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Lunes , 15.10.2018 / 08:33 Hoy

Una visita al Instituto de la Audición y el Lenguaje

Por fuera luce como todas las demás escuelas, las ventanas de los salones dejaban ver a los alumnos, los pizarrones y todo el material escolar, sin embargo ahí reinaba el silencio.

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Por fuera el Instituto Lagunero de la Audición y el Lenguaje luce como todas las demás escuelas, las ventanas de los salones dejaban ver a los alumnos, los pizarrones y todo el material escolar que habitualmente hay en estos lugares.

Sin embargo, no se escuchaba el bullicio habitual de las escuelas, no se escuchaba ningún ruido, a grado tal que poco a poco fueron invadiendo la atmósfera el canto de los pájaros que rondaban los árboles de aquella institución.

Era de llamar la atención que afuera de una escuela no se escuchara el ruido habitual, al entrar a la reja que separa la calle del patio de juegos, corrían por doquier niños que no emitían ruidos, el asombro crecía al ver como entre ellos se comunicaban a través de señas.

Por un momento me sentí extraña, apartada de todo, me dio la impresión de no encajar con mi alrededor, experimente lo que los sordos experimentan en un mundo de oyentes. Acto seguido mis demás sentidos se agudizaban, tratando de adaptarse a una realidad nueva y captaban todo lo que sucedía en el patio de juegos, ya que era la hora del recreo del jardín de niños.[OBJECT]

Todo era muy normal, el escenario era cotidiano, una escuela con niños, lo diferente es que no había bullicio, cantos, gritos, carcajadas, parecía una película sin sonido. Los niños se entendían perfectamente, sonreían entre ellos, algunos jugaban futbol, las niñas a las muñecas, todo en un abrumador silencio.

Era evidente que los niños reconocían a la extraña que invadía su habitual zona de juegos, fue cuando me percate que la forma de reunirlos y avisarles que ya era hora de entrada al salón de clases no era con la tradicional "chicharra de escuela", aquí no tenía razón de ser. La maestra fue con cada niño y en lenguaje de señas les indicó que el receso había terminado.

Fueron los 45 minutos más angustiantes para una persona que goza de todos sus sentidos y que vive de la comunicación, la experiencia de no poder comunicarme con las personas que me rodeaban empezaron a crear sentimientos de desesperación y hasta de rabia, por menos de una hora sentí lo que la gente sorda siente en una sociedad que no piensa en ellos.

Una vez que entrevisté a la directora de la institución, recorrimos los salones, el silencio predominaba en las aulas, sin embargo los salones estaban llenos de alumnos que atentos veían a las maestras que les explicaban en lenguaje a señas.

La visita al instituto de Lagunero de la Audición y el Lenguaje dejó una gran moraleja, la sociedad no visibiliza a las minorías, a los discapacitados, hasta que les toca estar del lado donde no hay ruido, el silencio predomina y el lenguaje a señas.

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