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Domingo , 09.12.2018 / 20:01 Hoy

Mis tres errores al viajar por negocios

Viajes

No supongas que un idioma en común significa que conoces el lugar.
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Los viajes de negocios, como cualquier otra actividad, requieren de ciertas habilidades. Algunas, como meter la ropa de una semana en un equipaje de mano, la tengo. Otras, como quedarse dormido antes de que despegue el avión y despertar mientras aterriza, no la tengo. 

Años de viajes aéreos, en reuniones y conferencias, sacaron a la luz otras tres deficiencias que tengo en los viajes de negocios:

No conozco Estados Unidos como pensaba. Después de un año durante la adolescencia en que viví en EU y una vida inmerso en sus películas, música y literatura, así como docenas de visitas, sentí que entendía el país. Sin embargo, he cometido más errores en Estados Unidos que en cualquier otro lugar. Estos fueron el resultado de calcular mal la tolerancia para la irreverencia.


En las noches durante salidas a cenar, beber y reír con tipos corporativos, ocasionalmente extendí los chistes a sus propias organizaciones y jefes. Silencio sepulcral 

Una vez, aparecí en un panel en una conferencia de Nueva York sobre responsabilidad social del sector corporativo. Durante el debate, alguien preguntó cómo podríamos conseguir que esa responsabilidad fuera buena para el resultado final. Dije que, por mucho que estuviera a favor de la responsabilidad corporativa, no había pruebas consistentes de que fuera bueno para el resultado final. Cuando bajé del escenario, se hizo evidente que esto no salió bien. El organizador pronunció un frío “gracias” y todos los demás evitaron mi mirada. Había expresado mi recelo a una comunidad de convencidos.

Como periodista, esto es lo que se supone que debo hacer. Y no saco conclusiones generales sobre Estados Unidos a partir de estos eventos. Es un país demasiado grande, diverso y complejo para eso. Simplemente me enseñaron a no suponer que un idioma común significa que conozco el lugar. 

Mis habilidades con los palillos chinos no son lo suficientemente buenas. Como la mayoría de los occidentales que han comido en restaurantes chinos, puedo usar los palillos lo suficientemente bien como para que la mayor parte de la comida llegue a mi boca. Pero para un viajero de negocios ese nivel no es lo suficientemente bueno. 


En Tokio, estaba en un grupo al que le estaba sirviendo un estimado chef de sushi. Nosotros éramos ocho, sentados en una L, observábamos cómo rebanaba y hacíamos exclamaciones por la excelencia de lo que servía. En un momento en el que levantaba un pedazo de sushi con mis palillos, dejé caer una porción de arroz en la salsa de soya. 

El chef hizo una pausa. Entró una mesera, rápidamente secó y reemplazó mi plato de soya contaminada con uno impoluto. 

En otra ocasión, durante un viaje a Hong Kong, logré arreglar una entrevista con una polémica figura a favor de Beijing. Sugirió que nos reuniéramos para almorzar. Me dejó hacer mi pedido y más tarde me anunció que no tenía hambre. Yo me moría de hambre, así que me veía comer, con los palillos chinos, mientras le hacía preguntas. Él respondía y solamente se detuvo para hablar en cantonés con un mesero. El mesero regresó con un tenedor y un cuchillo. 

Mi francés tampoco es lo suficientemente bueno. Recuerdo un momento en el que pregunté en Francia si las personas que hablaban en inglés provocaban un brusco movimiento de cabeza. Ahora, después de 40 años de aprender el idioma, descubro que consideran demasiado doloroso escuchar mi francés. Esperan hasta que cometa un error, generalmente algo que se relaciona con la omisión de un artículo definido o superfluo, y empiezan a hablar en inglés. Los franceses en estos días parecen operar una política de “un strike y estás fuera”. 


Cuando, a principios de este año, recibí una invitación a la embajada francesa para celebrar “La Journée Internationale de la Francophonie”, pensé que mi momento había llegado. Si no podía iniciar una conversación en francés en el día internacional para celebrar el idioma, ¿cuándo podría hacerlo? 

La noche comenzó mal cuando la primera persona con la que hablé francés tenía un acento inglés vacilante. Resultó ser un miembro británico de la Cámara de los Lores. Tuve una buena conversación en francés con un encargado de prensa de la compañía que recientemente llegó a Londres, pero luego me presenté con uno de los dignatarios presentes. Le expliqué en francés quién era yo. Me dijo que su inglés era terrible porque sus profesores nunca fueron buenos. Me lo dijo en inglés.



 


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