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(Anti)discos de la semana: dos decepciones y una vergüenza

La más reciente producción con banda de Lucero; la música de Wonder Woman, que prometía mucho y entregó poco; y el gran regreso de una leyenda del rock, Roger Waters.

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De vez en cuando la música que preferimos ignorar nos pide a gritos que escribamos algo sobre ella. Porque la inconformidad también merece un espacio, éstas son las antirrecomendaciones de la semana:

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  • 'Enamorada. Con banda' | Lucero

Lucero, alguna vez conocida como Lucerito: cuando escucho Enamorada. Con banda (Fonovisa, 2017) tu nombre me sabe a guácala, interjección coloquial designada por la Real Academia Española "para indicar desagrado, asco, rechazo". Con qué cara les digo a mis nietos que alguna vez Joan Manuel Serrat grabó su hermosa canción "Tu nombre me sabe a hierba", que adquirió estátus de clásica, para que luego tú, impunemente, la destrozaras en una versión con banda con la pretensión de estar a la moda, una moda tan desastrosa como astrosa, adjetivo que —cito otra vez a la Real Academia porque me faltan palabras—, significa "desaseada o rota; vil, abyecta, despreciable; infausta, malhadada, desgraciada".

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  • 'Wonder Woman' | Rupert Gregson-Williams

Hace un par de años, un pianista me alegó que la música para cine se había estandarizado. “Todo suena a lo mismo”, me dijo. Como amante de los soundtracks sentí la necesidad de desmentirlo y le arrojé una serie de títulos que anulaban su aseveración.

Tristemente, la música que Rupert Gregson-Williams compuso para Wonder Woman me trajo de vuelta aquella discusión. El pianista tenía razón: hay música de cine que podría montarse en cualquier película de acción y el espectador no notaría la diferencia.

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  • 'Is This The Life We Really Want?' | Roger Waters

Habían pasado 25 años desde su última producción discográfica con material original y 34 desde su última participación con la banda que lideró y lo colocó en el firmamento musical, cuya historia para algunos terminó con The Final Cut (1983). En el interín, Roger Waters produjo una ópera —Ça ira (2005)— y explotó al máximo el bagaje musical, visual y escénico que construyó como frontman de Pink Floyd, con algunos discos en vivo y con larguísimas y faraónicas giras que —esencialmente con material de Floyd— le reportaron ganancias por casi 500 millones de dólares.

Después de todo ello, un cuarto de siglo después de Amused to Death (1992), el eternamente insatisfecho Roger Waters ofrece a sus fanáticos una nueva producción, cuyo título nos formula una pregunta trascendental: ¿es ésta realmente la vida que queremos? Y la respuesta, para muchos, resulta obvia: no, no lo es. Y no lo es por hechos irrefutables: la deshumanización de la mano de la tecnología, las guerras, el terrorismo, el aislamiento, el racismo, los asesinatos políticos, el consumismo, el narcisismo y el vacío mental de las redes sociales, el triunfo de la postverdad y, desde luego, por Donald Trump.


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