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Domingo , 24.06.2018 / 21:02 Hoy

El motel de las revelaciones

Este es nuestro ganador en la categoría masculina de las 'Historias de desamor'.

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Milenio Digital

Este es nuestro ganador en la categoría masculina de las 'Historias de desamor', que se lleva una membresía de Seis Grados, un servicio especializado para ampliar los círculos sociales de sus socios, y que de esta manera puedan conocer a personas con un estilo de vida similar y con quienes puedan comenzar una relación sentimental.

*Texto enviado por: Fantasmagórico, empresario y escritor.


Conocí el desamor, justo cuando vi salir a mi prometida, del motel... con su amante. Sentí la muerte del amor. Se suponía que nos casaríamos al día siguiente. Cuando más enamorado estaba, comprobé que el amor no existe.

Todo había sido pura ilusión. Los miré de frente. Primero reían y después, cuando me vieron, ella gritó y empezó a llorar. A él lo quise golpear, pero los tres empleados de seguridad del motel, me golpearon a mí.

La consecuencia: fractura de nariz, fractura de pómulo y mi auto abollado... además de la fractura de corazón.

Hay lesiones que no sanan nunca. Hay dolores con memoria, con sabor a karma negativo. Ese karma que siempre regresa para recordarnos que no somos tan buenos ni tan malos. Que vivimos siempre a la deriva, en medio de las calles donde anónimos miles son infieles y luego dicen amar. El amor y la infidelidad son calamidades que detestan la soledad, por eso, se acompañan una a la otra. Como decía Don Gato "las calamidades nunca llegan solas". El problema es que se quedan, que no se van y así se quedó la opresión en el pecho, hasta que sucedió el milagro... y un día la furia, la ira se fue. Logré perdonar. Pude olvidar.

Mi corazón fracturado comprendió que la soledad verdadera es como el silencio absoluto y nos sirve para limpiar el alma. Así con ejercicio, pensamiento y generosas dosis de trabajo, me curé. Salí de una relación de engaño y destrucción.

Me alegré por haber descubierto la verdad, el día en que de pura casualidad creía haberla visto cuando circulaba por Av. Patriotismo. Reconocí su sonrisa, pero se veía diferente, con otro color de cabello, cuando entraba al motel en el auto de otra persona que iba al volante (después supe que siempre que me engañaba se ponía una peluca). Entonces pacientemente esperé afuera del motel, con la esperanza de haberme equivocado. Llamaba a su celular y me mandaba al buzón, el Whatsapp no pasaba de una palomita y en su estado decía "en junta". ¡Claro que estaba en junta... pero de ombligos!

Y después pasó todo aquello, la cólera, la golpiza y la estancia de 48 horas en la delegación. Cinta negra siempre fui. De los tres que me golpearon, dos quedaron incapacitados por poco más de tres semanas. Con el otro todavía no terminaba cuando llegó la patrulla. Aún así parecía yo el hijo de Rocky con la nariz y el párpado desfigurados. Vaya espectáculo AAA que dimos ante decenas de curiosos, mientras mi prometida gritaba, lloraba y pedía perdón. Cuando me llevaban esposado, se acercó y le dije "¡pídele perdón a Dios... la boda queda cancelada y tú... te vas directito a la chingada!".

Pero como decía, ahora recuerdo todo esto y ya no tengo dolor, aprendí mucho de la vida con esta experiencia; y, en cierta forma, estoy agradecido por el conocimiento adquirido, sin anestesia... que me permitió valorar que lo peor que puedes hacer es idealizar a una persona sin conocer sus valores. Hay que ver a la gente como es. En el amor, como en la vida, los pedestales sólo sirven para levantar estatuas aparentemente perfectas, pero verdaderamente frías e inanimadas. Puedes buscar a alguien con quien hacer el amor, con pasión, pero si no hay conciencia ni fusión espiritual, tu musa se volverá de piedra después del orgasmo.

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