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Domingo , 19.08.2018 / 01:44 Hoy

Desde la cima del Monte Kenia

Las nuevas vías de acceso financiadas por la Unión Europea significan que subir el segundo pico más alto de África se puede hacer en la mitad de tiemp

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“Piensa como un soldado. Pasaste el punto de no retorno”. Esas son las palabras de aliento que nuestro guía, David Wachira, le dijo a mi esposa Ati, mientras luchaba contra el cansancio y el mal de altura a 4,500 metros, a tres horas del ascenso final de la cumbre de 4,985 metros del monte Kenia: Punto Lenana.

A pesar de sus achaques, era fácil entender por qué Ati era perseverante. Las vistas de la segunda montaña más alta de África eran asombrosas. Pese a que eran las 5 de la mañana, una hora antes del amanecer, no necesitábamos antorchas. La luz de la luna llena y la panoplia de estrellas centelleantes era suficiente para iluminar el camino polvoso y rocoso, y la serie de picos de monte Kenia que se elevaban sobre nosotros.

Macmillan estaba a nuestro lado izquierdo; más adelante, Lenana, el punto más alto que se puede alcanzar sin tener que utilizar equipo para escalar; después, Batian, el punto más alto de todos con 5,199 metros.

Las autoridades kenianas están ansiosas por ver a más personas escalar el pico más alto del país. Monte Kenia siempre ha estado de alguna manera a la sombra del Kilimanjaro de Tanzania, que es 696 metros más alto y tiene tres veces más visitantes.

La primera vista reportada de monte Kenia por un europeo fue en 1849, por Johan Krapf, un misionero alemán que buscaba la fuente del Nilo. Tomó 50 años más antes de que alguien llegara a la cima. Ese honor corresponde a una expedición de 1899 encabezada por Sir Halford Mackinder, un geógrafo y fundador de la London School of Economics, quien nombró los picos más altos con los nombres de los jefes Maasai que lo ayudaron.

La magnitud de su logro destaca por el hecho de que 118 años más tarde solo 50 personas al año conquistan Batian, el punto más alto de la montaña. Probablemente el intento más famoso fue el de Felice Benuzzi, Giovanni Balletto y Enzo Barsotti, tres italianos quienes en mayo de 1942 estaban detenidos en un campo de prisioneros de guerra cerca de la ciudad de Nanyuki en las laderas del noroeste de la montaña.

Benuzzi decidió que se tenía que escalar la montaña y reclutó a Balletto y Barsotti para la misión. Después de preparar suministros básicos a escondidas durante ocho meses, escaparon del campo en enero de 1943 y se dirigieron a la cima; 19 días más tarde, regresaron y se presentaron ante el comandante del campo británico. Sentenció a los escaladores a 28 días en sus celdas, pero los liberó después de siete porque apreció su “esfuerzo deportivo”. Benuzzi relató la aventura en un libro, No Picnic on Mount Kenya (No fue un día de campo en el Monte Kenia).

Al lado de las hazañas de estos pioneros, nuestro ascenso era rutinario sin embargo, no era un día de campo. Llegamos a la puerta de Chogoria, a 2,950 metros, a la una de la tarde para encontrar no solo a David, sino también a Richard, su asistente de guía; a Samuel, el cocinero, y a cinco encargados.

Seleccionamos a David después de platicar con amigos e intercambiar correos electrónicos. Desde hace décadas escala en la región: el año pasado llegó 13 veces a la cumbre del Kilimanjaro y llegó a Punto Lenana más de seis veces. Los preparativos de David fueron impresionantes. Semanas antes de nuestra salida, visitó nuestra casa en Nairobi para revisar nuestro equipo.

La caminata duró ocho horas. Las vistas -del monte Kenia al frente y los valles detrás- eran impresionantes. Apenas había una nube en el cielo y los podíamos ver por kilómetros.

Poco después del almuerzo, ocurrió el desastre. Ati comenzó a sentir los efectos de la altitud. Llegó al campamento de Mintos Tarn (4,200 metros) y se derrumbó. David, un paramédico entrenado, le dio un poco de Diamox, un medicamento que puede reducir los síntomas del mal de altura a pesar de que el descenso se considera la única cura confiable. Tuvo un buen efecto, pero para el momento en que partimos para la cumbre a las 2 de la mañana, Ati no había dormido y nuestro avance fue lento.

Seis horas más tarde, después de que la luz de la luna dio paso a un magnífico amanecer, llegamos a la cima de Lenana. Batian y Nelion estaban en nuestras caras, se veían imponentes. Debajo de nosotros estaba uno de los pocos glaciares que quedan en la montaña, que parecían demacrados y claramente sufrían los efectos del cambio climático.

Y a pesar de las nuevas vías, mi temor de ver multitudes en la cumbre resultó infundado, teníamos Lenana solo para nosotros. Lejos, a la distancia, surgiendo a través de la bruma tropical, estaba el Kilimanjaro. Verlo desde el monte Kenia es raro, dijo David. Era como si nos invitara a enfrentarlo también.


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