• Regístrate
Estás leyendo: Vamos o cierran el panteón
Comparte esta noticia
Domingo , 22.07.2018 / 02:55 Hoy

Vamos o cierran el panteón

Don Julio, el despachador de autobuses suburbano murió en junio. Se encontraba sentado en el baño cuando su nieta lo encontró como si estuviera cavilando en lo que haría al siguiente día o como recordando tiempos rurales.

Publicidad
Publicidad

Emiliano Pérez Cruz

En pleno junio murió don Julio, el despachador de autobuses suburbanos. Estaba sentado en la taza del güater, como cavilando en lo que haría por la mañana, como recordando tiempos rurales; el rostro colorado y su calva pálida: imagen de la pura serenidad.

—Agüe, agüe: ven a ver a mi abuelito, ronca feo y se quedó dormido —dijo la niña a Chepita; venció el dolor de sus reumas y abandonó el lecho donde cardaba lana para rellenar colchonetas y así obtener un ingreso; comprobó que la niña hablaba con la verdad, pero por más que zangoloteó al anciano éste se empeñó en seguir muriendo.

Hasta que lo logró. A Chepita se le nublaron los ojos: las lágrimas fluyeron a torrentes por sus mejillas. Entonces la nieta corrió hasta su vivienda gritando:

—¡Mami, mami, ven a ver, mi agüe que está de chillona, abuelito no la obedece!

Todos la escucharon y de inmediato comprendieron. Entre todos, nietos, nueras, bisnietos, yernos, sacaron a don Julio para depositarlo en el lecho, y los mayorcitos avisaron a familiares, vecinos y amigos.

Don Gato, otro despachador de la línea, no daba crédito:

—Qué se va a morir ese cabrón Julio, si es más chavo que yo —alegó y no quedó conforme hasta que lo vio en el ataúd—. Ni hablar manito, ai me apartas un lugar, porque ya la pelona no respeta a la juventud —dijo don Gato ante el cadáver del octogenario, y durante el velorio contó anécdotas de quien fuera su cuate del alma, desde que llegó a las colonias del ex vaso de Texcoco, cuando la única línea de camiones existente era la de los Plateados.

—A cada rato andábamos de aquí para allá, cargando reatas y polines para sacar alguna unidad que había metido las narices en alguno de los muchos canales que había; la hacíamos de despachadores y de grúas y todo por el mismo sueldo, mi hermano.

La Chaparrita llegó hasta “La flor de Guerrero” y pidió a don Camilo cuatro kilos de azúcar y diez sobres de café Legal.

—Cómo cuatro kilos, Chaparrita; nomás de a medio y eso si me va a hacer gasto, ya ve que el dulce está rete escaso —dijo el abarrotero.

—Ándele, no sea mula: véndamelos, porque si no se va a condenar.

—Adió, ¿pues a quien van a cafetear o qué?

—Pues a don Julio, que Dios lo tenga en su Santa Gloria, ¿a poco no sabía que ya es difuntito?

La Chaparrita dio todos los pormenores y comprometió a don Camilo para que asistiera a la misa de cuerpo presente al otro día, en la iglesia de la Santísima Trinidad.

Don Quirino fue quien más a pecho tomó el deceso de don Julio. ¿Y cómo no?, si juntos formaron parte de la Comisión de Vigilancia que los entonces escasos colonos instituyeron para cuidar sus pocas pertenencias que cada vez con mayor frecuencia amigos de lo ajeno les birlaban. Entre ambos detuvieron alguna vez a un caco (mixtle) que llevaba un saco repleto de conejos y gallinas. Lo llevaron a la pila de los lavaderos, a medio llano , y a la luz de la luna lo bañaron con agua helada y le propinaron golpes en las nalgas con el costal empapado, hasta que el ratero se desmayó.

—Ni que fuera para tanto —dijo don Julio a Quirino.

—Pero qué bárbaro eres, Julio, ¿cómo no se iba a desmayar, si dejaste un conejo dentro del costal?

Don Chimino, el sacristán, también hizo mancuerna con Julio como policía civil.

—Era una jodita. Había que atender a todos los vecinos, como aquella vez que una señora llegó a denunciar a su marido. “Es que no me quiere dar gasto, y ya hoy cumplimos dos meses y el cabresto no quiere y no quiere”. Ahí voy, mientras Julio hacia guardia. Cómo le voy a dar gasto, está enferma: no me doy abasto, dijo el marido. Además, cada que le doy gasto es un niño y ya no puedo con tanto chiquillo, si hasta parece coneja. Fui al poste donde la gente sabía que nos podía hallar, pero Julio ya no estaba. Al otro día me lo encontré: “Ándate güerco, que vi correr a alguien y que lo correteo por el llano con la pistola desenfundada. Se llevaba el marranito de doña Victoria. Que amarro al mondao de un poste y me fui. A eso del mediodía lo fui a desatar, estaba muriéndose de sed y me dio lástima llevarlo a la cárcel, nomás lo dejé en calzones y lo corrí.

Arias (Gabriel) puso la primera pulquería e hizo migas con don Julio, que para eso de hacer amigos le sobraba corazón.

—Buen hombre, se vino de Tamaulipas porque ya de plano no se vivía del campo. Se iba al otro lado y juntó algunos dolarcillos que invirtió aquí, en su terrenito. Traía siete hijos, güeros y altos. Lucero, la mayor, vivía en el norte, se le casó con un chicano y a ver si llega p’al entierro. El tal Beto le hizo pasar un mal rato al difunto: tuvo trabajo de policía en una fábrica de juguetes, pero una vez parrandeó con sus amigotes, vieron un coche mal estacionado y lo agarraron prestado, y que les cae la poli del Defe. Un año se aventaron el Betito y m’hijo el Miguel en el tambo. Nunca se compuso el Betito: ai lo ve, cuarentón y teporocho.

Misa de cuerpo presente. Nietos, yernos e hijos se turnan para las guardias ante el ataúd. Mañana lluviosa. Las rezanderas inician una y otra vez los Padre Nuestro y Chepita va hasta la cola, envuelta en chal negro, bajo la sombrilla multicolor que más bien parece coladera con tanto agujero. El sacerdote los recibe en la entrada del templo. Doña Cata hace pucheros. El cortejo está a la vuelta. Alguien consiguió cohetones y las señoras asoman a ver al difunto.

—Dios lo tenga en su Santo Seno —dicen algunas y se santiguan. A las tres de la tarde llegarán la carroza y los autobuses para trasladar al difunto y los deudos al panteón. Pero antes hay que ofrecer aunque sea un taco. Todas ayudan a servir machaca con huevo, tortillas de harina y frijoles refritos.

—A don Julio le gustaba mucho esto, Chaparrita, lástima que se nos haya ido —dice Chepita a la fiel vecina.

Las guardias ante el féretro se suceden. Don Julio cultivó amistades y en ningún momento ha quedado solo. Don Gato sigue desgranando anécdotas cuyo personaje central es el difunto:

—Una vez cerca de medianoche, se nos apareció La Llorona... Aquel día Julio estaba durmiendo en la caseta de los despachadores cuando vi que un maldoso aventó un cuete al tambo de gasolina: la de buenas que nomás tenía asientitos... Con él íbamos Chimino y yo cuando vimos que el río Churubusco estaba desbordándose allá por la colonia El Sol...

A hurtadillas da un trago al cuartito de tequila Sauza. Por allá Toña amamanta a su recién nacido y doña Esther la regaña bajita la voz:

—Cómo se te ocurre, ¿ves que le puede dar un aire a tu chiquillo y puedes agarrar un cáncer? Ya ni la amuelas.

Ahí viene la carroza. Quienes usan sombrero se lo quitan en señal de respeto. Los chiquillos invaden de inmediato los asientos de los camiones; a algunos los bajan sus mamás de las orejas pero se rebelan. Pero una frase mágica los aplaca: verás ora que llegue tu papá. Chepita se aferra al féretro, el chofer hace un gesto de hastío:

—Si no salimos ya, nos cierran el panteón —apresura.

—¿Y usted cree que al difuntito le interese la puntualidad? —se escucha la voz de la Chaparrita entre el gentío.

*Escritor. Cronista de "Neza"

Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.