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Solidaridad en un pueblo cubierto de lodo en Nayarit

Crónica

La comunidad de Tuxpan fue una de las zonas más azotadas por el huracán 'Willa'. A cada paso, los pies se hunden en el lodo.
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Salir de esta crisis no será fácil; el río arrastró toneladas de sedimentos sobre el suelo de Tuxpan y caminar sus calles es complicado, a cada paso los pies se hunden en el lodo. 

A Tuxpan llegan camionetas con palas, escobas, carretillas, enseres de limpieza y decenas de voluntarios, todos con la idea de que van a limpiar casas. Llegan animosos, sonrientes. Algunos leyeron en redes sociales que no lleven despensas, que mejor comida preparada, que se necesita ropa, que muchas palas, que hay lodo en todas partes. 

El primer cuadro del pueblo y algunas calles aledañas ya se encuentran despejadas, el resto todavía no. Menos aún las colonias más apartadas. Al recorrerlas, no sin dificultad, a pie o en camionetas, puede verse el desamparo de muchas familias. Fuera de las casas están las ruinas de un patrimonio de muchos años; todo está mojado, inservible, sobre montañas de lodo. La gente espera que pase una máquina, suba todo en un camión de carga y lo lleve a tirar. 

Nadie llora por los muebles convertidos en basura. Ya habrá tiempo para el duelo, cuando la ayuda que ahora reciben deje de llegar y deban enfrentar la realidad solos, con su único esfuerzo. 

Parece que las familias siguieron un patrón al limpiar sus casas: primero sacaron el lodo y, después, amontonaron sobre él las sillas, los sillones, los refrigeradores, los colchones, la televisión. También están fuera fotografías familiares, cuadros con la imagen de la Virgen, de santos, crucifijos, todo separado de los demás por una línea de lodo. Todo esto aguarda la pachara que lo montará en una góndola para llevarlo a quién sabe dónde. El río se ha llevado o destruido muchas cosas, ahora solo queda cascajo. 

Las familias en Tuxpan se quejan poco. Entran y salen de sus casas, con cubetas, con la ropa enlodada, entran y salen, cargando muebles y otras cosas, descansan a ratos. Los voluntarios, los brigadistas se sorprenden al ver la línea de lodo que marcó las casas. Repiten una y otra vez: 

“¡Mira, hasta aquí les llegó el agua!” ¡Mira, acá subió más alto!”

Entre los recién llegados hay jóvenes de preparatoria y universidad, sorprende su decisión y esfuerzo; parece que no se cansan, sorprende su voluntad de ayudar. 

Todos lo que llegan le rascan al suelo, con la esperanza de acabar con el lodo; forman equipos de tres para limpiar una casa y luego pasan a otra, quieren limpiar tantas como sea posible. Pero el lodo parece interminable. Pasarán semanas antes de que las manos y las palas le ganen la batalla. 

Entre paleada y paleada, surgen las conversaciones: —¿Cuánto tiempo tardó en llegar el agua hasta aquí? —preguntan los visitantes. —"Desde que empezó a verse, tardó dos horas en llegar al techo”, responde el dueño de la casa. Los visitantes se sorprenden, toman la pala, doblan la cintura y siguen trabajando. 

Algunas familias se han instalado en las azoteas; hace siete días que se fue el río pero aún no hay suelo firme. Todo es lodo. 

Aquí la ayuda no ha fluido como en otros casos, las autoridades federales están en otros asuntos: la cancelación del Nuevo Aeropuerto Internacional de México, el cambio de gobierno, la invitación a Nicolás Maduro a la toma de protesta del próximo presidente, los migrantes hondureños. Están en otros asuntos y retienen inexplicablemente los recursos del Fonden. 

A esta tragedia nadie la voltea a ver y el presidente poco se ha ocupado de ella. 

—Este colchón no es de nosotros, el agua lo trajo y lo dejó arriba del techo— dicen unas personas que intentan mover un pesado y enlodado bulto que está frente a la entrada de su casa. —Lo alcanzamos a bajar cuando todavía había agua, lo deslizamos un poco y hasta aquí lo arrastró la corriente, aquí lo dejó tirado. 

Algunos tuxpeños alcanzaron a salvar algunas cosas. —Yo solté mis puercos— dice un joven que anda en sandalias, short y resaque; sabrá Dios de qué color es la ropa, toda se ve café. —En cuanto empecé a ver que el agua subió, les abrí la puerta y los eché a la calle, al otro día los anduve buscando y los encontré a todos. 

El joven no tuvo la misma suerte con su casa, esa sí se perdió toda. El agua la cubrió por completo, como también a las casas de sus vecinos. —Al rato van a ir los voluntarios a ayudarme; la seño que los trajo me dejó su teléfono. 

El día transcurre, la comida llega en camionetas que se paran en las esquinas, basta con echar un grito y las personas empiezan a acercarse.

“Hermanos de Tuxpan, no están solos”, dicen algunas cartulinas pegadas en los carros; les reparten comida en utensilios desechables, las mujeres se acercan con cazuelas en las manos, a ellas les sirven porciones grandes, deben tener familia. 

—Arrímese, aquí hay birria— dice uno de los repartidores. —No, denle a ellos, yo ya tengo tortas aquí guardadas —responde una mujer desde la puerta de su casa, mientras señala a otras personas. 

La mejor manera de entender una tragedia es siendo parte de ella, y hay muchos voluntarios que así lo viven; después de seis u ocho horas de trabajo, su aspecto lodoso no los distingue de los locales; algunos de ellos se acercan a pedir comida porque las tiendas no tienen nada en venta; se sientan en alguna piedra, comen junto a los lugareños, después de horas de estar en el lodo, apoyando, se convierten en parte de ellos. 

A las seis de la tarde los visitantes empiezan a retirarse; la luz del día se extingue y resulta complicado trabajar. Algunos lavan su ropa, otros llevan prendas para cambiarse, unos más se van como están. Se suben a los carros y camionetas en que llegaron; antes, se despiden del dueño o la dueña de la casa que visitaron. Tal vez regresen mañana, tal vez no vuelvan nunca, pero durante el día formaron parte de la comunidad, vacilaron, padecieron el cansancio, comieron juntos. Entre el lodo y la pestilencia le dieron significado real a ese término tan usado: hermandad. 

Trabajaron durante horas y vieron cómo una, diez, veinte, mil paladas, no le hacían ni cosquillas a las toneladas de lodo dispersadas en el suelo. En algún momento los voluntarios se preguntaron en silencio: —Por qué esta gente no se va y deja todo así, total, aquí ya nada sirven, ni las paredes—. Después, siguieron trabajando, tal vez, sin pensar en nada. 

Al final del día, de los días, el aspecto de Tuxpan sigue siendo el de una zona cubierta de fango. Pero ellos, los voluntarios, se van sabiendo que ayudaron aunque sea un poco a sus hermanos nayaritas. Se van con cansancio, ampollas en las manos, dolor en la cintura, con las palabras de agradecimiento de los damnificados y una sonrisa. 

Mañana vendrán otros voluntarios, con las mismas ganas de ayudar. Llegarán a una casa afectada, la que sea, formarán parte de la familia mientras estén limpiando, y así será hasta el día que dejen de venir, cuando la situación sea opacada por la cotidianidad que sepulta todo, hasta las tragedias. 

Antes de que se vayan, los lugareños les hacen un encargo: —Digan ahí, en el Facebook, que se ocupa ropa interior y palas, también gente que venga a trabajar. 

—Aquí todos estamos bien, el agua se llevó mis cosas, nomás me dejó lo que traigo puesto. Pero tengo a todos mis hijos —dice un tuxpeño al despedirse de los que hoy le ayudaron. 

Los voluntarios regresan con ojos enrojecidos y un nudo en la garganta.

Ellos, los habitantes de Tuxpan, se quedan en su pueblo, el lugar de donde son, se quedan con un nudo más grande, uno que tendrán que deshacer: reconstruir sus vidas en la zona de desastre.

EVL

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