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Martes , 18.09.2018 / 09:02 Hoy

Grecia y sus clásicos

Entre las ruinas de la antigua ciudad de Atenas, los guías arqueólogos le dan vida a los clásicos para Alec Russell y su hijo de 16 años.

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En una fresca tarde de primavera, Ned (mi hijo de 16 años) y yo salimos de la Acrópolis, caminamos a través del Ágora y nos dirigimos por los restos del Camino Panatenaico hacia el Pireo, siguiendo los pasos de tantos atenienses legendarios.

De vez en cuando, la modernidad se cruzaba: una vía de ferrocarril cortó desde hace mucho tiempo una franja del Ágora; algunos vendedores se alineaban en la parte alta del antiguo camino. Pero cuando nos acercamos a la puerta de 2,400 años de antigüedad que conduce hacia las imponentes paredes de Atenas de la era clásica, los siglos posteriores desaparecieron y nos encontramos en un parque tupido repleto de gatos, flores silvestres y restos de mármol de un pasado monumental.

Estábamos en el Kerameikos, el antiguo cementerio ateniense, uno de los sitios arqueológicos más grandiosos del mundo. Todo estaba desierto; el único encuentro que tuvimos fue con una tortuga que disfrutaba del sol. Era el escenario perfecto para que nuestro guía nos regresara dos milenios y nos recordara la relevancia de la historia y el arte de Atenas.

Viajamos a la capital griega para una inmersión de cinco días en la Atenas clásica. Estudié a los clásicos en la universidad. Ned piensa hacer lo mismo. Desde nuestro primer encuentro, quedó claro para mí que si alguien iba a hacer un caso para el renacimiento de los clásicos, era Heinrich Hall, nuestro guía. Un arqueólogo alemán, con chaqueta de tweed, tenía un amor homérico para contar historias, un estilo irlandés y un entusiasmo contagioso por todas las cosas de Atenas.

Durante una hora en los Kerameikos, lo seguimos a él y a su colega griego, Nota Karamaouna, alrededor de las antiguas murallas, y escuchamos sus historias. En el sol de la tarde, entre nubes de mariposas, hicieron que las ruinas volvieran a la vida. Escuchamos sobre las épocas de ostentación, competencias de tallado de tumbas y eras de austeridad, los ciclos de auge y caída del mundo antiguo.


Esa noche, Ned y yo nos dirigimos al bar en el techo de nuestro hotel, el Electra Metropolis, y observamos sobre Atenas hacia el Partenón, apenas a 800 metros de distancia. El hotel está integrado a la historia de Atenas, no solo a través de la sección de la muralla de Temístocles en sus cimientos, sino también la iglesia del siglo XVI que forma parte de un muro lateral.

Una mañana salimos de Atenas por la carretera de la costa, más allá de las filas de barcos que tapan el estrecho de Salamina. Después de rodear la cumbre de la colina donde Heródoto dice que el rey persa Xerxes se sentó a ver a su flota ganar la anticipada madre de todas las victorias, llegamos a Eleusis. Este era el centro de un misterioso culto legendario, que en su apogeo solo lo frecuentaban las personas que eran importantes. Ahora es un acre de viejas columnas, ruinas de templos y un enorme teatro cortado en la ladera.

Cuando nos acercamos a los asientos de piedra, varios cientos de niños griegos hacían coros y cantaban, un eco de los rituales de hace tantos años. Nos sentamos y escuchamos antes de cruzar una cresta de pequeñas lomas hasta la planicie de Maratón.

Por supuesto, Maratón es más conocido ahora por ser la inspiración de la carrera épica de larga distancia de los Juegos Olímpicos de la era moderna; 42.195 kilómetros es la distancia aproximada a Atenas. Fue aquí donde un ejército ciudadano de atenienses y sus aliados bien entrenados superaron una fuerza persa mucho más grande.

En nuestro último día, después de un desayuno al amanecer observando de nuevo el Partenón, nos dirigimos para subir las colinas hasta el oráculo de Delfos. Es un entorno sorprendentemente imponente, que tiene vistas por encima de un valle de olivares, sinuoso hasta el Golfo de Corinto. Los monumentos que rodean la entrada son testigos de las rivalidades de las ciudades estado.


Nos sentamos al lado de una antigua tesorería mientras nuestros guías hacían su magia por última vez, nos explicaban cómo Delfos era un gigantesco centro de intercambio de información griego y las sacerdotisas del oráculo cubrían brillantemente sus apuestas. Solo había tiempo para el museo de Delfos que teníamos casi para nosotros. Allí, en un lugar privilegiado, solo, se erguía una legendaria estatua de bronce de un joven cuadriguero, que avanzaba con una mano a través de los siglos.

Poco después de mi regreso, leí en la revista New Yorker el relato del apasionamiento tardío de un estadounidense con la Odisea. El autor, un profesor de clásicos de la universidad, describe cómo su padre de 81 años y enfermo optó por asistir y participar alegremente en sus clases sobre la epopeya de Homero. Incluso partieron juntos en un crucero "Odyssey" hacia el mar Egeo. El autor hace un equilibro entre una ligera exasperación filial con profundo afecto; poco después del viaje su padre se debilitó y murió. Me encontré deseando que yo hubiera tenido la inteligencia para trazar un viaje similar con mi padre antes de morir a la edad de 81 años.

Entonces me di cuenta de que acababa de hacer algo igual de mágico, solo que en mi caso, el afecto a los clásicos fue el padre y el compañero que a veces se exasperaba, pero tenía mucho afecto, fue el hijo.


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