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El rostro actual de las víctimas, es el rostro de Jesús en la cruz

Lo que la historia en México ha marcado como un pasado negro y obscuro y un presente silenciado, es como ese sepulcro sellado tras depositar el cuerpo de Jesús crucificado.

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La reflexión de este artículo versa sobre nuestro mundo actual, un mundo de pobres y opulentos, víctimas y victimarios.

Sobre la necesidad de hablar de la predicación y actuación del Jesús histórico, de su vida pública como irrupción de gracia liberadora.

Hoy podemos reinterpretar el acontecimiento de la cruz, principal signo del tiempo que nos toca celebrar, en la cual fue crucificado Jesús, como la crucifixión del pueblo de Dios.

Reconociendo que vivimos en un sueño de cruel inhumanidad, donde no se habla de muertes naturales, sino de muertes históricas, viendo la crucifixión en asesinatos, en la privación de la vida de manera lenta o rápida, todo ello venido de las injusticias y del silencio, ante terribles realidades, de las cuales el ser humano es en parte responsable.[OBJECT]

En consideración al año de la misericordia promulgado por el Papa Francisco, en el cual se nos recuerda que Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre y con la Semana Santa de este año en puerta, invitados a celebrar el misterio de la pasión, muerte y resurrección de Cristo.

Tiempo que vivimos en la tierra con diferentes características para dar el paso a una experiencia de vida, llamado el cristiano a ser capaz de afrontar con responsabilidad, esperanza y perseverancia, la resurrección de Jesucristo y con ello, la resurrección del pueblo de Dios crucificado, inspirado a vivir en el ambiente de una comunidad más humana.

Lo que la historia en México ha marcado como un pasado negro y obscuro y un presente silenciado, es como ese sepulcro sellado tras depositar el cuerpo de Jesús crucificado.

El tiempo presente por lo tanto, es siempre un complemento del pasado y momento preparatorio para el futuro, donde acontecerá en primer momento la muerte de Jesús y posteriormente la resurrección de Cristo.

Nuestro pasado invita a caminar siempre a nuestro presente y por ello hacia el futuro, donde nada se repita, teniendo la esperanza en el Dios de la vida y de la historia de la humanidad y de nuestra historia personal.

Donde prevalezca la preocupación por detener esa nueva manera de crucificar al Hijo de Dios, mediante el rostro indigno que nos presenta la situación real en que viven seres humanos, desde esa cruz que muestra injusticia, indiferencia y por lo tanto niega el rostro de la misericordia del Padre.

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