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Lunes , 18.06.2018 / 09:59 Hoy

Heliesquí en África

Este es un deporte extremo muy poco popular, pero eso no impidió que la empresa Heliski Marrakech lo llevará a una de las montañas más altas del continente.

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Arnie Wilson

Era mediados de marzo en la falda de las montañas Atlas de Marruecos, y tomábamos el sol en el Kasbah Agounsane, un atmosférico hotel que se construyó en el estilo tradicional Berber. Ubicado a 40 kilómetros al sur de Marrakech, está rodeado de olivares, en medio de una campiña verde del valle de Ourika. Hay muy pocas distracciones aquí y, después de un desayuno sin prisas, algunos huéspedes ya tiraban en las sillas playeras para pasar un largo y descansado día junto a la piscina.

Sin embargo, nuestro pequeño grupo provocaba algunas caras de sorpresa. En lugar de trajes de baño vestíamos cascos, gafas de seguridad y ropa para esquiar que cubría cada centímetro de piel expuesta mientras atravesábamos los jardines del hotel hacia la máquina que sería nuestro atajo para subir a las cumbres nevadas muy en lo alto. Con un whomp, whomp, whomp, el Eurocopter AS350 Ecureuil, retumbó para entrar en acción. Cargamos nuestros esquís en la cesta debajo de él, y subimos a bordo.

Incluso en destinos más convencionales de los Alpes o de las montañas Rocosas, el heliesquí puede ser un reto para los sentidos. Cuando, en cuestión de minutos, un helicóptero te transporta de un ajetreado complejo turístico hacia una cima remota en la montaña, te deja y después se aleja en silencio, algunas veces tienes que darte un pellizco. Hacerlo en Marruecos se siente aún más irreal.


Nuestro sitio de aterrizaje estaba a una altura de poco menos de 4,000 metros en las montañas Alto Atlas. No hay señales de la humanidad, solo una nieve inmaculada, sin tocar y sin esquiar. ¿Cómo podría ser de otra manera? Éramos los únicos practicando heliesquí en África.

Heliski Marrakech es la creación de Hervé Favre, fundador de Evolution 2, una escuela de esquí con sucursales en casi todos los complejos turísticos de Francia. Vino a Marrakech en 2005 para escalar Djebel Toubkal, la montaña más alta de la cordillera de Atlas con una altura de 4,167 metros, y un pico popular para el excursionismo. Mientras estaba allí, preguntó sobre las condiciones de la nieve en invierno. “La gente decía que durante algunos inviernos las montañas estaban llenas de nieve. Me imaginé que sería grandioso construir la primera base de heliesquí en África”.

Hacer que ese sueño se convirtiera en realidad no fue sencillo. Durante los siguientes años hizo más visitas en invierno, incluyendo una a Oukaimeden, un rudimentario complejo turístico para esquiar a 75 kilómetros de Marrakech, con un puñado de teleféricos que alcanzaban poco más de 3,200 metros. En aquel entonces, los único helicópteros con autorización para volar en el Atlas eran los del ejército de Marruecos, así que Favre se conformó con explorar la cordillera en esquí fuera de pista.

En 2010, un empresario francés, Daniel Sigaud, obtuvo el permiso para desarrollar una empresa de helicópteros en Marrakech, a fin de trabajar en el mantenimiento de las líneas eléctricas y otras aplicaciones industriales, así como el turismo. Favre se reunió con Sigaud en Londres y estuvieron de acuerdo en que el heliesquí podía ser viable; hicieron una serie de vuelos de prueba en 2011, y en 2012 llevaron a los primeros huéspedes de paga.

Todavía se mantiene como una actividad de nicho -Favre ahora dirige cinco semanas de heliesquí cada invierno, normalmente de febrero a mediados de abril-, con entre 50 y 100 clientes en total, y el tono es notablemente más relajado que con las operaciones de heliesquí más convencionales.

Nuestra primera carrera empezó alrededor de las 10 de la mañana, más tarde de lo que esperarías en otro lugar, pero la nieve todavía estaba demasiado impenetrable e hicimos turnos a trompicones por la montaña. Sin embargo, pronto el sol hizo su trabajo, y nuestros turnos se volvieron seductoramente más suaves mientras bajábamos a la deriva por la amplia canaleta.


Nosotros solo éramos cuatro, además de Favre, y nadie estaba ansioso por desafiar las pendientes y acelerar al máximo kilometraje posible (“no somos comandos”, dijo Pascal Graff, nuestro piloto, de manera tranquilizadora). Si algo pasara aquí, el rescate no sería tan fácil como en los Alpes. Y si por alguna razón -una llegada repentina de niebla espesa o neblina, por ejemplo- Graff no pudiera aterrizar de nuevo en el hotel, nuestros zapatos para caminar a casa estaban dentro el helicóptero.

Temprano en la tarde, después de cuatro carreras largas, cada una descendiendo cerca de 1,000 metros en vertical, el helicóptero regresó al hotel. Aterrizamos a tiempo para un almuerzo bajo el sol en nuestra terraza del hotel, acompañados por algunas miradas ligeramente extrañadas de los otros huéspedes: tal vez con envidia, un poco perplejos o simplemente aliviados de que la paz regresó al valle de ensueño.


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