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Domingo , 27.05.2018 / 03:25 Hoy

San Gregorio, el pueblo de las grietas...

Los comerciantes de Xochimilco están en bancarrota. Además de perder su mercancía, se quedaron sin mercado para ofrecer sus productos.

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Galia García Palafox

San Gregorio Atlapulco es un pueblo originario entre el cerro y los canales de Xochimilco. Lo fundaron en el siglo 16 y en buena medida lo destruyó el sismo del 19 de septiembre. Los damnificados de San Gregorio no tienen adónde ir ni dinero con qué comprar. En San Gregorio se vive al día, del sueldo diario de mujeres que salen a hacer jornadas como trabajadoras domésticas, de albañiles que estiran el salario sabatino en obras que hoy están paradas, de chinamperos a los que se les dañó la cosecha o que no tienen dónde vender, porque ya no hay mercado.

Al centro destruido bajan los del cerro y suben los de la zona chinampera en busca de víveres y, hasta el lunes pasado, de agua, de la que todos siempre han carecido.

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Esmeralda, en las chinampas, con su casa destruida, agradece el queso y los yogurts que le llevan los brigadistas voluntarios. No solo no tiene casa, no tiene dónde vender sus lechugas y plantas. “Pues como no hay servicios de mercado, estamos en bancarrota. Hay que comprar láminas, algún palito para volver a hacer algo provisional, digo, qué bueno que no hay clases, porque no gasto en pasajes”.


***

El martes 19 de septiembre era día de mercado. A la 1:14 de la tarde era hora de salida de las escuelas. El mercado, alrededor del enorme patio de la iglesia de San Gregorio Magno, estaba en su apogeo. Los productores habían subido de las chinampas al pueblo a vender sus hortalizas, los vendedores de ropa mostraban sus últimas prendas, habían montado sus puestos de tubos con lona de los dos lados de una angosta calle. Al centro quedaba un pasillo de uno o dos metros para los compradores. El mercado de San Gregorio era un mercado mexicano, como muchos, como todos los del país. Sin salidas, sin entradas.

A la 1:14 la tierra empezó a crujir. Decenas, cientos de personas corrían por ese pequeño pasillo. No cabían todos. Los puestos del lado sur de la calle estaban recargados sobre la barda de piedra de la iglesia. De pronto, el ruido, los gritos. La barda caída. La gente gritando. Heridos. Dos muertos que no alcanzaron a dejar su puesto, que quedaron atrapados frente a su vendimia, con la barda encima.

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Juan es de familia de comerciantes. Vive en la calle del mercado y ahí mismo vende tacos. “Vendía”, dice. “Toda esta calle, así como ves, de puro comerciante. La mayoría de los vendedores todo perdieron acá, está enterrado (y apunta a la tierra, a los escombros)”.

No solo cayó la barda, sino también el campanario de la iglesia. Otros dos muertos. Una madre y su hija.


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La gente de San Gregorio dice que hay una grieta que cruza el pueblo, que tiene forma de ele, que baja del cerro, cruza el centro y llega a las chinampas. No está claro si se los dijo un sismólogo o si es leyenda del pueblo. Lo que sí saben es que hay grietas por todo el centro: en las casas colapsadas, en las casas derrumbadas, en el piso, en las calles, en los caminos, en las chinampas. Especialmente en las chinampas, esos pedazos de tierra sobre el lago que los aztecas inventaron para la siembra. Ahí, hace muchos años, vive gente, ahí han construido sus casas de tabique, de cemento. Esas casas que se desmoronaron.

“Es como construir sobre una gelatina”, dice Gustavo, que sí tiene su casa sobre tierra firme.

San Gregorio, el pueblo de las gritas, donde probablemente nadie debió haber construido una casa…

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