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Martes , 20.11.2018 / 21:57 Hoy

Tres hombres venden su proyecto de país

Los candidatos lisonjean al poderoso sector de los constructores; López Obrador se lleva los estelares; Anaya recrimina “promesas irresponsables”, Meade niega que “este arroz ya se coció”.

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Un rápido balance a la pasarela de hoy, en el hotel Hilton de la Expo Guadalajara, de los tres grandes contendientes a la presidencia de la república, ante la poderosa industria de la construcción (7 por ciento del PIB total de México): las simpatías ortodoxas están con el priista José Antonio Meade; los suspiros de cambio se van con el vapuleado frentista Ricardo Anaya; pero el agudo sentido de real politik empresarial parecería haberse decantado ya por Andrés Manuel López Obrador, quien les trata de seducir con la promesa de duplicar recursos para infraestructura, pero no deja de causar ligeros estremecimientos con sus advertencias de revisar los grandes proyectos del peñismo, como el nuevo aeropuerto de la Ciudad de México y el tren rápido Toluca-DF, presuntos monumentos a la corrupción neoliberal.

“Un Estado que no procura la justicia no es más que una banda de malhechores”, resume el tabasqueño con un credo tolstoiano, bebido de fuentes mucho más antiguas, cristianas y ortodoxas: La ciudad de Dios, de San Agustín de Hipona. La premisa del aspirante de Juntos haremos historia es que el problema fundamental de México es moral. Y si bien, desde hace semanas ha corregido que su celo justiciero estará enmarcado en el espíritu de las leyes, pues es tan demócrata como el mejor Montesquieu, advierte: “no hay un cheque en blanco”, pues en su equipo no están dispuestos a que su predecesor les deje comprometida la Hacienda por lo que consideran negocios de dudoso valor para la república, apremiada por la violencia y la inseguridad, la inequidad y la creciente concentración de la riqueza por caminos del privilegio.

Entre las nueve de la mañana y las dos de la tarde, sin tropezarse entre sí, los abanderados de “Por México al frente”, “Juntos haremos historia” (parecen más eslóganes que coaliciones) y el gobernante PRI, han hecho acto de presencia en la 29 asamblea convocada por la Cámara Mexicana de la Industria de la Construcción (CMIC). La presencia en un entreacto del desinflado “jaguar” Armando Ríos Piter –el penoso sainete final de firmas falsas para un candidato con propuestas sensatas- sirve de colchón para ahorrar saludos entre López Obrador y Meade.

La jornada ha sido inaugurada por el acicalado Anaya Cortés, quien se ofrece como alternativa al desprestigio del tricolor gobernante, pero mantiene distancias con los postulados “populistas” del hoy puntero en las encuestas. Así, destaca que construir seis refinerías con un presupuesto similar al de Baja California, pero durante 40 años, es un “disparate” porque la tecnología del auto con motor de combustión interna está por llegar a su fin. “En 2024 los autos eléctricos costarán igual que los tradicionales”, y serían 700 mil millones de pesos “tirados a la basura”. Cancelar el proyecto del aeropuerto en Texcoco es otra mala idea. Pero no es apuren, “Ya saben quién no va a ganar”. Aplausos, risas. La lucha contra la corrupción demanda voluntad, pero no personalismos de “iluminado”, sino diseño institucional y consolidación de instituciones autónomas como el Ministerio Público, así como compromisos de los empresarios en contra de los “moches”. El combate a la pobreza demanda reconfiguración de 6,500 programas sociales que no confluyen en un padrón único y no suelen tener reglas de operación.

Hace falta consolidar el Estado de derecho; hace falta un crecimiento económico equitativo; hace falta recuperar la paz, pero de nuevo, “el indulto a criminales hizo más fuerte al narco en Colombia en los años 90”; tampoco sostener la estrategia de ahora, de probado fracaso a diez años de implementada. Hace falta recuperar el respeto de los Estados Unidos, no pagar un muro, sino rescatar una relación de dignidad y equidad como vecinos mutuamente necesarios. “No aspiro a administrar la mediocridad”, remata, y da fin a su power point.

La salida de Anaya da pie a la presentación estelar: la realidad ha decidido que el político por hoy fundamental es Andrés Manuel López Obrador. Confiado, relajado, autoirónico (“ya sé que dicen que no hablo de corrido”), fronterizo con lo políticamente incorrecto (se distrae, al parecer de manera involuntaria, cuando una curvilínea edecán se le cruza atrás del podio para entregar unos papeles al anfitrión Gustavo Arballo Luján), directo en sus planteamientos. Como político tradicional, no trata de deslumbrar con una presentación: en diez minutos resume cómo “estamos buscando un cambio verdadero” y no el “gatopardismo”; que busca acabar “la monstruosa desigualdad económica” y con las pensiones de los expresidentes “que no tiene ni Obama (risas).

Será el fin de los “moches” y el fin de las “asignaciones directas” injustificadas; será la reactivación económica vía la obra pública (“no es teoría, está muy probado”, aplausos); será el final de los “elefantes blancos”: escuelas, hospitales, casas de la cultura y bibliotecas abandonados, caminos que no van a ningún lado, obras construidas sin consulta a las comunidades y congeladas por amparos y juicios de nulidad. Será la posibilidad de que el abastecimiento de agua se resuelva mejorando el estado de las redes de las ciudades para disminuir pérdidas y no costosos megaproyectos (inevitable pensar en la presa El Zapotillo).

Javier Jiménez Espriú, su asesor en el tema, presenta las objeciones al nuevo aeropuerto por lo que estima una errónea planeación, un inadecuado cambio de uso de suelo y un costo faraónico. Se sobresaltan Arballo y el presidente del Consejo Coordinador Empresarial, Juan Pablo Castañón, pero le arrancan el compromiso, con saludo firme de mano, de establecer mesas de trabajo con técnicos del gobierno y de los empresarios, para tomar decisiones responsables antes de que el 1 de diciembre “nos dé una sorpresa”.

Con AMLO se respira un ambiente de hechos consumados. Pero casi dos horas después, José Antonio Meade, con menos convocatoria que el morenista, señala que dará la batalla.

La última presentación rebosa cifras, diagramas, mapas, datos duros y optimismo. Apela a reconocer logros reales del último siglo, y evitar el fatalismo de que “México siempre será un país en vías de desarrollo”. También sostiene que la elección apenas está por empezar, y que no sería la primera ocasión que el puntero se cae (risas, algunos rostros de alivio, escepticismo en muchos más). Incluso hace chistes al hablar de sí como titular de Hacienda en dos gobiernos y sus buenas relaciones y magnífica disposición con los constructores (pero no le entienden, no reacciona la concurrencia: ya sé que no aplauden). Viene la defensa del aeropuerto, que se pagará casi completo con la tarifa aeroportuaria y sólo de forma secundaria por dinero fiscal, y generará hasta 450 mil empleos.

Sólo es posible el desarrollo con Estado de derecho y facilidad de país para hacer negocios. Esas reglas están en juego el 2 de julio, porque algunos no las pretenden apoyar. Pero la campaña no ha empezado, “no es cierto que este arroz ya se coció”.

MC

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