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Domingo , 27.05.2018 / 17:28 Hoy

La nueva ola turística de Guatemala

Los surfistas que buscan playas vacías y aventuras descubren la costa del Pacífico del país, así como sus ciudades coloniales, volcanes y ruinas antiguas.

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Henry Shukman

Nadie viaja a Guatemala solo para surfear. Hay muchas razones más. Incluso las carreteras son fascinantes; no hay un viaje en el que no ocurra algo. Un coche que se derrita en el borde del camino, el plástico goteando, humo que sale de cada grieta. Neumáticos que estallan, los motores que cascabelean.

¿Y cómo llegó allí la camioneta, no sólo del lado equivocado del camino, sino con sus ejes destrozados que claramente cuelgan del bordillo? ¿Y esa pequeña grúa realmente podrá arrastrarlo? Es interesante observar esto, una vez que pierdes la esperanza de llegar a tiempo.

Mientras tanto, el desfile tipo carnaval de “autobuses polleros”, que son antiguos autobuses escolares arreglados con luces, cromos y calcomanías, se encuentran frente a frente gracias a los atrevidos acelerones que dan para rebasar y que salen mal. Mientras tanto, los kilómetros de tráfico se reducen, y el aire de la mañana entre las colinas boscosas se llena de incontables chillidos de sirenas.

Incluso cuando el tráfico empieza a fluir, está el drama que corta la respiración de ver a personas comunes, niños con bicicletas medio descompuestas, agricultores descalzos que cargan camotes de casi un metro de largo, y mujeres con bebés, que cargan con una sábana en sus espaldas y grandes tazones en sus cabezas. Pasean tranquilamente a lo largo de los bordes, como si no hubiera un pedazo de acero de 20 toneladas que pasa a centímetros de ellos a toda velocidad, que hace que sus sábanas vuelen y el cabello salte tras el paso del tráfico.

Después está Antigua, la anterior capital situada entre volcanes, una joya inmaculada de la gracia española, de un patio tras otro que se riega con fuentes, y muchas iglesias del siglo 16, claustros, conventos varados desde el terremoto de 1773, que obligó a mudar la capital a otra parte.


Hay una “eterna primavera” de las tierras altas, un clima casi constante de 25 grados centígrados. Y sobre ella está el corazón palpitante de Mundo Maya, no solo las ciudades abandonadas más espectaculares en la tierra, repletas de bosques de pirámides, templos y estelas, testimonio de una gran cultura del clásico maya, pero también de los indios mayas contemporáneos, quienes tejen las telas más hermosas, cultivan los vegetales más grandes y representan casi la mitad de la población de 16 millones de habitantes del país.

Guatemala es parte del mismo gran istmo de Costa Rica y El Salvador, cuyas playas del Pacífico se convirtieron en prósperos destinos para surfear. Tiene los mismos oleajes y sistemas de presión, y si bien puede estar en la parte baja de la infraestructura general, aquí hay todo lo que necesita un surfista. Así que cuando partí para Guatemala con nuestro hijo de 16 años, la perspectiva de tomar algunas olas hicieron que tuviera un atractivo adicional.

No esperaba mucho: olas pesadas y desordenadas, muy por encima de de la altura de una persona, totalmente imposible para surfear en su mayoría, sobre todo para los novatos. Eso es lo que predecían los sitios de surf, y tenían la razón.

Conocimos a Efrén Aguilar, un surfista de competencia de 18 años de edad quien llegó en tercer lugar en el campeonato nacional de surf de Guatemala, y creció en El Paredón, un pueblo tranquilo en la costa del Pacífico. Tenía la esperanza de crear su propia escuela de surf y dar lecciones por medio de Surf House, uno de los cuatro hoteles sencillos del pueblo.

Temprano en la mañana sería el mejor momento, nos dijo; la marea será baja, y surfear las olas todavía da miedo pero es manejable, con los rompimientos ocasionales que se forman a derecha e izquierda. También tenía razón.

Nos reunimos poco después del amanecer y nos dio las instrucciones. “Aquí no, allá abajo”, caminamos 275 metros hacia la playa. Todo me parecía exactamente igual, pero él sabía lo que hacía.

La playa de El Paredón parece extenderse eternamente en ambas direcciones. Su longitud es de 32 kilómetros. O tal vez 320. O quizás 3,200. Es difícil decirlo. La costa del Pacífico de México y Centroamérica, desde San Diego hasta Colombia, forma una larga serpiente de playa, que a veces interrumpen los acantilados, bosques, ríos y ciudades.

El Paredón, un pueblo de 1,500 personas, fue hasta hace unos cuantos años un lugar de pescadores, agricultores y calles sucias, donde la cocina se realiza en los patios y todo el mundo duerme debajo de techos de palma, principalmente en hamacas.

Se abrieron tres hoteles nuevos en los últimos 18 meses (aunque son chozas), a unos cientos de metros de la calle que se pavimentó el año pasado, y la pizzería se expande a nuevos locales más grandes.

El Surf House tiene habitaciones sobre pilotes, con hamacas que cuelgan debajo y techos altos para atrapar la brisa del mar, al estilo Crusoe. Hay una pizca de “gozo” chic aquí.

Desde hace mucho tiempo Guatemala es una importante parada en el “Gringo Trail”. La mayoría de los viajeros que conocimos eran mochileros, que viajaban durante meses, o incluso años. La escena gringa en el Paredón no es la excepción. Incluso gestó una pequeña ONG, La Choza Chula, que trabaja para ayudar a los lugareños para que se beneficien con el aumento de turismo.

El personal está conformado en su mayoría por jóvenes occidentales, quienes construyeron una biblioteca para la escuela primaria del pueblo, una escuela secundaria con laboratorio de computación, y ofrecen clases de inglés y habilidades de negocios. Si los turistas vienen, al menos los lugareños deben tener algún ingreso, argumentan.

Estudiantes en año sabático y voluntarios de Surf for Life (otra ONG) vinieron a ayudar a surfistas, viajeros y lugareños indígenas; incluso las tortugas ahora son una especie protegida que pone sus huevos en la enorme playa: todo el mundo se beneficia.

Cuando Carl Jung visitó EU y le preguntaron cuál era el demonio nacional (él creía que todos los países tienen uno) se dice que respondió “las adicciones” y propuso que en lugar de psicoterapia, las personas podrían curarse tan solo con caminar más y realizar actividades manuales.

Sobre esa base, el altiplano maya de Guatemala debe estar libre de adicciones tanto como un lugar poblado puede estar: la gente camina a todas partes, se viste en hermosas telas que tejen con sus propias manos. “El tejido es nuestra medicina”, dice un anciano. Telar de pie, telar de cintura, a cualquier lugar al que vayas ves personas que trabajan en ellos, o se visten con sus productos.

La primera parada fue en el lago Atitlán, rodeado de volcanes y pequeños pueblos a sus pies: San Pedro, San Lucas, Santiago, Santa Catarina, con techos de arcilla roja e iglesias blancas, llenos de mujeres mayas con ropas magníficas y hombres que todavía adoran a Maximón, el antiguo dios local que encontró su lugar al lado de Jesús y María en los 1500, hasta que la iglesia lo expulsó en 1930.

Desde entonces lo ocultan en santuarios improvisados, atendidos por “fraternidades” de hombres serios que le dan ofrendas de aguardiente y puros. En San Pedro, los gringos se congregan en los cafés, bares y estudios de yoga.


En el pueblo cercano de San Marcos, se tranquilizan en jardines de meditación o saltan 9 metros hacia el lago que está debajo: una agradable emoción matutina para un adolescente (que incluso se aventuró a hacer un clavado de cabeza, para adrenalina adicional).

Luego viajamos hacia el este, a Río Dulce, que serpentea a través de un barranco boscoso en la costa del Caribe y el destartalado Livingston, y al norte en las planicies mayas, donde los arqueólogos creen que varios millones de personas vivieron alguna vez, en una enorme y poblada área que comparten con Belice y México. Nuestro objetivo eran las ruinas de Tikal, que son tan grandes que necesitas semanas para conocerlas.

El día que salimos había una conmoción en la carretera. Dos motociclistas chocaron, no solo entre sí, sino con un vendedor gringo de joyería artesanal. El tráfico se acumuló, en parte por la curiosidad, pero esta vez no pasó mucho tiempo para que se aliviara, en nuestro camino de regreso al aeropuerto y a otro tipo de mundo.



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