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Jueves , 20.09.2018 / 12:08 Hoy

“Soy Jazmín, no bebé milagro”

Este año concluye el fondo que permitió a 14 menores recibir atención médica y educación.

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Crecieron entre etiquetas y sobreprotección, ignorando desde los primeros años de vida por qué eran constantemente asediados por la prensa; por qué su madre biológica no estaba al lado; por qué debían acudir frecuentemente al hospital infantil Federico Gómez, y por qué el pago de sus estudios surgió de ese nosocomio.

Aunque todos los llamados bebés milagro son una realidad que camina y respira, la verdad es que ellos rechazan este sobrenombre porque hubieran deseado crecer de manera normal como cualquier otro niño.

"Nací el 18 de septiembre a las 6 y cachito de la tarde. Me conocen como bebé milagro y no me gusta", expresa con franqueza Jazmín Arias, la primer neonata rescatada de los escombros del sismo del 19 de septiembre de 1985. "Sí, sé que es algo increíble porque ni yo puedo creer cómo se acomodaron las cunas para que nosotros sobreviviéramos. Pero no me gusta que me digan así porque es como catalogarte. Por eso prefiero que me llamen Jazmín".

Al igual que el resto de los bebés rescatados, no recuerda —obviamente— nada de aquel día. "Cada año era lo mismo y siempre la pregunta más absurda ¿Qué sentiste al momento del temblor? Es una pregunta muy estúpida, porque un bebé no tiene conciencia. Me dicen que fui la primera niña rescatada, que tengo el expediente número uno en el hospital y que cuando me sacaron, lo único que hice fue medio abrir los ojos y medio sonreír".

Tímida y con un hijo adolescente, Guadalupe Hernández tiene una historia similar; ésta es su tercera entrevista en 30 años y no fue la única que rechazó todo contacto con la prensa.

"Del Hospital General me sacaron al cuarto día, estuve tres meses en incubadora y mi mamá pasó siete meses enyesada. Es algo que marcó mi vida pues pienso que si Dios nos dio la oportunidad de estar aquí, fue para ser mejores personas y tratar de ayudar a los demás. Por donde vivo pasaba y me decían '¡Hola chica terremoto!' No me gustaba mucho. Cuando tenía cuatro, cinco años no sabía por qué me llamaban así; fue hasta los ocho cuando conocí la verdadera historia de lo sucedido".

Norma Lucía Viñas es la pediatra del hospital infantil que en los últimos 25 años ha estado pendiente de este grupo de mujeres y hombres que hoy son adultos, y otros, padres de familia. Aunque no los conoció desde el primer día, sabe casi todo de ellos.

"Los primeros bebés llegaron del Hospital Juárez cinco horas después del terremoto. Después de la hora 33 fueron los del Hospital General; el último neonato ingresó a las 209 horas, es decir, casi ocho días después. En total, 16 niños, nueve del Juárez y siete del General. Dos murieron".

Aurea Zamarripa, ex voluntaria del Hospital Juárez y actual comunicadora, también estuvo con ellos desde el primer momento. “Fueron 36 niños porque no todos nacen del terremoto, sino que fueron rescatados del Hospital. Los más fueron trasladados al Infantil, al Militar, al DIF, etcétera. Las calles estaban tan agrietadas, tan poco transitables, que no había manera para llegar a un mismo hospital”.

Los últimos bebés que ingresaron fueron los más graves. Todos llevaban su etiqueta de nacimiento y nombre de la madre por lo que una larga lista de padres que pretendió adoptarlos, tuvieron que aceptar un "no" como respuesta.

Jazmín salió de la confusión y conoció de su origen a los cuatro años aunque fue hasta los 14 que lo asimiló. “Me dijeron tú naciste en el 85, hubo un temblor muy fuerte, por eso te llevamos al hospital con frecuencia. Tu mamá falleció y yo soy tu tía. Así comprendí por qué tengo dos mamás; por qué a una le rezo mientras tengo la otra al lado; y por qué tengo dos papás pues mi tío también lo es”. Como madre de una bebé Jazmín dedica su tiempo a trabajar en un depósito dental, a aplicar uñas, vender postres los fines de semana y hacer decoración con globos.

Paradójicamente, ninguna de estas dos mujeres cuenta a nadie de sus primeros años como sobrevivientes pues desean ser queridas y reconocidas por sus acciones, más que estigmatizadas por la compasión de su origen. “No creo que sea algo para estar comentando”, justifica Guadalupe. “Si conoces un chico no le vas a decir ¡Soy sobreviviente del 85, ven te cuento mi historia!”, resume Jazmín con ironía.

La vida sigue

Amparados por un fideicomiso que concluye este año, los 14 niños del 19 de septiembre recibieron atención médica, psicológica y educación.

A partir de 2016 todos deberán valerse por sus propios medios para vivir de las carreras que eligieron. Aquellos que solo concluyeron educación básica, hoy desempeñan oficios como despachador de gasolina o vendedor de helados.

“Cuando cumplieron 15 años vinieron periodistas de todo el mundo. Hubo una fiesta de 250 personas y acabamos en un castillo precioso de la señora O´Farrill con más de mil invitados. Un sueño hecho realidad. También hubo oportunidad de llevarlos a Disneylandia, todo pagado por Disney México y Mexicana de Aviación”, relata Aurea quien foto en mano (con el castillo de Disney al fondo) señala: “Mire aquí están Claudia Isabel, Juanita Jazmín, Julio, Carolina, Edgar, Luisillo y Víctor Hugo. Esta fue la única foto que se dejó tomar en silla de ruedas”.

Pese a las reuniones y fiestas anuales donde disfrutaron de cumpleaños, obsequios y paseos, el grupo de niños del 85 no creció a manera de hermandad. Fue una decisión razonada.

“Hay chicos que piensan que por haber sido rescatados del sismo se merecen todo; y en realidad son unos chicos más, aunque no cualquiera tuvo la suerte de ser rescatado. Todos se conocen pero nosotros no los dejamos que se juntaran pues consideramos que los que no querían estudiar podrían influir en aquellos que sí lo hicieron. A lo mejor no hubiera pasado, puede ser”, explica la doctora Viñas.

Hubo también quien lamentó estar vivo y aunque todos recibieron terapia psicológica para aprovechar la suerte de seguir con vida, no todos lograron conseguirlo; a algunos les costó más trabajo. Los médicos no descartan la posibilidad de que todo haya influido, incluyendo su entorno familiar y lugar de crecimiento como rancherías en provincia, zonas marginadas del Distrito Federal y hasta la sobreprotección familiar.

Cada día –al sur de la capital- Guadalupe Hernández le da la vuelta a la página y se asume como puericultista y madre de familia, pues ya dejó de ser una sobreviviente. “Trato de echarle ganas todos los días, en todo sentido”. Mientras que en el oriente, Jazmín Arias se dice a si misma todos los días: “Si ya viví debajo de los escombros ¿Por qué no vivir mi vida normal y ser fuerte?”.

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