más alta del país, y sobre todo, para tratar de echar un vistazo a la aurora boreal.

Mi viaje se inspiró en un museo islandés donde aprendí que era posible ver las luces en China, aunque pronto se hizo evidente que las posibilidades de hacerlo son raras.

Puedes pasar varias décadas en Mohe y solamente verlas un puñado de veces, de acuerdo con los lugareños. Pero las bajas probabilidades no impiden que el pueblo de Beijicun declare el 21 de junio, el solsticio de verano, como el día de su “Festival de la Aurora Boreal”.

Para llegar a Beijicun tienes que recorrer una hora en carretera desde la ciudad de Mohe; llegar a la ciudad de Mohe desde Harbin, la capital de la provincia de Heilongjiang, toma aproximadamente 20 horas de viaje en tren, aunque, por fortuna, recientemente comenzó una ruta aérea que reduce el tiempo a 90 minutos.

Salgo en camino hacia el norte de Mohe, con un bosque espeso y colinas empinadas hasta que llegamos a un claro de bosque salpicado de funcionarios del partido comunista local que están para la ocasión. Una poco notable aldea de ensueño durante la mayor parte del año, Beijicun estableció un punto de entrada con boleto para una especie de cabañas al estilo alpino en las que Heidi podría haber vivido; la oficina postal incluso tenía un árbol de Navidad.

Nadie parece ponerse de acuerdo sobre qué constituye el pedazo de tierra más septentrional de China, y varios puntos alrededor del pueblo atraen turistas para que se tomen la selfie obligatoria. Tal vez las playas expuestas de guijarros de Amur son la mejor apuesta, con un río que ahora está en su punto más bajo después de que pasaron las últimas nevadas.

Para el extranjero solitario, el festival ofrece una vista fascinante del rápido desarrollo de la industria turística doméstica de China. Abundan los viajeros “aficionados”, los que tienen un serio interés en la fotografía o el ciclismo, y grandes grupos de ellos viajan en bicicleta desde la ciudad de Mohe.

Otros saborean la oportunidad de estirar las piernas al practicar senderismo al lado del río, disfrutan parte del aire más fresco que se pueda encontrar en cualquier lugar de China, una verdadera atracción para un país cuyas ciudades más importantes están plagadas de una terrible calidad del aire.

Beijicun claramente pone sus esperanzas en el flujo continuo de visitantes: casas de pensiones de madera surgen por todas partes, y brillantes folletos en los hoteles locales anuncian casas de madera a la venta para los que quieren el máximo refugio rural.

De vuelta en la ciudad Mohe, las autoridades no toman ningún riesgo: la madre naturaleza tal vez no les dio un espectáculo de luces natural, pero en su lugar presentan un fabuloso espectáculo de fuegos artificiales, incluso si las largas horas del sol en este punto tan lejano del norte disminuyen su impacto.

Los amplios bulevares sugieren una grandeza cívica fuera de lugar, pero también un pasado trágico. Destruido en gran parte por un incendio en 1987, todo el pueblo se reconstruyó bajo un estilo imperial ruso.

Incluso el aeropuerto parece algo que surge de una novela de Tolstoi, con cúpulas, ventanas arqueadas y letras de oro. Pero el bosque de los alrededores nunca se mantuvo totalmente a raya. Los bosques a los que se les permitió quedarse, como parques entre los vecindarios de ciudad Mohe, evocan la oscuridad que envuelve un cuento de hadas de los Hermanos Grimm.

Las estatuas de buscadores de oro celebran el breve auge de minería que hubo en la región al final del siglo 19, una fiebre que atrajo especuladores de Rusia, Japón y Corea. La influencia rusa aún es visible en las muñecas matryoshka y el chocolate ruso, que tienen un lugar prominente en los exhibidores de las tiendas de turistas, junto con las pieles y los hongos secos, especialidades de la región.

Al regresar al atractivo aeropuerto para volar al sur, los visitantes se detienen en la pista para tomarse fotos, absorber otro maravilloso día brillante y celebrar su viaje al extremo norte de China.



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