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Martes , 25.09.2018 / 15:17 Hoy

La otra cara de Mendoza, Argentina

La provincia siente que debe ofrecer mucho más que el Aconcagua.
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Germán Bellene observa hacia el Aconcagua, su pico con nieve se encuentra frente a un vívido cielo azul. Allá arriba, a 7,000 metros de altura, el viento es constante y la temperatura es helada.

Casi todos los que visitan Mendoza quieren acercarse al Aconcagua, incluso aunque sea solo por unas horas. Bellene, quien dirige pequeños grupos de turistas, hizo 40 viajes al parque nacional durante la breve temporada de verano. Entiende el atractivo de la montaña más alta fuera del Himalaya, pero también quiere más oportunidades para alejarse de los caminos trillados. “Hay muchas otras montañas para explorar”, dice.

Continuar con éxito la diversificación puede ser el próximo gran esfuerzo de turismo que hay en Mendoza, ya que los operadores turísticos y las autoridades de la provincia buscan aprovechar los numerosos atributos naturales de la región.

“Hemos sido demasiado conservadores y muy tranquilos. No hay mucho desarrollo de nuevos productos”, dice Marcelo Reynoso, director de la oficina de turismo de Mendoza.

Después de decir esto, el turismo de Mendoza cambia y voltea a ver más allá de sus montañas. Tal vez lo más importante ha sido el desarrollo basado en torno a la industria del vino. A medida que las bodegas locales -en realidad los bares de vino- se modernizaron y llegó nueva inversión a la industria, se convirtieron en puntos focales de la gastronomía y los recorridos enológicos.


“Las adquisiciones de las bodegas por parte de extranjeros trajeron nuevas ideas”, dice Priscilla Trempsal, de Tije Travel. “Abrieron los ojos a lo que se podía hacer. Las bodegas aprendieron a obtener un valor agregado para lo que hacen”.

Esa forma de ver el turismo cambió el perfil del visitante típico de Mendoza. Juan Pablo Marziani, gerente de la agencia de viajes Kahuak, dice que en 15 años su base de clientes cambió enormemente y ahora se inclina mucho más a las personas de mayor edad y que gastan más, quienes buscan una experiencia exótica, pero de bajo riesgo. “Hoy en día, Mendoza se considera un destino de alta gama y para gastar tanto como en Nueva York, Madrid o París”, dice.

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Pedro Rosell, propietario del grupo turístico Discover the Andes, dice que su negocio solía basarse en el Aconcagua. Ahora esa actividad solamente representa 5% de lo que hace.

En la década de 1980, “si caminabas por las calles en verano, los únicos extranjeros que veías eran alpinistas”. Ahora hay una gran variedad de formas en la que los viajeros menos aventureros pueden disfrutar del exigente entorno al aire libre de Mendoza.

Las compañías de turismo segmentan su oferta en torno al Aconcagua, ofrecen viajes más cortos de entre tres y cinco días (para la gran montaña, lo mejor es dedicar dos semanas) para atraer a alpinistas menos extremos. Se elaboró un catálogo de oportunidades: viajes a caballo por los Andes; rafting (descenso en aguas rápidas) en los ríos alimentados por el deshielo, y viajes en bicicleta para recorrer las bodegas y hacer cata de vinos.


Rosell dice que la infraestructura turística mejoró significativamente: “Hace 10 años en Valle de Uco (una de las principales zonas vinícolas) casi no había nadie que hablara inglés. Ese ya no es el caso”, dice.

Mendoza también tiene una mejor conexión con el mundo. Las aerolíneas de bajo costo con conexiones directas hacen una gran diferencia. Hay vuelos directos desde Panamá, Bogotá y Sao Paulo. Marziani dice que 70% de sus clientes son brasileños.

Los representantes del sector público y privado admiten que todavía hay mucho por hacer. Reynoso dice que las políticas turísticas no siempre han sido lo suficientemente consistentes como para generar los mejores resultados. Marziani piensa que Mendoza perdió un poco su lugar entre los destinos más obvios en el circuito típico de visitantes de Argentina, como las Cataratas del Iguazú y los bares de tango de Buenos Aires.

Rosell dice que la burocracia es un problema, con pequeñas reglas que inhiben algunas iniciativas. Dice que cuando el rafting en aguas bravas se hizo popular, por primera vez los funcionarios trataron de hacer cumplir las reglas de que todas las naves deberían estar equipadas con extinguidores para incendios.

Lo que se desprende de hablar con los turistas es que se podría hacer más para promover a Mendoza. Jill Mather y Jeff Snell, de California, son el tipo de turista al que Mendoza acoge cada vez más: de mayor edad, con muchos viajes y con un mayor interés en la industria vitivinícola.

Les resultó difícil encontrar información sobre qué más podrían hacer si querían descansar un poco de las bodegas, y finalmente optaron, como muchas personas, por una caminata cerca del Aconcagua. “No creo que Mendoza sea conocida internacionalmente más que por el vino”, dice Mather.

Snell está de acuerdo con que la provincia “no se vende ni organiza tan bien como se merece”.

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